domingo, 26 de agosto de 2007

Cine,cine, cine...

Que sí, que sí, que le he cogido gusto a la cosa. Qué queréis que os diga, pero es que me encanta esto de seleccionar momentos geniales de la historia del cine. ¡Hay tanto donde escoger! Y más ahora, que he aprendido a hacer capturas y subirlas al YouTube. Así que ya no tengo más límite que mi extensa DivXteca. Insisto, si se os ocurren sugerencias, no dejéis de proponerlas.

Chaplin, Keaton, Lloyd… el turno de Groucho



… Y sus hermanos



Y si entre cómicos anda el juego…



Eso sí, un cómico con problemas existenciales



Monólogos y diálogos geniales




Más Kazan, más Brando… más La ley del silencio



Cita con el musical




Y cómo no, para terminar, el clásico de clásicos




¿Y el resto qué...?

viernes, 24 de agosto de 2007

Arkham Asylum, de Grant Morrison: Batman es sólo un hombre

Me gusta ese tipo de relato psicológico que bucea en las profundidades de la mente humana para intentar traer a la superficie los verdaderos anhelos y deseos que todos ocultamos bajo la falsa piel de apariencias y autoengaños. Pienso que es esta una de las más elevadas misiones a las que el arte, practicado con honradez, puede aspirar. Sin embargo también creo que, al tiempo, es uno de los terrenos más complicados y peligrosos sobre el que el artista pueda transitar, pues no es difícil, ni siquiera infrecuente, que en el afán de profundizar demasiado acabe despeñándose en los abismos de la estupidez y la pedantería. O sea, como el Morrison en Arkham Asylum. Aunque, por lo poco que le he leído al escocés (apenas esto y El misterio religioso), empiezo a sospechar que este señor no es que se nos haya caído en tan deplorable barranco, sino que nació, se crió y vive, muy a gusto, allí. Vamos, que me ha parecido un tebeo insoportable, pretencioso y vacío como no leía ninguno desde el Dr. Inugami de Maruo. Pero vayamos con el argumento.

Los locos de Arkham se han levantado en armas y ahora controlan, con el Joker a la cabeza, la legendaria institución psiquiátrica amenazando con despellejar a todos los trabadores del lugar si no se cumplen sus demenciales reivindicaciones, es decir, si no les sirven en bandeja de plata a Batman. Y Batman, que para eso le pagan, presto se apresta al juego. Pero que conste que no lo hace por altruismo o porque quiera salvar la vida de los pobres inocentes allí retenidos; no, no, por eso él ni se molestaría, él va porque teme que “cuando entre en Arkham y se cierren las puertas tras de mí, sea como llegar a casa”. Vamos, que lo único que le importa es comprobar si está o no loco. Lo cual, en vista de cómo viste y de la profundísima razón que ha encontrado para encerrarse con los más exquisitos psicópatas de Gotham, tampoco es que debiera provocarle muchas dudas. En fín, pues eso, que allí se aventura, feliz, Batman a la casa de los locos.

Mientras tanto, la narración, en una impresionante alarde técnico de Morrison, se desdobla y nos cuenta el origen del asilo y la suerte de su fundador, Amadeus Arkham, un personajillo acuciado por el estado de demencia en el que murió su madre y la sospecha y el miedo de haber heredado su mismo mal. Así que para distraer la mente al bueno de Amadeus no se le ocurre otra cosa que inaugurar un sanatorio mental. Y no crean que no le funciona el truco, pues tan distraído anda en estas labores que ni presta atención cuando le comunican que un peligroso psicópata, al que trató en el pasado, ha escapado en la vecina Metrópolis. La consecuencia de tan execrable dejación del deber es, inevitablemente, la violación y muerte de su mujer e hija (a qué me suena esto, tío Ben). Pero el hombre, muy profesional, no deja que este percance destruya su proyecto y finalmente consigue abrir las puertas de Arkham Asylum. Después quema al asesino de su familia y se vuelve tan majara que le acaban por dar su propia habitación en Arkham...


A todo esto, Batman y los internos deciden entretener las horas jugando al escondite, lo que pone al hombre murciélago a límite de sus fuerzas –recordemos que él nunca tuvo infancia y por tanto no está acostumbrado a estos trotes- y de paso sirve a Morrison para descubrirnos que, pásmense, el enmascarado no es más que un hombre. Sí, sí, no es un murciélago gigante superinteligente, es sólo un hombre; como una cabra, pero un hombre. Porque esa es la otra profundísima conclusión a la quería llegar el genio escocés; que el bueno de Wayne esta para internarlo en Arkham y tirar las llaves donde ni Salinas las pueda encontrar. Algo que no termina por suceder, pues al fin y al cabo, a qué darle tanta importancia si en verdad todos estamos como un cencerro. Y tú que lo disfrutes con salud (mental), Grant Morrison.

Una idea, la del tebeo, que de todas formas ni siquiera es excesivamente original, pues lo que se viene a hacer aquí con Batman es algo muy parecido a lo que ya hiciera con mucho más tino y sentido común Moore –el verdadero genio- con el comisario Gordon en La broma asesina.

Pues nada, que lo único que se salva de la quema son las pinturas de Dave McKean, el de las portadas de The sandman. El resto, infumable cual cogollo macho de maría.

Puntuación: 4

¿Y el resto qué...?

jueves, 23 de agosto de 2007

Más ¡Qué grande es el cine!

Como la reseña de Ice Haven me ha quedado un poco escasa, compensaré añadiendo algunos momentos más de la antología del cine

Dos formas bien distintas de ceguera amorosa








No sé que tiene este hombre, que está en todas



Ya está bien de tantas palabras



Y si nos pasamos al mudo…





(Esta en dos partes)





Y para acabar, otro clásico entre los clásicos

¿Y el resto qué...?

Ice Haven, de Daniel Clowes: La vida en viñetas

Así, sin más, un pedacito de vida, pero de la de verdad, de esa que duele, de la que llena el corazón de inquietud y a veces, pocas entre frustraciones y miedos, de ilusión. Un milagro que demuestra que el cómic no tiene más límite que el que impone la imaginación y la capacidad de sus autores. Porque, si esto no es auténtica literatura, ¿qué coño es eso entonces y cuál es el merito que se atribuyen los que la practican?

Un tebeo perfecto. Y no tengo más que decir.

Puntuación: 10


¿Y el resto qué...?

miércoles, 22 de agosto de 2007

Auschwitz, de Pascal Croci

Creo que fue William Styron quien, por voz de un personaje de su novela La decisión de Sophie, sentenció que cualquier obra relacionada con el holocausto judío está destinada al éxito. Y es que resulta difícil no sentirse atraído por uno de los episodios más crueles y sobrecogedores de la historia de la humanidad. Sin embargo, yo apostaría doble contra sencillo a que este Auschwitz de Pascal Croci no está precisamente llamado a engrosar la lista de obras memorables que tan delicado tema ha generado.

Croci, a diferencia de Spiegelman –la referencia es inevitable- apuesta por ilustrar su historia con un dibujo detallado y realista que logra imprimir a la narración un fuerte aroma documental. Desgraciadamente, también a diferencia de Spielgelman, estropea cualquier atisbo de veracidad y credibilidad, al menos en referencia a lo que cuenta, por culpa de un excesivo énfasis en los gestos de sus personajes, situación esta que hace de Auschwitz un molesto catálogo de rostros desencajados, de miradas fuera de orbita y bocas descoyuntadas; un subrayado de emociones sobreactuadas que para nada necesitaban unos hechos que por sí mismos son ya lo suficientemente elocuentes. Pero si esto no bastara, Croci es además incapaz de superar los clásicos tópicos del subgenero, llegando incluso a copiar -homenajear dirá él- directamente cosas de La lista de Schindler, como la viñeta del niño que profetiza cruelmente el destino de los judíos pasándose el dedo por el cuello. Y no es que uno esperara encontrar algo distinto –de qué puede sino tratar un album titulado como este- pero eso es una cosa y otra bien distinta es que todo, absolutamente todo te suene a ya visto, a sucesión de lugares comunes que no aportan nada. Ya sabéis a que me refiero: la traumática separación de las familias, el tiro en la nuca a sangre fría al judío que se revela mínimamente y exige no ser tratado como un animal, el Kapo que se aprovecha de su situación ventajosa o el horror de las duchas de gas. Y para mayor desgracia, la historia de la niña que sobrevive a aquellas, aun estando tomada de un testimonio real del documental Shoah, de Claude Lanzmann, resulta tan inverosímil que más que emocionar da risa. Por no hablar, que ya parece excesivo, de algún que otro monólogo sobre la naturaleza del odio que rechina a panfleto bienintencionado.

En fin, contadas así las cosas, parece difícil recomendar su lectura, pero ojo, el dibujo documental de Croci tiene la suficiente fuerza para compensar algunos –sólo algunos- de estos defectos y hacer que el sabor de boca final no sea del todo amargo. Es decir, que aunque definitivamente no os lo voy a recomendar, tampoco os lo desaconsejaré: haced lo que vuestro instinto os sugiera. Total, que os quedáis igual que antes de leer mi reseña; para que vayáis aprendiendo a seleccionar mejor lo que leéis.

Puntuación: 6


¿Y el resto qué...?

martes, 21 de agosto de 2007

¡Qué grande es el cine!

Y digo yo, si celebrando el descubrimiento del video hice una selección de momentos musicales inolvidables, y si la esencia fundamental del video es la imagen, por qué no dedicar toda una sección a la labor de ir compilando, aunque sea sin orden ni concierto alguno, esas escenas inolvidables que la historia del cine nos ha legado y que son ya, sin duda, parte inseparable de nuestra memoria colectiva. Pues eso, me dejo barba de unos días, tuerzo el gesto y como si de Garci me tratara, doy por inaugurada esta mágica sección.

Por cierto, se admiten sugerencias (mientras estén localizables en el YouTube, claro).


Como lágrimas en la lluvia



O Like tears in the rain si prefieren




Más lluvia, pero ahora feliz




Y ya que nos ponemos a cantar y bailar…



Pongamos ahora serios… y violentos… y tiernos



Más Brando, por favor



Ahora un poquito de música clásica para relajar




De la selva al desierto



Y del desierto al mundo antiguo (en dos partes)





Y para acabar por hoy, un clásico entre los clásicos, uno de los más grandes iconos del siglo XX



Pues nada, que prometo retomar la recién nacida sección.


¿Y el resto qué...?

lunes, 20 de agosto de 2007

Pero... ¿de qué diablos va Watchmen?

Hace tiempo que, impulsado por mi natural modestia, quiero escribir algo radical y novedoso sobre Watchmen, algo que se constituya en la lectura definitiva del tebeo. Pero lo cierto es que ni poseo ese enfoque ni creo siquiera que pueda decir algo al respecto que no se haya dicho ya de forma más profunda y mejor. Así que lo he ido dejando estar y me he resignado a no escribir nada. Sin embargo últimamente me he encontrado con una cierta forma de leer y entender Watchmen que se está convirtiendo casi en un canon, casi en una de esas verdades reveladas que se aceptan sin necesidad de meditarlas, sólo porque la repiten el suficiente número de gente, o porque la defienden las personas adecuadas, a saber, que Watchmen es sólo un intrincado artefacto narrativo de suma perfección formal pero de argumento mínimo, prácticante inexistente; apenas una débil excusa para levantar tan monumental estructura. Vamos, que es forma sin contenido, porque de verdad de verdad, Watchmen no va de nada.

Y lo siento, pero frente a tan inaceptable afirmación (sobre todo porque es una exageración mía un tanto demagógica) no puedo permanecer callado; Watchmen no sólo no va de nada, sino que si es tan complicado identificar su argumento principal es precisamente debido a su complejidad temática: el cómic no tiene un motivo primordial sino que gira en torno a varios ejes que difícilmente admiten esa jerarquización que permita decir que va de esto o de lo otro: la verdad de Watchmen es que va de muchas cosas.

Así que, ya que no puedo escribir nada original, trataré al menos de hacer una enumeración de todas esas temáticas de las que habla la obra maestra de Moore y que en algún que otro momento han sido ya señaladas como “su verdadero significado”. A ver si así logro que nunca más se diga que eran pocas las nueces para tanto estruendo. Vayamos con ello:


LA IMPOSIBLIDAD DE LA UTOPÍA

Obviamente el motivo fundamental de Watchmen, el verdadero argumento escondido tras tantos fuegos artificiales. El cómic al completo es la crónica de la preparación de esa utopía aparentemente triunfante, al mismo tiempo que una profunda meditación sobre su carácter temporal y su inevitable fracaso a largo plazo. Da igual cuánto nos esforcemos por hacer del mundo un Edén perfecto, al final todos los sacrificios están destinados a ser barridos por la corriente natural de la historia, por esas fuerzas sin alma ni conciencia que rigen este mundo sin creador, este reloj sin relojero. Lo dijo Manhattan, nada termina nunca. Lo lamentó Nixon, tantas cosas dependen del viento…


EL FIN JUSTIFICA LOS MEDIOS

No hay que ser muy inteligente para darse cuenta de que la autentica intención de Moore es dar respuesta a esta espinosa cuestión. Porque, qué más da si la utopía es o no duradera –aunque no lo sea, seguramente proporcionará algunas cuantas décadas de paz y prosperidad- , cuando lo realmente importante es saber si para alcanzar ese paraíso valen todos los atajos o si el propio camino ha de ser ya parte del paraíso; si ha de fundamentarse en los mismos valores que pretende promulgar o si es necesario que se apoye en aquellos males que quiere erradicar. Este dilema recorre de arriba abajo todas las páginas del tebeo y debe ser enfrentado por todos y cada uno de los personajes que conforman el plantel protagonista. La conclusión a la que llegan, obviamente, es que sí, que el fin justifica los medios. Lo dice Ozymandias, un problema intratable no se puede tratar con soluciones convencionales. Vale, después de todo, la mejor forma de desatar el nudo gordiano es cortarlo, pero ¿esto no es hacer apología de la trampa? Sea como fuere, sin duda antes de ponernos a construir utopías, antes de comprobar si resiste o no los embates del viento, es necesario que concluyamos con qué materiales queremos construirla. He aquí el verdadero tema de Watchmen.

EL FIN DE LA HISTORIA

No, no, no, todo eso no es más que palabrería, retórica barata destinada a oscurecer más que aclarar la verdadera cuestión de Watchmen, que no es otra que el fin de la historia, la unificación de la humanidad. Es absurdo preguntarse por la caducidad de la utopía o sobre qué cimientos se sostiene si aun no sabemos en que consiste. Por eso Moore va a dedicar sus doce capítulos a dejárnoslo bien claro: la utopía debe poner fin a la historia, debe acabar con todas las diferencias, todos los conflictos, todas las guerras (… un plan para acabar con la guerra). Es decir, la utopía debe unir el mundo bajo una sola raza y una sola nación, la humanidad. Este es el verdadero significado de esas manecillas que se van acercando poco a poco, reduciendo la distancia que las separa: anunciar, con su unión, la unión de la humanidad toda. Porque este ha sido el sentido de la historia siempre, el sentido de todos los esfuerzos y sacrificios realizados por el hombre en sociedad desde que es hombre, incluso los más crueles y brutales, alcanzar la unión de todos. Y de eso va, pese a quien pese, Watchmen.


EL HOMBRE NUEVO

Por dios, cuanta tontería hay que leer. Ozy no sólo no quiere poner fin a la historia, sino que en verdad pretende iniciar una etapa nueva, pero una etapa que se define más que por la eliminación del antiguo orden, por la aparición de un hombre nuevo. El nuevo orden solo debe poner las condiciones necesarias para la creación de ese nuevo ser humano, de un ser humano que es conciente de sí mismo, que cuida su salud y su cuerpo, que es amo de su destino y que conoce el papel que cumple en el mundo, pero sin delegar por ello su responsabilidad en los demás (vease El método Veidt). Porque al fin, ningún sistema ni organización social que aspire a la utopía tiene sentido si no se fundamenta en el mejoramiento de la condición humana. Veidt es consciente de ello, por lo que subordina todos sus esfuerzos a lograrlo. De hecho, el nuevo mundo surgido tras la muerte de media New York no es más que el primer paso, sin duda necesario, hacia la verdadera utopía. Así lo afirma Ozy: “…he salvado a la tierra del infierno, ahora la guiaré hacia la utopía.” Es decir, la utopía aun no ha sido alcanzada. Por tanto, queda claro, sólo este puede ser el argumento central de Watchmen.


¿QUIÉN CREA EL MUNDO?

O hasta qué punto somos responsables de nuestros actos. Porque si la sociedad es ese sistema complejo en el que cada acción, cada decisión, cada casualidad, puede tener consecuencias imprevisibles; si por un clavo se puede perder un reino, o por una correa de un reloj que cede en el momento más inoportuno se puede alterar el orden mundial para siempre, ¿cómo podremos sentirnos responsables de nada cuanto ocurre a nuestro alrededor? ¿Cómo no sentirnos títeres del destino y la fatalidad? Es decir, tal cual se siente el mismísimo Dr. Manhattan, que gracias a su particular percepción del tiempo sabe y es consciente de lo ilusorio del libre albedrío. Al contrario de lo que piensa Ozy, que lo cree esencial en cualquier vida digna. Esta percepción de la responsabilidad es lo que diferencia las actitudes de los dos personajes más influyentes del cómic: aun siendo Manhattan el hombre más poderosos sobre la tierra, su actitud es siempre pasiva y su influencia sobre la misma se reduce al uso que de él hace el gobierno norteamericano. Sin embargo es Veitd, que no posee ningún poder especial pero cree en su libertad y, por tanto, en su responsabilidad, quien consigue moldear a voluntad el mundo. Y precisamente es para esto, para aumentar la independencia y la responsabilidad del hombre, por lo que Ozy monta la que monta. Lo dice frente a los televisores mientras hace su diagnostico del mundo: “… imágenes infantiles… deseo de liberarse de la responsabilidad…”. Y lo repite en la entrevista que concede a Nova: "Creo que hay gente que desea, aunque sea subconscientemente, el fin del mundo. Quieren librarse de la responsabilidad de tener que mantener ese mundo.” Igual que todos aquellos que no quieren ver aquí el verdadero leit motiv de Watchmen.


EL TIEMPO

“Siempre te amaré”, mientras miento, la oigo gritarme en 1963; sollozando en 1966. Mis dedos se abren y la fotografía cae…

Nostalgia, relojeros (watchmen), hombres del minuto, el pasado, el presente y el futuro, la historia… indudablemente el tiempo. Más que el tema fundamental del cómic, su principal protagonista. Porque de esto sí que va Watchmen, de la estructura del tiempo, de los efectos de su paso, de cómo marchita las ilusiones, de cómo vuelve vanos todos los esfuerzos… Sí, sí, el único capaz de desbaratar los planes de Ozy, porque nada acaba nunca… ¿Por qué si no habría de tener el cómic una planificación tan dependiente del flash back? En fin, podemos dejar de buscar, hemos encontrado lo que queríamos.

LA FRAGILIDAD DE LA VIDA

Vamos… sécate las lágrimas, porque eres vida, más rara qué un quark y más improbable que los sueños de Heisenberg…”

Esta es la verdadera consecuencia de todo el rollo anterior, y por tanto el meollo del cómic, porque si la utopía no es posible, si el mundo será siempre un lugar horrible, y el nuevo hombre jámas hará acto de presencia, si todo vale con tal de conseguir lo deseado, pero al fin incluso esto da igual porque el mundo es tan complejo que no podemos ser más que marionetas que el tiempo se encargará de destruir, si todo esto es cierto, entonces la vida es un autentico milagro y como vida que somos, nada nos puede importar más. Y se acabó.

EL VACÍO DE LA EXISTENCIA

Os vais acercando, pero aun os faltan redaños para quitarle las últimas capas a la cebolla y enfrentaros a la verdad desnuda, porque “incluso eso es evitar el verdadero horror. El horror es que al final, sólo es un dibujo de una negrura vacía sin sentido. Estamos solos. No hay nada más.” Este es el abismo que devuelve la mirada, el que nos agarra por las solapas y nos obliga a ver que la utopía, la historia, el destino, la responsabilidad, la fragilidad, todo, absolutamente todo, existe sólo en nuestra imaginación. Y esto es lo que realmente pretende y logra Watchmen, recordarnos que no son más que manchas sin significado.


LA HUMANIZACIÓN Y DESMITIFICACIÓN DEL SUPERHÉROE

Si todo lo anterior fuera lo más importante en Watchmen, para qué usar superhéroes, por qué plantearse cuestiones tan sesudas en un cómic de género. Obviamente porque el motivo principal del tebeo, y, reconozcámoslo, el primero que todos sin excepción aceptamos antes de empezar tanta relectura pedante, es el de la humanización y desmitificación del superhéroe. Salta a la vista que Moore quería presentarnos a los superhéroes como nunca antes –excepción hecha, tal vez, del Supergrupo de Jan- los habíamos conocidos: una panda de golfos, maleantes y salidos; cínicos, crueles, desquiciados, megalómanos, cobardes e incluso feos, tripones y malolientes; unos superhéroes que, sin ser villanos, no son ni super ni héroes. Son humanos. Humanos en situaciones extrañas, pero humanos al fin y al cabo. Palabra de Moore.



LA HISTORIA DE GÉNERO

Bien, ya nos hemos lucidos, ya hemos demostrados lo listos que somos y lo mucho que hemos leído, así que bajemos a la tierra y reconozcamos que Watchmen es fundamentalmente una historia clásicas de héroes de toda la vida, de esos que quieren salvar al mundo, con su malo malísimo y sus planes de opereta para conquistarlo todo, con sus investigaciones y peripecias extraordinarias que jamás podrán suceder en la vida real. No me extraña que los pedantes de turno se acaben sintiendo decepcionados con el final del cómic; esos quisieran que no hubiera en Watchmen ninguna pelea, ningún plan que desbaratar, ni héroe alguno, ni, ya puestos, nada de lo que es propio del género. Pues lo siento, pero que os quede bien claro, Watchmen es ante todo un tebeos de superhéroes. Eso sí, un gran tebeo de superhéroes.


LA HISTORIA DEL GÉNERO

Ni tanto, ni tan calvo. Indudablemente Watchmen es un tebeo de superhéroes, pero su intención real es hacer un repaso a la historia y evolución del género, de forma que sirva al tiempo de homenaje y crítica a los mismos. No es casualidad que los primeros aventureros aparezcan en 1938, fecha de publicación de las primeras aventuras de Superman, coartando así, de paso, el desarrollo de este mismo tipo de cómics dentro de la ficción, que serán sustituidos por las historias de piratas. Algo lógico, sobre todo si tenemos en cuenta que hablamos de un tipo de literatura de evasión que, una vez transformada en realidad, carece por completo de justificación. Y es que Watchmen es la historia de los superhéroes hecho mundo, en donde cada nueva oleada de justicieros se corresponde a una edad real del género: los Minutemen representan la edad de oro, con su gusto ingenuo y romántico por la aventura. Los Manhattan, Ozy, el nuevo Buho Nocturno, Sally Júpiter o Rorschach, que inician su actividad a partir de la década de los sesenta vendrían a ser la edad de plata, unos superhéroes un poco más complejos, con motivación más difusas. El retiro de Veidt y el Acta de Keenes, por lo visto –lo he leído aquí- vendrían a simbolizar la crisis de ventas de los 70 y la cancelación de colecciones. Y paradójicamente, los propios personajes de Watchmen simbolizan, en general, la evolución que tomarán estos a finales de los 80 e inicio de los 90: antihéroes oscuros, violentos, marginales y con una creciente carga sexual.
Vamos, que leyendo Watchmen uno se queda al día de todas las tendencias por las que ha pasado y pasará el género. Ese era su cometido, a decir verdad.


LA HISTORIA DE PERSONAJES

Pues ni una cosa ni otra; la verdadera fuerza de Watchmen, la que la convierte en la obra maestra que sin duda es, reside en su genial estudio de personajes: media docena de protagonistas a cual más fascinante e inolvidable, que constituyen cada uno un modelo distinto de los diversos tipos de superhéroes posibles. Pero la maestría de Moore es tal que todos trascienden su condición arquetípica para alcanzar una densidad psicológica digna del más complejo de los seres humano. Pues sí, aciertan aquellos que piensan que el argumento es insuficiente en Watchmen, que los temas están pobremente desarrollados, porque en verdad todas las vicisitudes y giros del tebeo son excusas para que sus personajes manifiesten su arrebatadora personalidad, haciendo que la vida bulla en sus páginas como pocas veces lo ha hecho en un tebeo de superhéroes. La prueba del nueve de este razonamiento: intenten responder a la pregunta de cuál es el personaje más carismático de Watchmen, quién es su protagonista, Rorschach, El comediante, Ozymandías, o el Dr. Manhattan tal vez. Imposible elegir. Imposible negarse a la evidencia.


En fin, argumentos, temas y significados para todos los gustos en una obra que es muchísimo más que un alarde de recursos técnicos. Eso sí, en mi opinión, como ya he apuntado más arriba, tiene el problema de ser una obra muy sugerente, que abarca demasiado, pero que, al igual que esta reseña, profundiza muy poco. Y no porque sea superficial en lo que apunta de cada uno de estos temas, sino porque generalmente se queda en un simple esbozo, sin poder ir, tal vez por falta de espacio, un poco más allá. Pero es que nada, ni siquiera Watchmen, puede ser perfecto.

¿Y el resto qué...?

sábado, 18 de agosto de 2007

Blue, de Kiriko Nananan

¿Cuántas obras estupendas nos estaremos perdiendo entre las restrictivas reglas de la comercialidad? ¿Cuántos grandes y pequeños prodigios narrativos nos quedaremos sin conocer jamás? Supongo que muchos; supongo que es algo inevitable, pero aun así, cuando leo un tebeo como Blue y pienso en lo fácil que resulta que obras tan extraordinarias como ésta pasen completamente desapercibidas, casi como si no existieran, me es imposible no sentirme apenado por todas aquellas maravillas que permanecerán siempre ignoradas.


Kiriko Nananan, hasta hace bien poco una completa desconocida, nos ofrece una emotiva historia de amor adolescente entre dos compañeras de instituto que descubren juntas los vertiginosos vaivenes de la vida afectiva, esa montaña rusa capaz de conducir a cualquiera del paraíso al infierno y del infierno al paraiso en cuestión de instantes. Nananan captura estos sentimientos intensos con ritmo suave y envolvente que construye a través de pequeños gestos y miradas insignificantes, de conversaciones sencillas y silencios expresivos que consiguen rodear la grandilocuencia de las escenas melodramáticas y se abandonan, con sinceridad, a las emociones desnudas. Tanto que renuncia a explotar el carácter lésbico de la relación para centrase, con suma elegancia, en las vicisitudes propias de cualquier relación. El resultado es una narración intimista y poética, que se llena de vacíos y viñetas desencuadradas; que pese a su aparente frialdad sabe encontrar el camino que lleva al corazón.

En fin, una pequeña maravilla que merece ser rescatada del olvido.
¿Y el resto qué...?

viernes, 17 de agosto de 2007

Anatomía de una historieta, de Sergio García

A medio camino entre la genial Entender el cómic y la no tan genial La revolución de los cómic, ambas, cómo no, de Scott McCloud, Sergio García, autor también de la interesantísima Sinfonía gráfica, nos ofrece con Anatomía de una historieta su modesta aportación a la noble tarea de divulgar y hacer accesible al aficionado los entresijos de la creación de un cómic. Con un dibujo de trazo sencillo –aunque nada simple- y de apariencia infantil, Sergio consigue adentrarnos de forma amena y natural en la vorágine de recursos, posibilidades y decisiones creativas que hay que tener en cuenta a la hora de elaborar un cómic, que van desde la elección de la composición de página, el tipo de viñetas, la integración de texto e imagen, las distintas tipografías, los materiales usados para dibujar o el estilo del propio dibujo, hasta el desarrollo de una idea y la estructuración de un guión o incluso el impacto producido por las nuevas tecnologías en el proceso creativo… Pero además, a este completo catálogo de elementos artísticos, hay que unir el repaso que el autor tampoco olvida hacer de esa otra parte de la elaboración de un cómic, más material y menos poética, pero igualmente imprescindible, que es la relacionada con la edición y comercialización del mismo. Para ello Sergio nos colará nada menos que dentro de las instalaciones de una editorial, donde podremos conocer paso a paso su funcionamiento.

Una propuesta y unos temas que no carecen de interés, pero que sin embargo chocan con una dificultad inevitable y de muy difícil solución: la comparación con la obra de McCloud. Y más cuando nos encontramos ante un libro claramente deudor, al menos en su concepción, de los revolucionarios ensayos del de Boston. Ciertamente García opta por un planteamiento inicial, por un punto de partida, idéntico al de Entender el cómic, tomando prestado de aquel incluso algunas explicaciones y concepto, pero las intenciones del español son más modesta y se quedan apenas en la exposición didáctica de elementos. Sin embargo, a pesar de que en el plano teórico Anatomía de una historieta no aporta novedades –tampoco lo pretende-, sí que lo consigue desde un punto de vista formal: García se aparta de McCloud en la utilización de recursos y nos regala una clase magistral de aplicación práctica de todas aquellas ideas que ya apuntara en Sinfonía gráfica, consiguiendo algunas composiciones de páginas verdaderamente afortunadas y que revelan a un autor inquieto y muy comprometido con la búsqueda y exploración de nuevas formas expresivas dentro del noveno arte. Es aquí, en estos originales juegos metalingüísticos de los que se sirve García para exponer sus explicaciones, donde reside en mi opinión la autentica fuerza de la obra. Y es ella, la forma más que el contenido, lo que hace de Anatomía de una historieta una obra personalísima que bien merece ser conocida.

Pues eso, una buena piedra de toque para aquellos que deseen iniciarse un poco en la teoría de creación de los cómics; una lectura imprescindible para los que sientan inquietud por conocer nuevas posibilidades expresivas del noveno arte.

Puntuación: 7




¿Y el resto qué...?

jueves, 16 de agosto de 2007

Una cuestión de familia, de Will Eisner

Una de las constantes que más repito en este blog es aquella por mor de la cual afirmo y descubro al resto de la humanidad -iluminado que es uno- el hecho incontrovertible e inadvertido de que el padre de la novela gráfica no dominaba verdaderamente el ritmo de aquella: a la más mínima ocasión aprovecho para quejarme del apresuramiento narrativo de obras como El soñador o Las reglas del juego (obras que por lo demás me encantan), de lo fragmentadas y poco visuales que llegaban a resultar, o de que rara vez permitieran al lector tener la sensación de estar presenciando en directo los acontecimientos que el narrador le cuenta. Y es que las novelas gráficas de Eisner nunca evocaron ese ritmo cinematográfico que hiciera tan grande a The Spirit, sino que bebieron y cimentaron su narrativa en la tradición oral. Algo que confieso que me resulta desagradable, pues me domina la impresión de que esta concepción del cómic reduce el término novela gráfica a la mera categoría de relato acompañado de ilustraciones (por supuesto estoy exagerando, aunque no creais que demasiado). Sin embargo no me atrevo a extender esta misma afirmación a Una cuestión de familia, pues por una vez el Eisner post-Spirit supo ajustar el tiempo y el espacio de su narración a la duración del propio tebeo; es decir, por una vez el lector no tiene la sensación de que el escritor judío pretendió abarcar más de lo que es lógico hacer en el número de páginas utilizado. Y es que en verdad Eisner no hizo aquí una novela gráfica, sino que más bien invento un género nuevo: inventó el teatro gráfico. Y teatro del bueno, además.

Una cuestión de familia relata el traumático reencuentro de una familia desecha a la que apenas mantiene unida el vago y difuso sentimiento de haber pertenecido en tiempos a un mismo grupo humano, sin hablar, claro, del mucho más concreto e intenso deseo de echarle la zarpa al puñado de dólares fáciles que les puede reportar la herencia. De esta manera, la historia nos encierra durante unas pocas horas en los límites claustrofobicos de la pequeña vivienda en la que tendrá lugar la reunión, donde un ramillete de pintorescos personajes comprondrán un retablo asfixiante de las bajezas y miserias que laten soterradamente –y no tan soterradamente- en esa santa institución que es la familia. Aquí no hay lugar a las concesiones para los buenos sentimientos o las buenas intenciones, aunque Eisner tampoco quiere cebarse con los personajes, a los que retrata con dureza pero sin mostrarlos jamás peores que el común de los mortales. Así, con sus miembros se dan cita en esta dramática reunión la envidia, la crueldad gratuíta, la superficialidad, el egoísmo, la traición o la avaricia, componentes indisolubles de cualquier conjunto humano, aun incluso de aquel grupo -la familia- que se supone refugio natural para el afecto sincero y desinteresado, porque al fin estos sentimientos, estas actitudes, son también inseparables del alma humana.

El resultado es, ya lo he dicho, una intensísima pieza de teatro gráfico que sirve para justificar el más que merecido prestigio de su autor. Aunque no por ello voy a dejar yo de insistir de aquí en adelante en que no me gusta la concepción de sus otras novelas gráficas. Cabezorro, además de iluminado, que es uno.

Puntuación: 9


¿Y el resto qué...?