miércoles, 30 de enero de 2008

Algunos boxeadores legendarios

Comprobando las busquedas a través de las cuales la gente accede a mi blog me he percatado que uno de los motivos más recurrentes, si no el que más, es, curiosamente, el boxeo. Y eso que al deporte de las dieciseis cuerdas (ya sé que la expresión habitual dicta doce, pero si ahora tiene dieciseis, pues dieciseis que te crió) apenas le he dedicado unas cuatro entradas. Pero nada, si la gente quiere boxeo, boxeo que van a tener: ahí van unos cuantos videos de unos cuantos boxeadores legendarios; por mí, mientras no me obliguen a escribir demasido. Que los disfruteis.

Jack Johnson -vs- Frank Moran 1914



Jack Dempsey -vs- Jess Willard 1919



Primo Carnera -vs- Larry Gaines 1932



Joe Louis -vs- Jack Roper 1939



Rocky Marciano -vs- Rex Layne 1951



Sugar Ray Robinson -vs- Rocky Graziano 1952



George Foreman -vs- Gregorio Peralta I 1970



Muhammad Ali -vs- Earnie Shavers 1977



Larry Holmes -vs- Earnie Shavers II 1979



Tal vez otro día seleccione más. Depende de las visitas y comentarios que reciba.
¿Y el resto qué...?

martes, 29 de enero de 2008

Almendralejo decide en CQC: ZP presidente

Pues sí, qué pasa, yo también estoy de precampaña electoral. ¿O es que no puedo hacerlo ni en mi pequeño rinconcito? Hala, hala, ahí queda eso:


video ¿Y el resto qué...?

sábado, 12 de enero de 2008

Sicko, de Michael Moore: ¿susto o muerte?

Supongo que cualquier lector medianamente avispado, de esos que suelen frecuentan mi blog, se habrá percatado ya de que no simpatizo especialmente con "el país de la libertad, la democracia y las hamburgesas”. Aunque la coartada para mis furibundos ataques a los Iuneis Esteis of América es el desagrado que me produce su imperialismo neocon y beligerante (¿no son estas tres palabras sinónimos?), lo cierto es que lo que de verdad me solivianta es esa actitud arrogante de sus ciudadanos que , completamente faltos de sentido crítico, se debaten patéticamente entre un idealismo angelical y un pragmatismo demoníaco; que los yanquis estos se crean realmente el pueblo elegido para guiar al mundo hacia la paz perpetua mientras en nombre de la misma se dedican a machacarle la cabeza a todo aquel que les suponga un inconveniente. Si al menos fueran valientes para reconocer que lo suyo no es más que el nuevo imperio y que, como tal, aplican los métodos y formas que le son propios a los imperios. País de paletos ricos y enloquecidos. Por lo demás, tampoco es que se les pueda echar en cara su detestable moral consumista: es más o menos la misma que muy gustosamente hemos abrazado todos los occidentales.

Afortunadamente, para paliar tan imperdonable falta de sentido crítico tenemos al bueno de Michael Moore y su intrepida cámara. Moore se ha dedicado siempre, a través de sus documentales, programas televisivos y libros, a poner un espejo delante de su sociedad y a dejar que ésta se refleje tal cual es (vale, vale, el espejo es algo deforme, pero es que si no estos ni se enteran): primero les mostró a lo que lleva su demencial pasión por las armas, después el aplastante dominio que los intereses de las multinacionales tienen en el delineado de la política internacional americana y ahora le toca a la sanidad privatizada. Una sanidad que hace realidad aquel viejo chiste que preguntaba ¿qué prefieres, susto (económico) o muerte?

Posiblemente sea Sicko el documental más serio y el más sincero realizado hasta el momento por Moore, donde por vez primera la ironía cede la palabra a los datos (supongo que algo partidistas, pero a grandes rasgos verdaderos) y a los terribles testimonios de los damnificados y olvidados por tan peculiar forma de entender la sanidad. El film se abre con las impactantes imágenes de un hombre al que no le queda más remedio que coserse el mismo la considerable brecha que le cruza la rodilla. Son las consecuencias de no tener seguro médico en un país donde se llega más lejos sin principios éticos que sin dinero. Pero el documental no es la radiografía de los cuarenta millones de americanos sin seguro; la película habla de los que sí lo tienen y aun así se quedan con las témporas al aire. Porque si la salud depende de las aseguradoras… en fin, que ya sabemos todos como funcionan las aseguradoras en cualquier país del mundo y donde reside su benefició: efectivamente, ya puedes estar a las puertas de la muerte que como encuentren alguna manera de evitarlo el seguro no te va a cubrir ni el reconocimiento médico. Y claro, en esas circunstancias mucha gente se muere. Gente que de haber recibido el tratamiento adecuado podría seguir viviendo. Eso sí, las aseguradoras hacen ganar un pastón a sus accionistas y dan mucho trabajo, que en el fondo es lo que importa.


Ya sé, es una situación muy dura, pero tal vez sea cierto que la cosa no puede ser de otra forma; acaso sea realmente la única opción viable para no caer en la ineficiente, burocratizada y laberíntica sanidad socializada. Así que para estar completamente seguro antes de hacer un juicio tan severo, Moore se va de viaje a comprobar como les va a los que han optado por esta última posibilidad: en Canada parece que la gente está contenta. En Inglaterra los pacientes se descojonan cuando se les pregunta por el precio de sus intervenciones médicas y en Francia un grupo de americanos residentes alucinan con las innumerables ventajas del sistema socializado francés. Vaya, curiosa consecuencia la de lo ineficiente, burocratizado y laberíntico. Pero esto no es todo, a Moore todavía le queda un as en la manga: ni corto ni perezoso coge un grupito de voluntarios de las labores de rescate del 11-S, gente que se vio afectada por la lógica insalubridad de la zona y que han sido dados de lado por el sistema sanitario de su país, los embarca y se los lleva… a Cuba. Viaje por el que, por cierto, está siendo investigado por parte del departamento de estado. El caso es que allí a los voluntarios se les cae el alma a los pies cuando comprueban que hasta un país al que tienen por tercermundista –y malvado- es capaz de prestarles una asistencia desinteresada de muchísima más calidad que la que les ha ofrecido la primera potencia económica, industrial y militar del mundo.

En fin, aunque evidentemente los beneficios del sistema sanitario estatal son idealizados y sus inconvenientes minimizados en Sicko, lo cierto es que el documental logra lo que se propone; visto lo visto a uno no le quedan dudas a la hora de elegir que sistema prefiere: lo que aquí no pasa de ser, generalmente, anécdota más o menos irritante, más o menos desesperante, allí se convierte en autentico drama humano; en verdadera tragedia evitable. Ya lo dijo Homer Simpson: La sanidad americana es la mejor del mundo, después de la canadiense, la japonesa... y todos los de Europa (gracias davidchip por la cita). Pero bueno, que allá cada cual con sus propios gustos y preferencias: si es eso lo que los americanos desean, pues que los americanos lo disfruten con salud. Más les vale, que si no lo van a pasar muy mal.


Joder, hay que ver lo rojillo me estoy volviendo.



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La aventura, de Michelangelo Antonioni

No es que uno se considere experto en Antonioni –en verdad no me lo considero absolutamente en nada ni en nadie- como para ir pontificando por ahí sobre su cine, del que apenas he visto Las amigas y ahora La aventura, pero vaya, no puede dejar de sorprenderme el que en su momento buena parte del público y la crítica lo recibiera como “una pesadillezca obra maestra del tedio” (así calificó, por ejemplo, en 1960 la revista Time a La aventura). Es cierto que no son sus películas precisamente lo que se dice dechados de ritmo repletitas de aventuras trepidantes, como lo fuera, sin ir más lejos, el Hollywood de los 40 y 50 (Hawks, Walsh, etc). Pero de ahí a sugerir que en ellas no pasa nada, o que el suyo sea “un ritmo de lentitud apabullante” (Allan Hunter: Los clásicos del cine, 2001, Alianza editorial, pag. 64) dista cierto trecho que creo es mejor no recorrer. Sobre todo porque no sería justo. Las películas de Antonioni se enmarcan, por el contrario, dentro de una cierta tradición del cine europeo que, como Bergman, Tarkowsky, Rohmer, el primer Fellini o los autores del neorrealismo italiano, se preocupa más por el análisis de genuinos tipos humanos y sus relaciones sociales, ya sea tanto a nivel afectivo como con respecto al medio en el que se desenvuelven, que por recrear suculentas anécdotas narrativas. En este sentido, creo que los films del italiano cumplen con creces y resultan verdaderamente interesantes.



La aventura cuenta la compleja relación entablada por Claudia y Sandro tras la misteriosa desaparición de Anna, íntima amiga de la primera y novia del segundo. Ambos son miembros de la alta burguesía italiana, lo que sirve de excusa para que Antonioni haga de esta clase social un retrato inmisericorde que los muestra como indolentes y parasitarios. Sin embargo no es este el tema principal de la película, sino que ésta se centra en el estudio de la volubilidad del sentimiento amoroso. Anna hace el amor con Sandro nada más arrancar el film, sin embargo poco después le comunica su deseo de vivir por un tiempo separada de él. Sandro confiesa a Anna su deseo de casarse con ella, sin embargo, prácticamente desde el mismo día en que desaparece, empieza ya a tirarle los tejos a Claudia. Mientras, ninguno de los matrimonios que aparecen en la trama son precisamente modelos de amor y fidelidad: Guilia es descaradamente infiel con el joven pintor; Patrizia, aunque por pereza no lo es, tampoco siente ningún afecto especial por su marido; y por último, el farmacéutico no tiene el más mínimo reparo en insinuarse a cualquier mujer hermosa que pase por su establecimiento. Frente a este panorama desolador, Claudia prefiere resistirse a las tentativas de Sandro por conquistarla, sabedora acaso de que el amor de éste será en el fondo tan voluble como el de los demás o como el que él mismo profesaba por Anna. Y aunque finalmente cede a su naciente pasión, posiblemente sea el único personaje dotado de cierta dignidad en todo el film: no quiere aceptar este baile constante de sentimientos y se siente culpable cuando comprueba que en aras de su nuevo amor ya no desea que Anna, a la que anteriormente estimaba profundamente, reaparezca con vida. Finalmente sus dudas resultan ser fundadas y Sandro acaba siendole infiel con una bella prostituta, sumiendo a ambos en el total desconsuelo. Y es que para Antonioni el amor no sólo es ese sentimiento problemático y equívoco por cuanto tiene de difuso, sino que en verdad apenas puede ser considerado como algo más que un estado transitorio del deseo, tan efímero y superficial que una vez satisfecho está condenado irremediablemente a morir. Lo cual, aunque no supone ningún problema para la mayoría de los personajes, quienes parecen aceptarlo sin remordimiento alguno, sí que trae aparejado, como intuye Claudia, una depreciación, una reducción a la nada, del valor de las relaciones humanas y tal vez de las personas mismas. Anna desaparece sin dejar ningún rastro, y aunque ha sido hija, amiga y amante, pronto es extirpada de forma poco dolorosa de la memoria de los demás, pues una vez reemplazada por un nuevo “sujeto” del deseo pierde por completo su valor. Es por ello que Antonioni ni se molesta en resolver el misterio de su paradero: en verdad es algo que ya a nadie importa.

En fin, ya lo dijo no sé quien en no sé que ocasión –gran personaje e intelectual éste-: mientras el odio une de por vida, el amor apenas lo hace por una breve temporada.

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jueves, 10 de enero de 2008

No country for old men: la violencia como forma de vida

He estado a punto de iniciar esta reseña escribiendo que me entusiasma el cine de los hermanos Coen. Sin embargo me acabo de dar cuenta de que aunque en general ninguna de sus películas me desagradan, en verdad sólo dos de ellas me entusiasman realmente: Muerte entre las flores y Fargo. A las que ahora debo añadir esta No country for old men, sin duda a la altura de las dos anteriores.

La penúltima obra de los Coen – la última, bien recientita, es Burn After Reading – aúna a un guión tan impecable como el de Muerte entre las flores una dirección sosegada y de corte tan clásico como lo fue la de Fargo. Esa es en verdad su principal baza: la cámara de Joel Coen da todo un recital de dominio de la narración, con un trabajo sobrio que huye de los efectismos en los que suele caer habitualmente su cine, imprimiendo a la cinta por el contrario un ritmo pausado que se apoya más en el sonido ambiente que en los diálogos, además de en la hermosa fotografía de Roger Deakins que sirve de fondo perfecto sobre el que se recortan las escenas de acción. Un contrapunto que hace aun más efectiva la constante irrupción de la violencia entre esos paramos polvorientos y solitarios y que se erige en protagonista inexorable del film.

El hallazgo de un maletín con dos millones de dólares servirá de punto de partida para una historia de caza humana con la que los Coen quieren dejar clara su visión de lo que es la condición humana, en donde el hombre será siempre un lobo para el hombre. El guión, muy cuidado y muy ambiguo, que adapta la novela del mismo título de Cormac McCarthy (autor de, entre otras, la afamada Meridiano de sangre), apenas nos deja entrever las razones que conducen a semejante carnicería, sospechándose de fondo que, al final, no hay más razón para tan cruento ejercicio de violencia que la del egoísmo visceral, el ansia de dinero y poder; esa locura que no repara en medios para conseguir lo que desea. Una enfermedad del alma que es propiciada y alentada por los valores de un país, EE.UU., que predica el más radical de los individualismos, la ambición desaforada como motor de la sociedad y el ejercicio de la violencia –en defensa propia, dicen ellos- como derecho inviolable. Una violencia que asienta sus raíces en el propio origen del país, es decir, que más que ser circunstancial es constitutiva del mismo, tanto como para ser recogida y elevada a la categoría de forma de vida en su propia constitución


Pero además de la memorable dirección y del guión impecable, No country for old men destaca por sus soberbias interpretaciones, de entre las cuales yo me quedo, sin duda, y por encima del interesantísimo trabajo de nuestro Bardem, con la deslumbrante actuación de Josh Brolín, nada menos que el hijo de James Brolín, el protagonista de la televisiva e inolvidable Hotel. Sin menospreciar las ajustadas interpretaciones de Tommy Lee Jones y Woody Harrelson.

Total, una gran película.

¿Y el resto qué...?