martes, 29 de abril de 2008

El escritor, un relato por entregas

Con intención de que me sirva de acicate para la escritura de un relato que supere en extensión los estrechos márgenes a los que habitualmente me reducen mi holgazanería y la escasa fe en mis destrezas literarias, me he propuesto iniciar aquí, a la manera de Victor Hugo o de Alejandro Dumas, una especie de novela seriada, serial novelado o simplemente relato por entregas, del que me comprometo a colgar al menos un nuevo avance cada semana. Por cierto, quedáis todos invitados a participar aportando vuestras opiniones, pareceres e incluso sugerencias y correcciones.

EL ESCRITOR

I

Como comprenderán en mi situación actual, de la que ya se han encargado de dar cumplida cuenta con cansina machaconería los medios de comunicación de todo el planeta, no sería razonable que me anduviera aún con miramientos y recatos a la hora de sincerarme y hacerles partícipe de toda la verdad; de los hechos tal y como sucedieron y tal y como nadie se atreverá a contárselos jamás. Por no importarme ya no me importa siquiera reconocer, aunque me puedan acusar de plagio, que la idea la tomé
prestada de El crepúsculo de los dioses, de Billy Wilder. Ojalá este detalle, el del plagio, fuera suficiente para romper el maleficio que pesa sobre mí desde que me empotré por vez primera contra un muro de hormigón armado. Pero no tendré esa fortuna: este relato cuya escritura comienzo ahora, el de mis últimos años de vida, devendrá también en otro éxito literario sin precedentes, posiblemente el mayor de toda mi carrera, habida cuenta de las condiciones tan extraordinarias y poco usuales en las que será escrito. Claro que nada de cuanto viene sucediéndome desde la fecha de mi primer accidente puede ser considerado ni remotamente normal. Pero eso lo contaré más adelante. Permítanme ahora que proceda a presentarme; me llamo Jorge Duarte y soy escritor frustrado. Sí, soy consciente de lo retórico e innecesario del gesto; sé que con toda seguridad mi nombre les resultará harto familiar, especialmente a aquellos que se declaren amantes de la literatura, aunque no creo que les pueda ser del todo ajeno a quienes no han leído jamás o lo hacen, como ahora, tan solo de forma esporádica. Después de todo por algo soy la mayor celebridad literaria que el mundo ha conocido desde los tiempos de Shakespeare. Y esto dicho con la mayor modestia de la que soy capaz, pues en verdad estoy persuadido de que mi gloría y mi renombre superan también con creces a las del bardo inglés. Sin embargo no es de ese Jorge Duarte de quien quiero hablarles, de ese ya se han ocupado y todavía se ocuparan los manuales literarios al uso. Les quiero hablar del otro Jorge Duarte, del verdadero, el de carne y hueso; un Jorge Duarte desconocido, ignorado y en lo esencial más bien desbaratado. Un Jorge Duarte que como escritor sólo merece el calificativo de mediocre.

II

Si en alguna ocasión se han molestado en consultar cualquiera de las innumerables biografías y estudios que sobre mi vida y mi obra han ido apareciendo en estos últimos años y que tan pomposamente se complacen en saberlo absolutamente todo sobre mi persona cuando, en verdad, no saben de la misa la media , es más que probable que hayan llegado a la conclusión de que mi debut literario se produjo allá por el setenta y siete con el asombroso éxito de crítica y ventas que fue
"Haciendo surf entre los escombros" y que antes de ella no había escrito ni media línea. Si han buscado lo suficiente tal vez hayan tenido la suerte de encontrar algún manual que se atreva a especular con la posibilidad de que hubiera tenido yo, como cualquier escritor que se precie, un largo proceso de aprendizaje tras el cual me habría esmerado en destruir cualquier testimonio de mis primeros balbuceos e inseguridades. De todas formas no apostaría a ello el descanso de mis años próximo; aún son escasas las voces que así opinan y no pasan de ser mínimas y anecdóticas divergencias disueltas en un oceánico mar de consensos; en general tanto el mundo académico como los mentideros literarios han aceptado como cierta la hipótesis de que mi talento literario fue siempre y por naturaleza tan descomunal que sólo necesité, aunque fuera tardíamente, descubrir la vocación para empezar a escribir obras maestras. ¡¡Qué más quisiera yo!! La realidad es otra bien distinta; la realidad es que si hay algo de lo que he estado convencido durante toda mi vida es que jamás he poseído ningún don que merezca ser reseñado y menos que ningún otro, el de la creación narrativa. De hecho para cuando Ediciones Transcontinental se hizo cargo del manuscrito de "Haciendo surf" yo ya tenía en mi haber nada menos que siete novelas acabadas y casi medio centenar de cartas de rechazo dando fe de mi fracaso. Pero ya digo, de esto no encontrarán ni las cáscaras en el correlato oficial de mis andanzas literarias. Lo curioso de la cuestión es que si realmente tuve un largo periodo de aprendizaje, que lo tuve, no puedo asegurar que aprendiera gran cosa de él: mi destreza en el manejo de la palabra ha sido, aproximadamente, tan deficitaria e insuficiente antes y después de la escritura de "Haciendo surf". Por tanto los motivos de mi súbita eclosión literaria haríamos mejor en buscarlos en otros acontecimientos alejados del mero aprendizaje de unas técnicas y unos recursos que la justifiquen. Concretamente en las vicisitudes de mi primer accidente de tráfico.


No les quiero abrumar con los detalles del incidente –tampoco recuerdo gran cosa-: simplemente alegaré en mi defensa que una vez más se bloqueó la dirección de mi SEAT 133 y que cuando quise darme cuenta el muro de hormigón armado ya se me había echado fatalmente encima. Después vino la oscuridad y el silencio. Y más tarde, cuando recuperé la consciencia, las caras sorprendidas de los médicos de cuidados intensivos. Por lo visto pasé año y medio sumergido en un coma profundo del que no debería haberme podido recuperar. Pero me recuperé, y no sólo volví a la vida, sino que lo hice sin ninguna secuela aparente. Y digo aparente porque aunque las radiografías, resonancias magnéticas, escáneres cerebrales y hasta ecografías a las que me vi sometido los días posteriores a mi milagrosa resurrección no pudieron poner de relieve nada extraño –si no lo era de por sí el hecho de que no pudieran hacerlo- lo cierto es que no tardé en darme cuenta de que algo en mi interior había cambiado, de que algún tipo de barrera o de traba se había roto desatando un torrente de creatividad inusitado del que yo me sentía completamente ajeno, como si las ideas que ahora se me empezaban a agolpar en la mente provinieran de otra conciencia de la que yo era un simple receptor.

¿Qué? ¿Les parece demasiado increíble? ¿No les convence el relato? ¿Piensan que es una bazofia? Pues atrévanse a tirar el libro a la basura y a proclamar a los cuatro vientos que el gran Jorge Duarte, el novelista de fama mundial de cuyo prestigio y renombre se dice que seguirán venerando por muchos siglos las generaciones futuras es, en el fondo, un pésimo escritor. Ya sabía yo que no lo harían; ya me imaginaba que este relato les iba a resultar también fascinante y que no se atreverían a abandonarlo hasta leerlo de cabo a rabo. Lo de siempre. Al menos, si no tienen las agallas suficientes para hacer lo que deben, hagan el favor de callarse y no vuelvan a interrumpir.

Continúo entonces. Recibí el alta médica una semana después; fui a la licorería de la esquina , compré una botella de güisqui y me encerré a cal y canto entre las cuatro paredes desconchadas y mugrientas que por entonces constituían mi hogar. Me sentía dominado por una urgencia inaplazable, por una especie de pulsión creadora que doblegaba a su antojo mi voluntad y que casi no me permitía conciliar el sueño ni probar bocado. Contado así tal vez les pueda parecer aterrador, pero créanme si le digo que fue la experiencia más maravillosa que hasta entonces hubiera conocido en mi vida; me sentía invencible, imbuido de una fortaleza y una seguridad de la que nunca antes había disfrutado: las palabras, las frases, los temas, los personajes, los diálogos, la estructura, todo, absolutamente todo fluía de mis dedos al papel con tal naturalidad que más que escribir parecía que estuviera leyendo una obra ya publicada. Tardé apenas dos días en terminar las quinientas páginas de "Haciendo Surf entre los escombros", sin que en ese tiempo llegara a abrir la botella de güisqui. Luego me la bebí entera de un solo trago y a continuación pasé las siguientes veinticuatro horas durmiendo extenuado. Cuando al fin desperté estaba tan satisfecho del resultado final que ni siquiera me molesté en corregir una sola palabra del manuscrito y exactamente como lo había dejado salí con él a cuestas en busca de un editor. Era tal mi entusiasmo que no me di cuenta de que no me acompañaba ningún síntoma de resaca.

IV

Como ya he dejado escrito más arriba, en aquella época contaba yo en mi haber con nada menos que siete novelas acabadas y casi medio centenar de cartas de rechazo; de haber querido habría podido empapelar de arriba abajo todas las habitaciones de mi apartamento –que dicho sea de paso, apenas eran tres- sólo con mala literatura. Supongo que ya se imaginarán que mi estima y mi orgullo de escritor no andaban en aquel tiempo precisamente en su momento más brillante. De hecho para ser exacto debería decir que el medio centenar de cartas de rechazo se repartía apenas entre las cuatro primeras novelas; a partir de la quinta ya ni siquiera me molesté en intentar publicarlas y una vez las daba por finalizada procedía a archivarlas directamente en cajas de zapatos, disuadido a no ofrecerles de nuevo la oportunidad de humillarme. Sin embargo me daba cuenta de que esta vez la situación era completamente distinta; a pesar de que mi experiencia previa no debería invitarme al optimismo, lo cierto es que no me cabía ni la más mínima duda de que en esta ocasión encontraría editor para "Haciendo surf" sin ninguna dificultad. Hice cinco copias del manuscrito, dejé una en el registro de la propiedad intelectual y mandé las otras cuatro a tres editoriales nacionales y a una regional. Recuerdo que era sábado, bebí durante toda la noche y el domingo apenas me moví de la cama: el lunes, a primera hora de la mañana, sin que el hecho me cogiera por sopresa, se presentó en mi apartamento el editor jefe de Ediciones Transcontinental en persona; me puso sobre la mesa un cheque con tantos ceros que no necesité esperar la respuesta de las demás editoriales para decidirme.

V

Creo que fue Santa Teresa -¿o tal vez Truman Capote?- quién escribió que más lágrimas se derraman por culpa de las plegarias atendidas que por las no atendidas. Da igual, corresponda a quien corresponda la paternidad de la frase lo que no se podrá negar es que tras los arrebatos histéricos de la mística abulense -o tras la insoportable frivolidad del hombrecillo de Nueva Orleáns- subyace de fondo un profundo conocimiento de las cosas y las causas de la vida de los hombres. Por mi parte les puedo garantizar que nunca me he molestado en perder el tiempo elevando súplicas al cielo. Claro que yo también he soñado con el éxito y la fama, con el reconocimiento y la admiración de los demás; con ese día en el que todos los hombres desearan mi autógrafo y todas las mujeres acostarse conmigo. Como cualquiera con sangre en las venas, faltaría más. Sin embargo siempre he sabido mantener mis expectativas pegaditas a ras de suelo, alejadas lo más posible de esos delirios de grandeza tan frecuentes entre los escritores más jóvenes, convencidos ellos, vete tú a saber por qué, de haber sido llamados a renovar la literatura de su tiempo desde los mismos cimientos. Nada más alejado de mis pretensiones; mi única aspiración en la vida, para la cuál reconozco que siempre me creí, aunque fuera de forma equivocada, sobradamente cualificado, fue la de alcanzar a publicar. Sin más. Me valía con dar a conocer mi mundo interior, poder compartirlo con un puñado de lectores fieles y a lo más conocer la cálida gratitud de quienes pudieran sentirse identificados conmigo. Pero la publicación de "Haciendo Surf entre los escombros" sobrepasó cualquier expectativa imaginable. Incluso las mías, sabedor como era de que las condiciones tan extraordinarias de su génesis obligaban a esperar una recepción no menos fabulosa. La novela se convirtió de inmediato en el éxito editorial del año y en pocos meses se vendieron más de un millón de ejemplares superando el centenar de ediciones. Además al éxito de público aunó el entusiasmo de la crítica, que la saludó como “el acontecimiento literario más importante de la última década en este país”. Incluso para finales de año ya se estaba traduciendo a todos los idiomas cultos del planeta por lo que pronto se convirtió también en un fenómeno internacional. Les aseguro que fue una auténtica locura; sin solución de continuidad se sucedieron uno tras otro los artículos periodísticos, las entrevistas, los especiales de televisión. Y esto sin mencionar la lluvia de premios: el de la Crítica, el Nacional de Literatura, el Europeo de Creación Literaria y en el paroxismo del desquiciamiento, hasta el premio Loeb al que ni siquiera fue presentada.

VI

Después de semejante acogida cualquiera es el guapo que se atreve a escribir de nuevo. De hecho tuvieron que transcurrir casi dos años y medio para que volviera a sentarme frente a un folio en blanco, aunque no crean que fue porque me atenazara el miedo o porque me pesara en exceso la responsabilidad. Simplemente la polvareda levantada por mi debut adquirió tales dimensiones que los compromisos públicos acabaron por fagocitar todo mi tiempo. La verdad del asunto es que me daba cuenta del alcance de mi recién adquirido don y me sabía perfectamente capacitado para repetir un éxito similar al cosechado por “Haciendo surf entre los escombros” o superarlo si fuera necesario. Y efectivamente, como ya les sonará de los manuales literarios al uso, volví a hacerlo tantas veces como quise. Incluso cuando no quise. Si no se lo creen pueden comprobarlo en sus libros oficiales: cuando publiqué “El inolvidable olvido”, mi segunda novela, fui investido Doctor Honoris Causa por una docena de universidades y recibí calificativos tales como "genio literario" o "último clásico vivo"; con la tercera, “La sartén por el mango”, se me propuso como candidato para el Nobel de literatura, galardón que finalmente me fue otorgado coincidiendo con la aparición de la cuarta, “A un dios cualquiera”. Lo que seguramente no sabrán ustedes, arrogantes lectores de manuales literarios al uso, es que a “El inolvidable olvido”, escrita entre el lujo y la suntuosidad del Ritz de Madrid, apenas le dediqué unos pocos minutos al día y prácticamente ninguna atención durante el año que duró su redacción. Mi mente andaba entonces más centrada en el cortejo de mis admiradoras, a las que recibía en mi habitación como si fuera un gigoló profesional, que en combinar adecuadamente sujetos verbos y predicado. Como tampoco sabrán, claro, que “La sartén por el mango” es, palabra por palabra, exactamente la misma novela que “El juego del ratón y el gato”, la primera de las mías y que antes había cosechado una decena de rechazos: la única modificación que me molesté en realizar fue la de colocar la palabra fin en la última página. Aproximadamente igual que con “El cielo del carpintero" , que tal cual reposaba en su caja de zapatos durmiendo el sueño de los justos, tal cual con sus veinte cartas de rechazo a cuesta, se convirtió en la aclamada “A un dios cualquiera”. Sin embargo todos los límites se rebosaron con la acogida de “Algebra de color añil”

VII

Tal vez para muchos lectores de estas notas no resulte nada fácil comprender lo que les voy a explicar ahora; seguramente tampoco lo sería para mí si fuera otro quien tratara de hacérmelo entender. Pero créanlo o no, con el tiempo la insatisfacción se fue adueñando de mi ánimo y la infelicidad acabó por instalarse en mí vida, como si se me hubiera ido filtrando, gota a gota y casi sin darme cuenta a través de la piel. Y eso a pesar de tenerlo todo a mi disposición, de no resistírseme nada y de bastarme con desear cualquier cosa para conseguirla al instante. Y cuando digo cualquier cosa me refiero realmente a cualquier cosa: durante aquel tiempo conocí el éxito en todos los órdenes de la vida; recibí el reconocimiento y la admiración de mis colegas, me codee con los personajes más destacados del momento, viví apasionados romances con las mujeres más hermosas e inteligentes de nuestra época; di la vuelta al mundo varias veces, comí en los mejores restaurantes del planeta y créanme que degusté cualquier manjar que puedan imaginar; gocé de cualquier perversión sexual que puedan soñar; viví cualquier experiencia que puedan anhelar. Y sin embargo cada vez me dominaba más la sensación de que en el fondo nada de todo aquello tenía que ver conmigo, de que mis logros me eran completamente ajenos y que seguiría cosechando el mismo éxito aunque empaquetara mis apuntes de la universidad y los entregara a la imprenta como si fuera mi última novela. Por supuesto, no me resistí a hacer la prueba.

A pesar de lo se han empeñado en defender los críticos de todo el planeta, "Álgebra de color Añil" no es “la más profunda, radical y lograda ruptura de los límites narrativos de la novela”. No es tampoco ese "experimento lingüístico definitivo que hace saltar por los aires el edificio narrativo que la tradición occidental se ha empeñado en construir durante los últimos dos milenios y medio, al tiempo que nos enseña, como si acabáramos de nacer de nuevo al hecho literario, que lo inefable puede ser puesto por escrito con absoluta claridad y abrumadora brillantez” que han querido ver algunos. No, no es nada de eso: "Algrebra de color añil" es tan solo una amalgama azarosa y sin sentido de más de cien páginas dedicadas a la resolución de integrales, infinitesimales, senos, cosenos y arcotangentes deficientemente anotadas unidas a otras tantas páginas de explicaciones sobre verbos frasales, guerras entre persas y griegos y definiciones de las variables del marketing dadas por alguien que no se ha enterado de nada. Una verdadera desfachatez. Sin embargo fue unánimemente recibida como la novela más importante de la historia de la literatura. Ante esto, como comprenderán, no me restaba más alternativa que hundirme en el desespero y la frustración. Cosa que, lógicamente, hice.



¿Y el resto qué...?

lunes, 28 de abril de 2008

A Change Is Gonna Come, de Sam Cooke



A CHANGE IS GONNA COME
I was born by the river
In a little tent
And just like the river
I've been running ever since

It's been a long, long time coming
But I know a change gonna come
Oh, yes it is

It's been too hard living
But I'm afraid to die
I don't know what's up
There beyond the sky

It's been a long, long time coming
But I know a change gonna come
Oh yes it will

I go to the movie
And I go downtown
Somebody's telling me
Don't you hang around

It's been a long, long time coming
But I know a change is gonna come
Oh yes it will

Then I go to my brother
I say brother help me please
But he winds up knocking me
Back down on my knees

There's been times that I thought
I wouldn't last for long
But now I think I'm able to carry on

It's been a long, long time coming
But I know a change is gonna come
Oh, yes it will



EL CAMBIO LLEGARÁ
Nací junto al río
En una pequeña tienda
Y como el río
He estado corriendo desde entonces

Lleva mucho, mucho tiempo llegando
Pero sé que el cambio llegará
Oh, sí, llegará

Es un vida muy dura
Pero tengo miedo a morir
Porque no sé que hay después,
más allá del cielo


Lleva mucho, mucho tiempo llegando
Pero sé que el cambio llegará
Oh, sí, llegará

Voy al cine
Y voy al centro de la ciudad
Alguien me dice, tú no puedes estar aquí

Lleva mucho, mucho tiempo llegando
Pero sé que el cambio llegará
Oh, sí, llegará

Entonces recurro a mi hermano
Y le suplico, hermano, por favor ayúdame
Pero él me golpea
Y caigo sobre mis rodillas

Hubo veces en que pensé
Que no aguantaría mucho más
Pero ahora creo que puedo continuar

Lleva mucho, mucho tiempo llegando
Pero sé que el cambio llegará
Oh, sí, llegará

(N. del T.: La traducción es parcialmente mía, que por lo demás no tengo ni idea de inglés, así que espero que quienes dominen el tema sepan perdonarme las incorrecciones y la pobreza de estilo)

¿Y el resto qué...?

domingo, 20 de abril de 2008

sábado, 19 de abril de 2008

Nicaragua, de Muñoz y Sampayo: Tebeos sin fronteras

Pues sí, aunque parezca difícil de creer Nicaragua, además de ese pequeño país centroamericano necesitado del socorro y la ayuda internacional –tiene el tercer PIB más bajo del Hemisferio Occidental, según datos de la Wikipedia- es, también, un cómic; un magnífico cómic, a decir verdad. Lo cual tampoco es de extrañar si tenemos en cuenta quiénes son los padres de la criatura: nada menos que el tandem formado por los argentinos Muñoz y Sampayo, los creadores del detective Alack Sinner, a cuya saga pertenece este volumen.

Alejada ya definitivamente de las peripecias del género negro más tradicional que coparan sus primeras historias, Nicaragua se ubica temporalmente allá por el año 1984, es decir en plena escalada de tensiones entre el gobierno sandinista de Ortega y el imperialismo Neocon de Reagan, lo que la convierte en el laboratorio de pruebas, en el observatorio ideal para que los autores argentinos aborden las terribles contradicciones internas que asolaban por aquella época tanto al autoproclamado país de la libertad como a su personaje insignia, Alack Sinner. De esta forma veremos como ambos, tanto los Estados Unidos como el ex-policía, se deslizan suavemente entre las sinuosas ambigüedades, lindando con la esquizofrenia, de un discurso de valores que ensalza el Laissez faire a ultranzas al mismo tiempo que en la praxis ejerce un intervencionismo implacable y brutal. Le sucedió a la administración ultraliberal de Reagan, que con la excusa de la defensa del “mundo libre” –léase, si se prefiere, del capitalismo depredador- se dedicó durante la década de los ochenta a intervenir de una u otra forma en cualquier región del planeta donde sus intereses comerciales pudieran peligrar, aunque ello supusiera apoyar a regímenes dictatoriales como el de Pinochet o condenar a un país como el nicaragüense a desangrarse en una absurda guerra civil, adiestrando y armando a la Contra con los beneficios obtenidos del narcotráfico y la venta de armamento a Iran.

Y le pasa al pobre de Alack Sinner, que a pesar de intentar tomarse la vida con la distancia y la indiferencia propias de quien esta de vuelta de todo –sin haber ido a ninguna parte, que diría Machado- acaba siempre involucrándose en todos los fregaos. En esta ocasión, la llegada a la ONU de una delegación sandinista al objeto de elevar una protesta por las continuas ingerencias norteamericanas, y la posibilidad de un atentado contra “El Padre”, el miembro más destacado de dicha comitiva, hará que nuestro personaje, en constante horas bajas, acabe enredado en los tejemanejes del omnipresente poder político y, ya de paso, entre las piernas de la hermosa Delia, una norteamericana de origen nicaragüense que hace las veces de enlace con el detective. Unos acontecimientos que le pondrán frente a frente con dos duras evidencias: lo mal que anda el mundo, y lo mal que anda su mundo. Porque este nuevo romance sólo servirá para que Sinner tengan que afrontar una nueva despedida, de nuevo una pérdida que le confirma en su incapacidad para retener en la esfera de su vida privada a aquellos a los que quiere y además le dan muestras de quererle, lo que sin duda le condena al aislamiento y la soledad (¿dónde he leído yo antes esta frase? ¡¡Ah, sí, en mi reseña de El zoo de cristal!!! Qué original soy).

Y qué mejor que los dibujos expresionistas de José Muñoz para mostrar toda la carga de desamparo que transmiten las vivencias de Sinner. Pues eso digo yo, un grandísimo tebeo, que prueba, una vez más, que no hay tema que escape a la mirada inquieta del noveno arte. Ni siquiera uno tan rebuscado como Nicaragua.

Puntuación: 9


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viernes, 18 de abril de 2008

El zoo de cristal, de Tennessee Williams: palabras para Rose

Uno de los rasgos más reconocibles del teatro de Tennessee Williams es, sin lugar a dudas, esa especie de torrente de sensualidad y violencia casi animal que recorre soterradamente sus piezas, ese río de pasiones y conflictos siempre -si se me permite el abuso- al borde del desborde. Sucede con la tormentosa relación entablada por Stan, su mujer Stella y su cuñada Blanche en Un tranvía llamado deseo, y se repite en la intimidad conyugal de Brick y Marggie en La gata sobre el tejado de Zinc caliente, ambas repletas de ardores y reproches por igual. Pues bien, que nadie espere encontrar estos mismos ingredientes en el que fue el primer éxito teatral del dramaturgo norteamericano; El zoo de cristal se sitúa, por el contrario y por delicadeza y sensibilidad, en las antípodas, en el extremo más opuesto imaginable de lo que representan sus obras posteriores.

De la mano de los Wingfield, una humilde familia de origen sureño, Williams recrea dramáticamente el decadente y opresor universo familiar en el que se crió, un mundo endogámico y vuelto sobre si mismo que, incapaz de enfrentar el futuro con esperanza, vive anclado en el pasado y en el recuerdo de un esplendor ya perdido. Amanda, la madre, vieja señorona del sur, rememora constantemente la época en la que siendo joven era cortejada por una infinidad de pretendientes, acaso una forma de desagravio y compensación por su situación de mujer abandona por un marido “enamorado de las largas distancias”; Tom, el hijo, tras el que se oculta la figura del propio Williams, sueña con huir de este enclaustramiento y se refugia en sus inquietudes poéticas y en sus numerosas escapadas al “cine” (a mí no me la pega, nadie vuelve ebrio y a las tantas del cine). Por su parte, Laura, la hija, aquejada de una suave cojera y una brutal timidez, se evade de la realidad, siempre hostil para su sensibilidad extrema, cobijándose en la fragilidad de su zoo de cristal.

Una fragilidad que comparte ella misma y que la condena al autismo y a la soledad de un mundo propio hecho, como las figuritas de su colección, para ser contemplado y nada más, amenazado siempre con saltar hecho añicos al más leve contacto con el mundo real, con el mundo de las personas de carne y hueso. Una colisión que constituirá el acto central y el más hermoso de la obra: apremiado por Amanda, Tom invitará a cenar, con intención de presentarle a su hermana Laura, al joven Jim, un compañero de trabajo del que casualmente Laura estaba enamorada secretamente en sus años de instituto. Por supuesto el golpe inicial resultará demoledor para ella, incapaz siquiera de sentarse a la mesa a cenar con los demás. Ah, pero en una hábil maniobra de Amanda, ambos jóvenes terminarán compartiendo un precioso momento de intimidad en el que Jim, haciendo valer su carisma y sus innegables dotes sociales y hasta psicológicas, conseguirá que Laura se vaya abriendo lentamente y que por una vez en su vida pueda disfrutar con completa normalidad de su trato con el otro. Una escena bellísima que queda simbolizada en la ruptura del cuerno del unicornio de cristal, único rasgo que lo diferencia y separa de los demás caballos de la colección. Sin embargo este momento de plenitud no será suficiente para sacar a Laura de su aislamiento, porque en el fondo se trata simplemente de una pequeña tregua, tal vez un presente, un regalo ofrecido por el destino, y más que por el destino, por su hermano, pues no podemos olvidar que El zoo de cristal es en última instancia el sentido homenaje que Williams brindó a su hermana Rose (Jim llama cariñosamente Blue Roses a Laura), a la que, aqueja de trastornos psíquicos, le fue finalmente realizada una operación de lobotomía.

En fin, un dechado de sensibilidad y delicadeza que emocionará a cualquiera capaz de sentir emoción alguna.

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sábado, 5 de abril de 2008

Extremadura a vista de pájaro (1986)

Mucho rajar de localismos, provincialismos, regionalismos y nacionalismos, y a la primera de cambio se me llenan los ojillos de lágrimas contemplando mi Extremadura desde los aires y desde la nostalgia del tiempo fugitivo. Es que soy un romántico sentimentaloide.


Cáceres (1ª parte)
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Cáceres (2ª parte)
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Cáceres (3ª parte) y Badajoz (1ª parte)
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Badajoz (2ª parte)

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Badajoz (3ª parte)
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Joder, no os podeis imaginar lo que me ha costado dividir y colgar los videos. Desde el sabado que estoy con ello...

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jueves, 3 de abril de 2008

Señal y ruido, de Neil Gaiman y Dave McKean: Todo o nada

"Todo tiene sentido, o nada lo tiene. Para decirlo de otra manera, uno puede decir que el arte no tiene ruido"
Roland Barthes, Introducción al análisis estructural de los relatos.

"La vida es una sombra que camina, un pobre actor
que en escena se arrebata y contonea
y nunca más se le oye. Es un cuento
que cuenta un idiota, lleno de ruido y de furia,
que no significa nada"
William Shakespeare, Macbeth, V.v

Reconozco que antaño me hubiera apasionado una obra como esta, una obra que se atreve a afrontar de cara las grandes preguntas de la vida, como cuál es el sentido de la existencia o qué hay después de la muerte y cosas así. Tenía entonces yo la vaga esperanza de encontrar alguna clave al respecto. Sin embargo no puedo decir que en la actualidad siga siendo así; por lo general ahora este tipo de obras me suelen resultar bastante molestas y me provocan la sensación de que no son otra cosa que carcasas vacías que en el fondo no dicen absolutamente nada. Ejemplos de esto aplicados al mundo del cómic podrían ser el Amnios Natal de Alan Moore o algunas del señor Morrison, como El misterio religioso o incluso el Arkham Asylum. Y tal vez también Señal y ruido, porque me temo que es una posibilidad que no podemos descartar alegremente. Sin embargo hay algo en ésta que posiblemente la haga diferente de las anteriores y que acaso sea el gran acierto de Gaiman aquí: él mismo es consciente y se encarga de hacer participe al lector de dicha posibilidad, porque como sugiere la propia obra, todo puede ser señal o todo puede ser ruido.

Aprovechando que su protagonista es un director de cine al que acaban de diagnosticar un tumor maligno y por tanto su inminente muerte, Gaiman nos propone explorar la cuestión de hasta que punto es posible encontrarle un sentido al conjunto de situaciones y acontecimientos que conforman nuestra existencia; hasta que punto el arte puede reelaborar estos mismo hechos para dotarlos de un hilo conductor que se constituya en su significado. Porque efectivamente bien pudiera ser que nada, ni siquiera las grandes catástrofes y apocalipsis diarios tengan realmente valor alguno; o bien por el contrario tal vez si se sabe mirar con suficiente agudeza pueda uno encontrar el sentido último del Universo todo en los detalles más nimios. Por supuesto Gaiman no nos va ofrecer una respuesta inequívoca, dejándola a gusto del consumidor. Sin embargo a este respecto no podemos pasar por alto el hecho de que sea precisamente en la búsqueda de estas respuestas, materializada en el proceso de elaboración del guión de la que a la postre será su película postuma y acaso su obra maestra, donde el personaje encuentra un sentido a los últimos compases de su vida. Porque tal vez la opinión de Gaiman coincida con la de Barthes y sea el arte el que lo llena todo de significado. Lamentablemente mi opinión coincide más con la de Shakespeare y sigo pensando que siendo un cómic interesante, en el fondo nada significa. Aunque que conste, eso sí, que no estoy insinuando que Gaiman sea un idiota.

Por su parte, las pinturas de McKean están a la altura del relato y de lo que ya le conocemos de trabajos anteriores como Arkham Asylum o las portadas de The Sandman: siempre muy sugerentes, pero también algo confusas. De todas formas la obra, en su conjunto, bien merece ser leida y contemplada.

Puntuación: 7

¿Y el resto qué...?

Panorama desde el puente: Miller, McCarthy y Kazan

El viernes pasado asistí a la representación de El diablo mundo, adaptación actualizada por Miguel Ángel Lama de la obra de José de Espronceda, con puesta en escena de la compañía cacereña La linterna mágica, y por una de esas extrañas asociaciones del subconsciente que tanto atraen y distraen a los psicólogos, llevo unos día leyendo teatro norteamericano. No le busquen explicación; simplemente soy así. El caso es que después de dar cuenta de las excelentes El zoo de cristal y Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams, cuya reseñas me reservo para después de revisitar las versiones cinematográficas que poseo, me he tragado también Panorama desde el puente, de Arthur Miller, cuya versión cinematográfica, la de Sidney Lumet, es más difícil de encontrar que un gesto amable de Jiménez Losantos hacia ZP. Así que como con esta última no tengo nada que esperar, procedo a reseñarla.

Panorama desde el puente sitúa su acción en los muelles de Brooklyn, donde el estibador Eddie, su mujer Beatrice y su sobrina Catherine, todos italo-americanos, dan forma a un complicado triangulo afectivo con claras reminiscencias de tragedia griega que aún se enredará más con la llegada desde Italia de Marco y Rodolpho, dos primos lejanos de Eddie que se encuentran en “el país de las oportunidades” en situación irregular. El nacimiento del amor entre Rodolpho y Catherine hará aflorar los sentimientos incestuosos que Eddie profesa por su joven sobrina, a la que ha criado desde bien pequeña y cuya idea de perderla le atormenta hasta el punto de oponerse a la relación entre ambos. Enloquecido y envilecido por los celos, Eddie tratará de evitar a cualquier precio el inminente enlace, lo que le llevará al punto de máxima degradación que supone la delación de sus propios parientes.
Un planteamiento que recuerda de alguna manera –es que a mí todo me recuerda a otra cosa- a La ley del silencio, de Elia Kazan. Y efectivamente la asociación no es en nada gratuita: por lo visto Miller y Kazan habían proyectado realizar en común el guión para un film que se titularía The HookEl garfio, en alusión a la herramienta básica de los estibadores-, pero antes de llevarlo a cabo se les interpuso la tristemente celebre “Caza de brujas” del infausto senador McCarthy, en donde Miller fue acusado tras negarse a colaborar y Kazan actuó de acusador. Obviamente tanto el proyecto como la amistad se fueron al traste, lo que supuso que cada cual diera en estas obras su propia versión de lo que significa y acarrea la delación: mientras Kazan la defiende como única forma de acabar con una situación injusta, para Miller constituye la más deleznable de las bajezas; una traición que sólo puede ser cobrada con sangre. Y sin embargo, a pesar de que ambas están fuertemente marcadas e influenciadas por los hechos, lo cierto es que tanto La ley del silencio como Panorama desde el puente pueden ser disfrutadas perfectamente desde la más pura inocencia, sin necesidad de apelar a las circunstancias y a las intenciones que las originaron, pues ambas constituyen en sí mismas piezas dramáticas que por intensidad y visceralidad son capaces de hacer olvidar al lector o al espectador la tendenciosidad de sus autores.

Pues eso, una maravilla. Ay, si encontrara yo la pelí de Lumet.


¿Y el resto qué...?