lunes, 10 de agosto de 2009

Pensamientos ocasionales: la guerra de los sexos

"Lo queramos admitir o no, en las relaciones humanas en general, pero muy especialmente en las de pareja, existe siempre un fuerte componente sadomasoquista. Cuando un hombre y una mujer se juntan, sólo pueden suceder dos cosas: o el hombre anula por completo a la mujer y esta se enamora de él; o la mujer anula por completo al hombre y este se enamora de ella. Cualquier otra posibilidad es pura fantasía adolescente"

Yo mismo tras leer algunas reseñas y comentarios al libro de Luis Racionero "Sobrevivir a un gran amor, seis veces"
¿Y el resto qué...?

domingo, 9 de agosto de 2009

American Flagg!, de Howard Chaykin


De los 50 números que componen la serie apenas he podido leer tres; los que circulan en edición digital por la red. Quiero decir que a pesar de las pretensiones del título de la entrada sé tanto de American Flagg! como, por decir algo, de las obras completas del gran compositor Johan Sebastian Mastropiero: nada de nada. O sea que a aquel que lea mi reseña pensando en ampliar sus conocimientos sobre la obra de Chaykin lo mismo le sirve, para el caso, leer por ejemplo la reseña de El viaje de Boudoin, con tal de cambiar donde pone El viaje por American Flagg! y donde Boudoin por Chaykin, porque igual de informado al respecto se va a quedar de una manera que de otra. Estais avisado. Bien, hechas las oportunas aclaraciones quedo liberado para pontificar dogmáticamente sobre ella.

Cuando uno busca información sobre el American Flagg! de Chaykin una de las comidillas más habituales y repetidas, si no la única a la vista de la escasísima información que circula en castellano, nos aclara al respecto que la serie constituyó un hito en la evolución del cómic comercial norteamericano de los ochenta y que influyó decisivamente en aquellos autores que en la segunda mitad de la década lo revolucionaron definitivamente, llevándolo a un efimero momento de madurez, léase, cómo no, Alan Moore y Frank Miller. Bueno, puede ser. Aunque a decir verdad yo no le encuentro demasiadas semejanzas con la obra del maestro inglés, ni de esa época ni de después. No así en el caso de Miller, al que se le nota mucho la influencia sobre todo en Dark Knight y en DK2 o incluso en la serie de Sin City.

Pero dejemos de tanto divagar y vayamos con el argumento: Chaykin sitúa la acción de American Flagg! en un futuro cercano –ahora ya casi presente- en donde la autoridad política y económica de los Estados Unidos ha decidió abandonar la Tierra y establecerse en la Luna y en Marte. Esto provoca una serie de reacciones en cadena a nivel global que dejan al mundo convertido en un verdadero mercadillo de saldos. En este mundo vacío de autoridad toma las riendas de los Estados Unidos una especie de corporación televisiva, Plex, que los convertirá no ya en un estado militar o policial, como suele ser común a estos casos, sino directamente en un inmenso plató de televisión. Y ya se sabe que todo lo que aparece en televisión es siempre mentira. Hasta que a este reallity show llamado Norteamérica arribe de los mundos exteriores el ex-actor reciclado a policía Rouben Flagg. Por supuesto Flagg, como buen héroe clásico, no estará dispuesto a transigir con la decadencia y el falseamiento de la vida convertida en espectáculo público.

Pues vale. Supongo que ahora debería hablaros de la visionaria crítica de Chaykin a la enorme influencia que los mass media estaban empezando a adquirir por entonces sobre las vidas y las conciencias de los ciudadanos; de la manera decisiva en que determinan lo que entendemos y percibimos por realidad y tal y cual y pascual. Pero paso. Creo que American Flagg! es, en esencia y por encima de cualquier otra consideración, una obra de género cuya principal virtud estriba en su capacidad de entretener. No quiero decir con ello que me parezca exclusivamente un producto de consumo que se agota a la primera lectura –aunque casi-; por el contrario me resultan también muy atractivos y meritorios el inconformismo gráfico de Chaykin -cuyas formas recuerdan, en esto también, a las del Miller de Dk- y su esfuerzo por poner en escena unos personajes más maduros y unas situaciones más complejas de lo habitual en el mainstream de aquel tiempo. Y sin embargo, en mi opinión nada autorizada, American Flagg!, a diferencia de las obras de Moore o Miller a las que se supone influyó, no es capaz en ningún momento de elevarse por encima de su condición de obra de género y reivindicarse por tanto como obra maestra absoluta. A pesar de la voluntad de abandonar los caminos trillados, el argumento de American Flagg! sigue pareciéndose demasiado a lo que se supone debe ser un tebeo adolescente: mundos futuristas, tecnología cienciaficcioniera y acción y violencia sin cuartel para que no se aburran los chavales. A la obra de Chaykin le falta un algo, tal vez otra vuelta de tuerca emocional, o un momento de pausa para la intimidad, o un poso reflexivo mayor, o un aliento épico o poético de más calado, no lo sé, algo para que se pueda decir de ella que es mucho más que una buena obra de género. Pero lo cierto es que en definitiva se queda "sólo" en eso. Eso sí, no del de ciencia ficción, que a ese sí lo trasciende, sino del negro.

Resumiendo, en cinco palabras –a ver quién supera mi capacidad de síntesis-: que bien, pero no tanto.

Puntuación: 7

¿Y el resto qué...?

martes, 4 de agosto de 2009

El viaje, de Edmon Baudoin


A veces creo que debería cambiarle el subtitulo a mi blog; quitar el muy general e impreciso “Otra forma de estar en el mundo” y poner en su lugar el más apropiado y descriptivo “El blog de cómics que nunca habla de cómics”. Y es que no es nada fácil hablar de cómics cuando no se leen demasiados. Y yo últimamente casi no leo ninguno: entre el curro, el cine y la literatura me tienen prácticamente sorbido el seso y todo mi tiempo. Eso sí, al menos tengo la ventaja de que cada uno que leo lo disfruto de forma especial, como si la falta de costumbre les añadiera un plus de disfrutabilidad (que palabra más bonita). Eso mismo es lo que me ha pasado con El viaje, de Edmond Baudoin, del que temáticamente no puedo decir que me parezca demasiado acertado, o incluso podría añadir que me desagrada francamente, y sin embargo el deseo de leer nuevamente tebeos me ha permitido dejarme envolver con facilidad por su singular atmosfera entre onírica, lírica y algo alucinada.


En El viaje Baudoin nos propone seguir las experiencias vitales de un ejecutivo parisino, casado y con un hijo, que sintiéndose apresado por la rutina y la monotonía de su vida cotidiana decide romper con todo y emprender un viaje de liberación. Por supuesto el viaje se torna pronto en un camino de hallazgos y descubrimientos, en un rosario de encuentros con personajes pintorescos, bellas historias y sucesos transcendentales que le permitirán alcanzar la tan deseada reconciliación consigo mismo y con su mundo. En definitiva, que la huida física se transforma inevitablemente en un viaje interior hacia lo más profundo, y por tanto lo más verdadero, de uno mismo.

Vamos, lo de siempre.
O lo de siempre en este tipo de obras con pretensiones existenciales que parecen poner en solfa las formas más convencionales del vivir y plantearse al tiempo modos alternativos a las mismas. Unas historias que hace unos años, cuando aun creía en la fantasía de la huída, en la posibilidad de escapar de uno mismo, me resultaban apasionantes pero que hoy día, perdida la fe, se me hacen un tanto aburridas y molestas. Y es que si se analizan bajo la fría y despiadada luz de la razón uno se da cuenta enseguida que todos esos modos alternativos de vida suelen condensarse siempre en una serie de tópicos y vaguedades que en verdad no dicen ni aportan nada. Por ejemplo, en el caso de Baudoin parece que las necesidades de liberación de su personaje se reducen al muy espiritual deseo de hacer el amor con cualquier desconocida (es lo primerito que hace en cuanto decide “liberarse”: preguntarle a la primera extraña que encuentra si quiere hacer el amor con él) y si acaso a vagabundear por ahí sin oficio ni beneficio. Pero es que además, por lo que se ve, para conseguir lo primero es condición sine qua non dedicarse con pasión a lo segundo: parece ser un hecho matemático, estadístico y también científicamente probado en laboratorios de todo el mundo que cuando se empieza a vagabundear todos quieren hacerse amigos tuyos, todas desean acostarse con uno al primer vistazo y además no tienen reparos, ni unos ni otras, ni hombres ni mujeres, en participarte de sus más íntimos anhelos como si te conocieran de toda la vida. Y si todo lo anterior es cierto, con más razón lo será que además te ofrezcan desinteresadamente alojamiento y comida gratis sin tener siquiera que pedirlo o dar las gracias. Algo que, mira tú por donde, a mí se me ha metido en la cabeza que no pasa con demasiada frecuencia en la vida real.

Y sin embargo...
Y sin embargo, si nos hacemos los tontos y fingimos creérnoslo, si consentimos en entrar en el juego que nos propone Baudoin y despreocupados le seguimos la corriente, entonces el cómic se llena de poesía y de magia. Porque El viaje no es una obra pensada para disuadir y convencer al lector de la verdad de su mirada, no está concevida ni sirve como objeto de análisis de una realidad concreta; mas al contrario aspira a hacerle partícipe de la misma por la vía de la seducción, del encanto que soborna al subconciente y esquiva los filtros de la razón para ayudarle, por qué no, a soñar con lo que se encuentra más allá de lo creíble y lo sensato. Leída de esta manera, El viaje deviene en una experiencia estética muy gozosa que justifica sobradamente el tiempo empleado. Y por supuesto ésta, y sólo ésta, será la forma de lectura que tendré en consideración a la hora de valorarla.


Puntuación: 8
¿Y el resto qué...?

lunes, 3 de agosto de 2009

Mi jornada laboral

Hoy he llegado veinte minutos tarde al trabajo y me he ganado otra buena bronca de Teresa. Lo peor es que esta vez no había ninguna razón para ello. Otras veces sí, pero hoy no. Hoy he salido de casa con el tiempo suficiente como para haber llegado antes de que abrieran las puertas de la correduría. No con tanta holgura como para detenerme a desayunar en el California, pero sí con la suficiente como para poder solventar cualquier pequeño percance que pudiera surgirme por el camino.

Eso mismo es lo que ha sucedido.


A mitad de camino se ha puesto a parpadear con insistencia la luz ámbar del depósito de gasolina. Aunque he intentado apurar mi suerte, al final no me ha quedado más remedio que parar en la estación de servicio que hay frente al aeropuerto. Nunca me acuerdo de mirar el nivel de la gasolina hasta que estoy en reserva. Ni el del agua. Ni el del aceite. En verdad nunca miro nada del coche. La gasolinera estaba semidesierta; sólo un camión cisterna aguardaba su turno. He pensado que después de todo no iba a tener tanta mala suerte. El conductor se ha apeado y ha pedido lleno, por favor. El mozo de la estación ha necesitado casi diez minutos para llenarle el depósito. Después, cuando el camión se ha marchado, ha desaparecido también él. He esperado impaciente pensado que las necesidades fisiológicas son las necesidades fisiológica, pero que de todas formas me estaba haciendo la puñeta a base de bien. El mozo aun ha tardado más de un cuarto de hora en aparecer. Cuando al fin he salido de la gasolinera ya sabía que de nuevo iba a llegar tarde al trabajo. Al menos esperaba encontrarme poco tráfico en la carretera, pero decididamente hace tiempo que la suerte me ha abandonado. Me he topado con una procesión de tractores y remolques que me ha tenido los últimos kilómetros en tercera y sin pasar de cuarenta. Y no estamos en época de tractores.

Al final bronca y disgusto.


Antes nunca me disgustaban las broncas, pero desde que me esfuerzo por evitarlas cada una de ellas me echa a perder el día. Me doy cuenta de que por más que lo intente todo me sale del revés y eso me deja un regusto amargo a bilis y a frustración en el paladar. Para quitarme el mal sabor de boca he subido a ver a María. He preferido hacerlo por las escaleras. Últimamente estoy engordando mucho y he decidido hacer más ejercicio, andar más, ir a la piscina, nadar y todo eso. Por supuesto ni se me ha pasado por la mente la idea de comer menos. El bullicio es insoportable en la planta de reclamaciones. Cada vez hay más personal. Me he sentado frente a María y he estado unos minutos mirando el cristal roto de la ventana. El agujero es del tamaño de una grapadora grande. Sé que es del tamaño de una grapadora grande porque fui yo mismo quien lo rompió. Habíamos estado discutiendo por alguna razón que ninguno de los dos recordamos ya y entonces le tiré la grapadora grande a la cara. Pude tirarle la pequeña, pero preferí probar con la grande. Por suerte María logró agacharse a tiempo. Ahora en invierno, mientras hablamos podemos ver el vaho formándose a nuestro alrededor con cada palabra. En verano tenemos la sensación de que se está más fresco a la intemperie que allí. Mientras María ordena unos formularios pienso que deberíamos tener aire acondicionado. De hecho estuvimos a punto de tenerlo, incluso habíamos preparado ya el hueco que iba a ocupar en la pared de su despacho, pero al final la administración denegó la subvención para equipos de inversiones nuevas y nos quedamos con las ganas. Cuando en invierno se nos escapa el calor por el roto de la ventana, o se nos cuela en verano la calina, miramos los dos el hueco vacío de la pared y nos lamentamos de nuestra poca fortuna.

De eso hace ya casi cinco años.

En varias ocasiones le hemos suplicado a Teresa que haga cambiar el cristal roto de la ventana, pero ella prefiere hacerse la sueca. Sabiendo cómo sucedieron las cosas, nosotros tampoco nos atrevemos a insistirle con demasiada vehemencia. Durante casi una hora hemos rajado de Teresa. Aunque María nunca se lleva broncas, tampoco ella la soporta. Después, sin venir a cuento, me ha preguntado por qué nunca escribo sobre la oficina en mi blog. No he sabido qué contestarle. La verdad es que no lo sé. No tengo ni idea. Supongo que nada de lo que sucede aquí me parece interesante. María me ha hecho prometerle que escribiría una entrada sobre el día de hoy. Se lo he prometido con poca convicción y he bajado a mi despacho. Me he puesto a rellenar pólizas y he atendido al teléfono hasta la hora de salir. Lo más curioso de rellenar pólizas son los nombres de los asegurados. Tienen nombres de novela decimonónica, de personajes de Pérez Galdós: Tomás Urdiales y Urdiales, Jorge Santa Cruz Duarte, María Nube del Hoyo… Debería leer más a Galdós. Y a Shakespeare. Y ver alguna que otra película de vez en cuando. Debería pasar más tiempo en casa. Últimamente paso demasiado tiempo en los bares.

No he hablado con nadie más en el resto de la jornada.

No me ha pasado nada de vuelta del trabajo.Ya en casa he empezado a redactar estas notas; no tengo nada que contar y alargo superficialmente cada detalle, cada pensamiento que se me pasa por la cabeza. Incluso algunos los invento. Mientras las concluyo, me prometo a mí mismo que jamás volveré a escribir sobre mi vida laboral. Y si María insiste de nuevo, juro que le tiraré otra vez la grapadora grande a la cara. Y esta vez no pienso fallar.

¿Y el resto qué...?