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jueves, 7 de abril de 2011

Mientras más las queremos (R)

Si me preguntan qué es el amor, al igual que San Agustín en otros menesteres, les responderé circunspecto que no tengo ni la más mínima idea. En cambio, si tienen la deferencia –y la educación- de no preguntarlo, entonces, a diferencia de aquel, les diré que sigo sin saberlo. Pero recompensaré la amabilidad contándoles una historia, por lo demás intrascendente, que acaso ilustre con mayor claridad que cualquier confusa explicación qué es para mí el amor.

Los hechos que voy a narrarles sucedieron a principio de los ochenta, cuando tras divorciarme de mi tercera mujer decidí volver a España. No llevaría un mes instalado en Madrid cuando fui invitado a pronunciar unas palabras en el acto de presentación del último libro del mexicano Jorge Duarte. El acontecimiento, que tendría lugar en los salones del Ritz, estaba previsto para el fin de semana siguiente. Yo no había leído por entonces ni una sola línea suya, por lo que la cordura y la prudencia deberían haberme exigido rechazar amablemente la invitación y olvidarme sin más del asunto. Sin embargo razones de orden superior no me dejaron más opción que aceptar: pagaban generosamente y a mí, tras mi reciente divorcio, no me sobraba precisamente el dinero. Al menos, para acallar las protestas de mi conciencia, procuré pasar los días previos pegado a los anaqueles de la Biblioteca Nacional, leyendo cuanto análisis o reseña sobre su obra pude encontrar. Ya en las vísperas del acto alcancé a escribí una elogiosa semblanza de cuatro folios en la que, con la autoridad que concede la ignorancia, hice exaltación de la crudeza con la que sus novelas reflejan la lucha desigual del hombre despojado de valores por la sociedad de consumo. Con todo, y contra los dictados de la sensatez y el buen gusto, recibí el aplauso entusiasta de los asistentes y la agradecida felicitación del propio Duarte.

Pero retrocedamos un poquito en el tiempo; mi historia, de no ser por las dudosas exigencias de la técnica narrativa, debería haberse iniciado cinco años antes, en Santiago de Chile, en un tiempo en el que ninguno de los dos tenía aun la más mínima notoriedad en el panorama editorial. Nos habíamos conocido en un acto similar organizado por la Universidad Católica; el viejo Urdiales, que en paz descanse, presentaba aquella noche la que a la postre sería su última novela y un amigo común, entusiasmado por el paralelismo que creía reconocer entre nuestras carreras literarias, insistió concienzudamente en presentarnos. Confieso que a pesar de las magnificas referencias de nuestro amigo me resistí tanto como pude: entonces andaba sumido en el dolor de mi segundo divorcio y Duarte, apenas un muchacho imberbe de maneras torpes y la piel blanca pegada a los huesos, no tenía precisamente el aspecto de alguien a quien aguarde un destino señalado. No me apetecía para nada conocer a otra promesa de las letras hispanas, otra más de las que con el tiempo -decían- nos harían olvidar a los nombres sagrados del Boom. Sin embargo algo en su mirada me hizo intuir que bajo aquellos ojos timidos ardía una especie de fuego orgulloso y triste que prometía un material excelente para algún futuro relato. Hablamos por casi una hora.

Con voz apagada y nerviosa Duarte fue haciendo una sentida exposición de todos los tópicos y lugares comunes con los que los jóvenes escritores suelen defenderse del peso de la indiferencia. Mientras tanto, aburrido, yo iba dando cuenta de las bebidas ofrecidas y cediendo poco a poco a los efectos del alcohol. Fue entonces, en medio de no sé qué lamento, cuando la vi por primera vez: era joven y muy hermosa; el pelo oscuro le caía con gracia sobre los ojos grandes y vidriosos. Duarte palideció y perdió inmediatamente la voz; guardó silencio durante un instante y después, ensimismado, pregunto “¿por qué mientras más las queremos más nos desprecian ellas?”. No supe o no quise contestarle. De inmediato abandonó cualquier interés por la conversación y pareció sumirse en la melancolía. Alguien me contó más tarde que se llamaba Laura y que por lo visto el mexicano andaba perdidamente enamorado mientras ella se dedicaba a jugar con sus esperanzas. Volví a fijarme en la muchacha. Era verdaderamente hermosa. No me costó comprender la fascinación que ejercía sobre él.

A esta insignificante anécdota se reducía todo mi conocimiento sobre Duarte cuando hice la presentación de su libro. Volvimos a charlar aquella noche, ya en el cóctail posterios. A pesar del escaso tiempo transcurrido y aun cuando la vida parecía haberle tratado bien -sus últimas novelas habían sido bien acogidas por la crítica y registraban ventas no desdeñables- lo hallé bastante envejecido. Su pelo escaseaba sobre su cráneo desigual y las pocas y mal repartidas matas eran ya plateadas. Duarte hizo esta vez repaso pormenorizado de sus proyectos futuros mientras yo, igualmente aburrido y de acuerdo a la costumbre, iba rehogando sus palabras con buen vino. A mí no me interesaban lo más mínimo sus planes inmediatos, así que envalentonado por el alcohol y acordándome de nuestro único encuentro, le pregunté malicioso por las razones por las cuales ellas nos desprecian con mayor ahínco cuando nosotros las queremos con más entusiasmo. No llegó a contestarme: en ese preciso momento, radiante y aun más hermosa y joven de lo que yo podía recordar, Laura hizo acto de presencia en la sala y besándolo y pidiéndome disculpas se lo llevó aparte. Me quedé fascinado observándolos. Al parecer llevaban año y medio casados. No volví a hablar con Duarte en el resto de la noche, hasta lo sucedido después en la habitación.

Aproveché para perderme por los enormes salones del Ritz, deambulando de un lado a otro sin rumbo definido y conversando ocasinalmente con todo tipo de invitados: editores que aprovechaban la ocasión para pedirme algunos cuentos, empresarios de los medios de comunicación que se deshacían en elogios hacia mi obra y me proponían colaboraciones en sus periódicos o esposas cincuentonas que se declaraban admiradoras incondicionales de mis novelas. Mientras, seguía dando cuenta de los caldos ofrecidos, tanto que, para cuando el acto alcanzó su apogeo, ya las proporciones de mi embriaguez aconsejaban la retirada cautelosa y discreta. Sin embargo éstas nunca han sido cualidades que adornen mi persona; fui a los servicios y dejé hueco para seguir bebiendo. Fue entonces cuando me encontré a solas con Laura.

No pude evitar examinarla de arriba abajo; lucía un traje de noche oscuro que se le cenía con generosidad sobre las caderas y los pechos y que la hacía muy deseable. Aproveché la ocasión para presentarme. Ella conocía bien mi obra e incluso se permitió la confianza de realizar varias observaciones, sin duda muy inteligentes, que yo no estaba en condiciones de apreciar. Hablamos desprejuiciadamente de literatura, de su marido, de ella, de mí, de sexo... Además de verdaderamente hermosa, era una mujer fascinante, de una inteligencia y maldad sin límites. Me sentía hipnotizado por el desparpajo con el que exhibía su perversidad. Mientras hablábamos yo seguía bebiendo; ella me acompañaba fácilmente. Sé que deseaba ardientemente besarla pero no puedo asegurar que fuese yo quien lo hiciera primero. Fuera como fuese, lo cierto es que no lo lamenté. No tardamos en acabar desnudos en una de las habitaciones del hotel.

Lo que sucedió después se me hace muy confuso, mezclado con el regusto amargo de los vómitos. Recuerdo a Jorge Duarte llorando y a Laura marchándose de la habitación enfurecida. Me recuerdo doblado ante un retrete, vomitando una pasta negra y pestilente. Fue el propio Duarte quien evitó que me cayera al suelo agarrándome por debajo de los brazos mientras lloraba resignadamente. Comprendí que aquello no era algo nuevo para él. Mientras la habitación bailaba vertiginosamente sobre nosotros le aconsejé que la dejara.

Ya he dicho que estos últimos acontecimientos los recuerdo muy confusamente, difuminados por la niebla que el alcohol dejó en mi memoria. Sería conveniente aceptarlos como una recreación aproximada de lo que debió de sucedió en aquella habitación del Ritz de Madrid. Sin embargo hay algo que no soy capaz de olvidar: la profunda tristeza con la que me dijo, mirándome a los ojos, que no somos más que lo que amamos.

No los volví a ver hasta cinco años después, en el D.F. Le habían concedido el Premio Nacional de la Crítica. Me alarmó comprobar lo avanzado de su deterioro físico. Sin embargo, por ella parecían no pasar los años.
¿Y el resto qué...?

miércoles, 2 de marzo de 2011

Hiperhidrosis (R)

Laura recoge con evidente hastío el libro –Reflexiones metafísicas en torno al fuera de juego- que acaba de materializarse sobre su cubierto y se lo entrega a Evaristo con gesto exigente. Evaristo se sonroja y no acierta a disculparse cuando dos libros más – Las aventuras sexuales de una viuda católica y Breve historia de la cerveza- aparecen de repente sobre el centro de flores que adorna la mesa del restaurant. Es la gota que colma la paciencia de Laura, que se marcha sola no sin antes dejarle claro que no quiere volver a verlo jamás. Desolado, Evaristo camina por la margen derecha del Guadiana, dispuesto a poner fin de una vez por todas a su sufrimiento; con decisión se adentra en las templadas aguas buscando el descanso del olvido. Pero según avanza hacia las profundidades en lugar de hundirse una extraña fuerza lo va sacando a flote. Evaristo forcejea sin darse cuenta que debido a la tensión del momento ha saturado por completo el río, provocando terribles inundaciones en ambas márgenes. Es lo que le faltaba al pobre de Evaristo, que cabizbajo se marcha a casa, dejando a lo largo del camino el rastro de libros que delata la dolencia que ha arruinado su vida por completo. Ya se lo advirtió su madre; leer tanto no podía ser bueno, pero Evaristo esperaba si acaso una miopía por castigo, no esta rara enfermedad que le lleva, cuando se pone nervioso, a abarrotarlo todo de libros.
¿Y el resto qué...?

martes, 23 de febrero de 2010

Chorradas ocasionales: Acoso


El final de aquel verano trajo consigo el agotamiento definitivo de su pasión; el inicio del siguiente, una dolorida denuncia en las dependencias de un juzgado que olía a humedad y a sueños rotos. En el escrito presentado alegó haberse sentido victima, durante el trancurso de ese año, del acoso implacable de su recuerdo.
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viernes, 28 de agosto de 2009

Circulo virtuoso


Dicen los sabios, los que haya, no seáis indiscretos, que donde acaba el sufrimiento humano comienza el aburrimiento. Afirmación preclara de la que no sería abusivo concluir que quien sufre jamás puede aburrirse.


Hasta donde le alcanzaba la memoria la vida de Jorge Duarte había tenido siempre la forma de una crisis existencial continua. Ya desde bien pequeño andaba Jorge siempre sufriendo, y como siempre andaba sufriendo jamás llegó a conocer el hastío. Y como jamás supo qué era eso que los otros llaman aburrimiento, pronto se volvió autosuficiente y dejó de frecuentar la compañía de los demás. Simplemente no los necesitaba. Y como no los necesitaba, desde su más tierna infancia vivió en completa soledad; en una soledad de colores claros y mañanas apacibles que se le clavaban en el corazón como alfileres de hielo y le mantenían siempre sufriendo. Y como siempre andaba sufríendo, Jorge pasaba todo su tiempo enredado entre el algodón y la pena de una crisis continua que al cabo de los años terminó por confundir con su propia existencia.
¿Y el resto qué...?

viernes, 27 de febrero de 2009

Le puede ocurrir a cualquiera


No es lo mejor que he escrito, ni el cuento por el que más he luchado, ni tiene ninguna caracteristica especial que lo destaque del resto. Seguramente ni siquiera sea un buen cuento pero... me lo han publicado. Ha sabido estar en el lugar adecuado en el momento justo y el resultado es que ha acabado en papel impreso. En un pequeño volumen de relatos que no puede ni comprarse en una librería y que no va a leer absolutamente nadie pero... publicado está. Esperemos que no sea el último.


Le puede ocurrir a cualquiera (I concurso literario de prevención de conductas adictivas en el ámbito laboral)

Los domingos por la tarde a Tomás Urdiales le gustaba visitar en las afueras al viejo Jorge Duarte. Tomás trabajaba de lunes a sábado como mozo de almacén en las naves de Proconsa y allí había coincidido con Duarte durante los pocos meses que le restaban al conserje para jubilarse. Al principio le llamó la atención el chasquido, como de hojas secas, que hacía su pierna izquierda cuando caminaba. Después se acostumbró y acabaron siendo amigos.
Solían ocupar las tardes dominicales charlando de lo que fuese: las pensiones son una mierda, como esto siga así nos van a poner a todos de patitas en la calle, las mujeres de ahora tienen un polvo que no veas, ninguna tiene la elegancia de las de antes…
Se sentaban frente a frente con sus copas sobre la mesa: él un Balantines con cola; el anciano siempre un zumo de naranja. A veces Duarte le contaba historias de los viejos tiempos, de cuando fue jefe de almacén y le limpiaba los mocos a todos esos engreídos a los que después tuvo que tratar de don.

-Esos entonces no se atrevían ni a levantar la mirada del suelo cuando yo les hablaba. Qué tiempos…

A Tomás le divertían las anécdotas y los consejos del viejo. Le agradaba ver como se le iluminaba el rostro cuando creía haberle impresionado con sus historias. No obstante Duarte siempre se mostraba receloso cuando el mozo le preguntaba por su cojera.

-No quieras saber más de lo que te corresponde- le contestaba el ex conserje.

Sin embargo algo debía afligir el ánimo del viejo aquella tarde para que sin venir a cuento y sin que Tomás preguntase empezase a contarle los acontecimientos que tan celosamente se había negado a compartir hasta entonces.

-Antes trabajábamos hasta en las tardes de nochebuena, no como ahora, con tanto representante sindical y tanto cuento. Por supuesto lo hacíamos con la mente puesta ya en las fiestas; los chicos no paraban de bromear entre ellos y estallaban en atronadoras carcajadas a la más mínima ocasión. Incluso se atiborraban de polvorones. Todo el almacén estaba decorado para la ocasión y destacaban unas enormes estructuras metálicas que simulaban ser árboles de navidad; unos árboles que casi rozaban el techo de las naves con sus copas y debían pesar como un par de toneladas. Era grandioso. Recuerdo que serían sobre las cinco cuando empezó a fluir el whisky, el ron, el vodka y hasta alguna botella de champán. Todos nos desmadramos. Felipe le tiraba los tejos a Montse, la de contabilidad y Ricardito se paseaba en calzoncillo por el vestíbulo que unía las oficinas con las naves. Mientras el Cholo Fernández, que se había encargado la semana antes de afianzar los colosales árboles de navidad, se me fue a pegar como una sombra y me empezó a dar la tabarra con que mejor no pueden estar amarrados esos mostrencos, que mira que esos no los derriba ni un tornado, que tal vez se hunda toda la empresa, y hasta el país entero, antes de que se vengan abajo. Y yo, no me jodas Cholo, que si hace falta te los tiro ahora mismo. Todos nos reímos y seguimos bebiendo, cada uno a lo suyo. Y lo del Cholo debía ser marearme la perdiz, porque allí siguió el tío, erre que erre con sus árboles inamovibles. Así una hora completa. Yo no le hacía ni caso, pero una hora es demasiado para la paciencia de cualquiera; la mía es grande, pero también se rebasa. Cholo, eso no aguanta ni un envite con el montacargas, le pinché yo. Y así de estúpidamente nos apostamos la cena de navidad. Y casi sin saber ni cómo ni por qué me encontré aquella tarde de nochebuena subido al montacargas dispuesto a embestirle a un abeto desproporcionado. Los chicos se arremolinaban alrededor para contemplar mejor la operación. Felipe me hizo beber el último trago; encendí el motor, pisé el acelerador y le metí las palas a una de las estructuras metálicas. Por supuesto lo que no aguantó fue el montacargas, que al primer encontronazo volcó. Salí despedido y aterricé unos veinte metros más allá. Me destrocé la pierna izquierda: fémur tibia y peroné hechos añico. Peor suerte tuvo el pobre de Ricardito, al que se le vino el montacargas encima y por poco no la cuenta. Estuvo más de tres meses en la UVI inconsciente. Imagina las navidades que pasaron los chicos, de hospitales. No me atrevo ni a pensar que hubiera pasado si el bueno de Ricardito se llega a morir…

La voz se le quebró. Tomás miró el Balantines con desconfianza y apoyó su mano en la del anciano.

-Le puede ocurrir a cualquiera- dijo tratando de consolarle sin demasiada convicción.
¿Y el resto qué...?

lunes, 9 de febrero de 2009

El eterno retorno

La volvió a besar, y mientras la besaba supo con la certeza con la que sólo pueden saberse las cosas inexplicables que aquel momento y aquel beso se habían repetido ya antes una infinidad de veces y que volverían a repetirse una y otra vez hasta el final de los tiempos. Él no debería saberlo, pero por alguna extraña razón sabía que esos labios que ahora besaba y le besaban y que antes le habían regalado tan cálidamente un “te quiero” dejarían de amarlo para siempre en pocas semanas. Lo supo y no le importó; lo supo y esta vez no se sintió atenazado por el dolor y la pérdida. Por una extraña razón, por una razón que no alcanzaba a comprender, esta vez sabía que siempre había sido así y que así habría de ser siempre. Sabía que apenas estarían dos meses juntos, sólo dos meses y que después no volverían a verse jamás. Sabía que el amor intenso que ahora se profesaban se marchitaría pronto, que se transformaría fugazmente en amargura y desilusión. Sabía que a la dicha de gozarse juntos le seguirían sin pausa, casi sin tiempo para asimilarlo, el dolor y la ira. Pero no le importó, esta vez no se sintió atenazado, porque esta vez además sabía que cuando el tiempo agotara su camino y regresara de nuevo a su punto de partida, que cuando de su lecho mortuorio transformado en cuna renaciera convertido en niño, entonces todo volvería a empezar y ellos volverían a encontrarse en aquel cine, y ella volvería a llamarle y como siempre él volvería a hacerse el inaccesible para acabar diciendo que sí. Y entonces volverían los besos, los cálidos "te quiero", el amor intenso y la dicha de gozarse juntos. Y también el rápido marchitarse del amor, y la amargura y la desilusión y el dolor y la ira. Y volvería la despedida para siempre. Pero nada importaba, esta vez no se sentiría atenazado, porque esta vez sabía además que siempre volverían a amarse ese breve instante, y que en ese breve instante volverían a tenerse el uno al otro. Y así había sido siempre. Y así habría de ser siempre.

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jueves, 27 de noviembre de 2008

Teatro a las tres (Sobredosis de Beckett y Pinter)


(La jovén es alta y de complexión robusta. Sin embargo se desploma sobre la silla del despacho de piedra arenisca como sí todas sus resistencias hubieran cedido en ese preciso instante. Al otro extremo de la mesa el señor Duarte la observa impasible.)

-Necesito saberlo, señor Duarte.
- ¿El qué, señorita Urdiales?
-Los he visto… todos… cerrados. Hoy, en el archivo; reconocí de inmediato mi letra… todos… cerrados...

- Y bien, ¿cuál es el problema?
-No puedo seguir con esto… necesito saber para qué… por qué...
-¿Acaso ha dejado de recibir la contraprestación acordada?
-No, pero…
-Es un acuerdo muy generoso, señorita Urdiales.
-Sí, pero…
-¿Pero…?
-No puedo entenderlo, señor Duarte.(Se retuerce nerviosa las manos) Al principio pensé que era una especie de prueba de lealtad… ya sabe, hasta dónde estaba dispuesta a llegar si me lo ordenaba…
-Ajá…
-Después se me han pasado por la mente miles de teorías absurdas: que espera que le descubra algo de su vida que por sí mismo no es capaz de apreciar…
-Sí…
-Que teme que alguien le este vigilando… alguien más, se entiende…
-Ya.
-Que… que... no lo sé… no lo sé… no tiene … (la joven ahoga un grito desperado)
-¿Qué no tiene, señorita Urdiales?
-… ¡¡¡no tiene sentido!!!. (Al fin suelta el grito que se le había atorado en la garganta. Ahora está más relajada)
-Eso es, señorita Urdiales, nada tiene sentido.
-Pero… pero… no es cierto, sólo esto no lo tiene. No tiene sentido que me pague la fortuna que me está pagando para que le siga tres días a la semana si después ni se va a molestar en abrir los informes…
-Oh, no, no, evidentemente no lo ha entendido usted. Es todo lo contrario. Nada tiene sentido, sólo esto lo tiene.
-No… no puedo entenderlo…
-¿Lee usted, señorita Urdiales?
-¿Perdón...?
-Si lee usted, señorita Urdiales. O si le gusta ir al cine. Seguro que sí, a todo el mundo le gusta ir de vez en cuando al cine. Entonces en más de una ocasión se habrá emocionado viendo las andanzas de los personajes en la pantalla; alguna que otra vez habrá vertido una lágrima emocionada por la suerte del joven galán capaz de sacrificarse por su amada aun a sabiendas de que nadie, ni siquiera su amada, va a conocer que fue él quien la salvó…
-Pues sí, pero no veo qué…
-Oh, es fácil señorita Urdiales. Es un gesto hermoso, ¿verdad? Un gesto capaz de emocionar a cualquiera. Pero, ¿se ha preguntado alguna vez por qué es tan hermoso?
-No sé…tal vez... ¿por heroico?... ¿por romántico?... ¿por grandioso?... ¿por…?
-No, no,no. Sólo, y tan sólo, porque hay alguien observándolo. Usted... yo... los espectadores. ¿Se da cuenta?
-…
-Nada tiene sentido, señorita Urdiales, nada. Pero en los libros, en las películas, en cualquier obra de ficción todo parece tenerlo. En la ficción hasta los hechos más trágicos están imbuidos de un halo poético muy seductor. Incluso los sucesos más crueles, los más injustos, los más terribles… Porque nosotros estamos mirando y les otorgamos un sentido. Sólo por eso, señorita Urdiales…
-…
-No le quepa duda, si mi vida tiene ahora algún sentido es gracias a usted, a su mirada… los informes son sólo un tramite para asegurarme que sigue ahí, observando.
-…
-¿Lo entiende ahora?
-…
-…
-Está usted como una cabra, señor Duarte
-Lo sé, señorita Urdiales.
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martes, 28 de octubre de 2008

Agente 007 contra el cine de autor


Esta vez Bond había fracasado estrepitosamente. Algo se estaba cociendo, él lo sabía, ¿pero qué? No hubo robo de uranio, ni secuestro de embajadores, ni asesinato de agentes secretos. Nada, ninguna pista. Por si acaso durante la tarde se dejó ver por toda la ciudad: en el casino, en los bajos fondos, en el clásico de los equipos irreconciliables, en la biblioteca municipal -sección narrativa contemporánea- y hasta en la carnicería de la esquina. Pero nadie intentó matarle. Oscurecido, no le quedó más remedio que emplearse a fondo ordenando los armarios de casa, planchando los puños de las camisas, separando la ropa oscura de la clara, poniendo la lavadora, olvidándose echar suavizante, limpiando la grasa de los hornillos y sacando la basura, todo con la esperanza de que algo sucediese. Pero lo único que sucedió fue que un amago de bostezo asomó por su rostro. Y entonces, ¡Dios, cuánta maldad! lo comprendió: en la penumbra del patio de butacas, apenas iluminados por la luz pálida del proyector, yacían cientos de cuerpos sin vida. Los habían matado de aburrimiento.
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martes, 7 de octubre de 2008

El escritor (7ª entrega): Al fin...

... y digo yo, ¿era necesaria tanta espera para tan pobres resultados? Ah, eso tendréis que descubrirlo vosotros mismos. Hala, a leer.
VII

Tal vez para muchos lectores de estas notas no resulte nada fácil comprender lo que les voy a explicar ahora; seguramente tampoco lo sería para mí si fuera otro quien tratara de hacérmelo entender. Pero créanlo o no, con el tiempo la insatisfacción se fue adueñando de mi ánimo y la infelicidad acabó por instalarse en mi vida, como si se me hubiera ido filtrando, gota a gota y casi sin darme cuenta a través de la piel. Y eso a pesar de tenerlo todo a mi disposición, de no resistírseme nada y de bastarme con desear cualquier cosa para conseguirla al instante. Y cuando digo cualquier cosa me refiero realmente a cualquier cosa: durante aquel tiempo conocí el éxito en todos los órdenes de la vida; recibí el reconocimiento y la admiración de mis colegas, me codee con los personajes más destacados del momento, viví apasionados y torridos romances con las mujeres más hermosas e inteligentes de nuestra época; di la vuelta al mundo varias veces, comí en los mejores restaurantes del planeta y créanme que degusté cualquier manjar que puedan imaginar; gocé de cualquier perversión sexual que puedan soñar; viví cualquier experiencia que puedan anhelar. Y sin embargo cada vez me dominaba más la sensación de que en el fondo nada de todo aquello tenía que ver conmigo, de que mis logros me eran completamente ajenos y que seguiría cosechando el mismo éxito aunque empaquetara mis apuntes de la universidad y los entregara a la imprenta como si fuera mi última novela. Por supuesto, no me resistí a hacer la prueba.

A pesar de lo se han empeñado en defender los críticos de todo el planeta,
"Álgebra de color añil" no es “la más profunda, radical y lograda ruptura de los límites narrativos de la novela”. No es tampoco ese "experimento lingüístico definitivo que hace saltar por los aires el edificio narrativo que la tradición occidental se ha empeñado en construir durante los últimos dos milenios y medio, al tiempo que nos enseña, como si acabáramos de nacer de nuevo al hecho literario, que lo inefable puede ser puesto por escrito con absoluta claridad y abrumadora brillantez” que han querido ver otros. No, no es nada de eso: "Algrebra de color añil" es tan solo una amalgama azarosa y sin sentido de más de cien páginas dedicadas a la resolución de integrales, infinitesimales, senos, cosenos y arcotangentes deficientemente anotadas unidas a otras tantas páginas de explicaciones sobre verbos frasales, guerras entre persas y griegos y definiciones de las variables del marketing dadas por alguien que no se ha enterado de nada. Una verdadera desfachatez. Sin embargo fue unánimemente recibida como la novela más importante de la historia de la literatura. Ante esto, como comprenderán, no me restaba más alternativa que hundirme en el desespero y la frustración. Cosa que lógicamente hice.

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domingo, 28 de septiembre de 2008

Más cronopios y famas: El sueño del cronopio

El sueño del cronopio

Cronopio, cronopio, me dice el fama, que los cronopios no escriben lo saben hasta las esperanzas -esos microbios relucientes-, y yo asiento y repliego mi verde y húmeda objetividad, pero cuando me deja solo saco mi pluma y mi cuadernillo de notas y lo vuelvo a hacer.

Cronopio, cronopio, insiste el fama, pero es que no ves que si los cronopios escribierais, tregua catala espera, tampoco lo harías así: seríais cortazarianos y tú, en verdad, más bien te crees Faulkner. Y yo con mi verde y húmeda objetividad replegada, asintiendo a cuanto me dice. Pero después el fama baila tregua y baila catala delante del almacén y aprovecho el revuelo y apunto “ninguno nos extrañamos cuando Tomás Urdiales apareció proveniente de quién sabe dónde, con sus dos oscuras mulas, más oscuras que su alma, ni cuando, al mes de andar por la región, nos enteramos de que se había prometido con la hija menor de los Fernández-Daza”

Cronopio, cronopio, me reprocha el fama, ¿es que acaso no eres feliz con tus dos hilos -uno azul- apretados contra el pecho? Y yo sonrío y finjo esperar ansioso a que el fama me invite a subir a su automóvil o miro temeroso el aire, como si me preocupara la posibilidad de que aparezca una esperanza y por una palabra equivocada invada mi corazón bondadoso. Y mientras, me sueño –objeto verde y húmedo- vistiendo esmoquin, un 10 de diciembre en Estocolmo, estrechándole las manos al rey de Suecia.

¿Y el resto qué...?

De cuando quise enmendarle la plana a Cortázar (Más historias de Cronopios y famas): Ritos y costumbres

Ritos y costumbres

Que un fama se enamore de la mujer de otro fama es de por si un hecho tan insólito que sin duda merece figurar en los anales de la historia; que este consiga además robársela entra ya en los dominios de lo increíble. Sin embargo, cuando esto sucede, las casas se engalanan y lucen orgullosas sus dorados ornamentos sobre las balaustradas de los balcones; el pueblo celebra ahíto de júbilo y gozo un acontecimiento que desde que el mundo es mundo siempre ha anunciado parabienes sin número y ha llenado de viandas los almacenes y de lluvia los riachuelos.

Acaso tan solo sufra el marido despechado, al que los cronopios, celosos guardianes del orden y las buenas costumbres, prohíben el amable recurso del suicidio o el más recio del crimen pasional. Mas tampoco es caso de apesadumbrar a nadie; pronto halla bálsamo en las dulces, libidinosas y ardientes caricias de las esperanzas.

Sin embargo son pocos los que en el pueblo pueden realmente jactarse de haber conocido tan feliz suceso. Y es que por más concienciados que estén los famas de la hermosura filantrópica de un gesto preñado de generosidad y amor como ningún otro; por más que a nadie escapen siquiera las razones prosaicas que hacen del robo de la esposa ajena algo tan necesario, ni por esas son capaces los famas, en lo más intimo de su ser, de librarse de su ancestral e insalvable apego a la fidelidad.

¿Y el resto qué...?

sábado, 27 de septiembre de 2008

Cinefilia

¡¡¡Hala, que fuerte, me paso al relato erótico!!! Y además de baja estofa; alimentando los instintos más primarios. Qué guay.


Cinefilia

Tenía doce años cuando oí por primera vez el rumor. Me lo contó Ramírez, aquel chico que tenía por costumbre merendar mocos en el patio del recreo.

-Tu madre hace pelis porno.

Por supuesto no le hice ni caso. En mi imaginario infantil mi madre representaba la encarnación indiscutible de la pureza absoluta. No había nada que discutir. Sin embargo el rumor me acompañó durante el resto del colegio y traspasó las fronteras del instituto. Allá donde fuera siempre oía a mi paso el murmullo sordo de cuchicheos y risillas.

-Mira, aquel… su madre… pobrecillo.

Claro que no era ciego a la belleza de mi madre ni dejaba de darme cuenta que sus pechos, sus caderas y su culo eran más generosos que el de cualquiera de las madres de mis amigos. Pero para mí eso solo demostraba su mayor pureza.

No podía entender como una falsedad tan evidente se había extendido durante tanto tiempo y a través de tanta gente. Así que decidí que ya era hora de descubrir la verdad. Por supuesto no iba a preguntárselo a ella: acudí a los servicios del “Torbe” González Cuando me pasó la cinta ni siquiera se atrevió a mirarme a los ojos.

La noche en que la puse mi madre estaba en uno de sus viajes de negocios. O eso creía yo. Reconozco que aunque antes había estado convencido de que era imposible, ahora apretaba el botón de inicio dominado por el miedo, temeroso de encontrarme con lo que no quería ver. Busqué su nombre entre los títulos de crédito, pero no pude hallar ninguno ni ligeramente parecido. La película tenía buena producción y se notaba que había contado con un presupuesto generoso. Dos hombre musculosos discutían por no sé qué en una de las cajas de una gran superficie comercial. La cajera, una chica morena de rasgos asiáticos, trataba de contenerlos en vano mientras a sus espaldas se iba formando una cola inmensa de clientes impacientes. Curiosamente todos eran hombres que parecían recién escapados de un concurso de Fitness. No había ni rastro de mi madre. Mientras tanto en la película empiezan a producirse empujones y protestas airadas entre los que aguardan su turno. La cajera asiática, desesperada, levanta el auricular y hace una llamada. Entonces aparece una especie de guarda de seguridad uniformada de cuero con una ostentosa gorra que le mantiene el rostro en la sombra. Los forcejeos cesan inmediatamente para contemplar el contoneo suave de sus caderas y el nervioso rebotar de sus pechos. Noté entre mis piernas el inicio de una erección. La vigilante jurado agarra por las solapas al primero de los hombres de la caja, lo tumba donde el lector de códigos de barras y le hace la mamada más espectacular que yo hubiera visto jamás. Hunde en su boca hasta el último centímetro del enorme miembro, mientras que con la mano derecha “atiende” al otro hombre. Toda la superficie comercial contiene el aliento asombrada. La mujer despacha con morosidad y lujuria uno a uno a todos los clientes Sus movimientos son instintivos, animales; es imposible que esté actuando, se le nota que disfruta, que quiere más. Me encontraba tan absorto que no me di cuenta de que me estaba masturbando; me estaba meneando la polla con tal frenesí que incluso empecé a hacerme daño. Por su parte, la mujer seguía enfrascada en su tarea mientras a su alrededor yacían decenas de cuerpos masculinos extenuados. En un momento de pasión alguien le quita la gorra y la cámara aprovecha para realizar un primerísimo plano de su rostro: el encendido rubor de sus mejilla y los ojos en blanco de mi madre me dejan al borde del derrame. La excitación era brutal. Tanta que casi ni me di cuenta cuando su suave mano se posó sobre la mía y, retirándola cariñosamente, tomó el control de mi pene. Había adelantado la fecha de regreso y acababa de llegar a casa para encontrase con esa escena deliciosa: su pequeño masturbándose salvajemente con una de sus películas. Me dejé hacer, rendido todo mi sistema nervioso a los vaivenes de sus hábiles caricias. Hicimos el amor ardientemente durante la hora y media que aun duró el film. Me sentía orgulloso de sus dotes y del hecho de poder disfrutarla yo solo mientras en la película decenas y decenas de hombres tenían que esperar impacientes su turno. Nunca más volví a poner en duda la pureza de mi madre.

¿Y el resto qué...?

viernes, 11 de julio de 2008

Un trabajo fácil

Fue sobre las cuatro de la madrugada cuando golpearon violentamente la puerta de mi apartamento. He visto a Satanás caer del cielo anunció Billy al tiempo que entraba magullado y tropezando con los muebles hasta terminar tumbado en mi tresillo. Me dolía mucho el brazo y pensé en acabar con todo en ese momento, pero preferí servirle un whisky y escuchar su historia. Quería que fuera plenamente consciente de la situación. Me contó cómo le había localizado y seguido el fulano al que encargaron liquidarle. Es un tipo enorme que se mueve con la agilidad de un felino, Jhonny. Ni me percaté de su presencia hasta que lo tuve encima, y por Dios que casi acaba conmigo. Créeme que no pude ni verle la cara. Por suerte le hice un corte en el antebrazo y conseguí soltarme. Sólo tú puedes echarme una mano con ese tipo. Se echó el whisky al goleto de un solo trago y esperó ansioso mi respuesta. Claro Billy, cuenta conmigo, contesté. Deja que me vista y recoja mi magnum. Fue al volver de mi cuarto cuando se percató del corte que me cruzaba el antebrazo de derecha a izquierda. Quedó rígido dominado por el miedo y la sorpresa: introduje el cañón de mi pistola en su boca y le volé la cabeza.

¿Y el resto qué...?

sábado, 21 de junio de 2008

El escritor (6ª entrega)

Después de semejante acogida cualquiera es el guapo que se atreve a escribir de nuevo. De hecho tuvieron que transcurrir casi dos años y medio para que volviera a sentarme frente a un folio en blanco, aunque no crean que fue porque me atenazara el miedo o porque me pesara en exceso la responsabilidad. Simplemente la polvareda levanta por mi debut adquirió tales dimensiones que los compromisos públicos acabaron por fagocitar todo mi tiempo. La verdad del asunto es que me daba cuenta del alcance de mi recién adquirido don y me sabía perfectamente capacitado para repetir un éxito similar al cosechado por ”Haciendo surf” o superarlo si fuera necesario. Y efectivamente, como ya les sonará de los manuales literarios al uso, volví a hacerlo una y otra vez; siempre que quise. Incluso cuando no quise. Si no se lo creen pueden comprobarlo en sus libros oficiales: cuando publiqué “El inolvidable olvido,” mi segunda novela, fui investido Doctor Honoris Causa por una docena de universidades y recibí calificativos tales como "genio literario" o "último clásico vivo"; con la tercera, “La sartén por el mango”, se me propuso como candidato para el Nobel de literatura, galardón que finalmente me fue otorgado coincidiendo con la aparición de la cuarta, “A un dios cualquiera”. Lo que seguramente no sabrán ustedes, arrogantes lectores de manuales literarios al uso, es que a “El inolvidable olvido”, escrita entre el lujo y la suntuosidad del Ritz de Madrid, apenas le dediqué unos pocos minutos al día y prácticamente ninguna atención durante el año que duró su redacción. Mi mente andaba entonces más centrada en el cortejo de mis admiradoras, a las que recibía en mi habitación como si fuera un gigoló profesional, que en combinar adecuadamente sujetos verbos y predicado. Como tampoco sabrán, claro, que “La sartén por el mango” es, palabra por palabra, exactamente la misma novela que “El juego del ratón y el gato”, la primera de las mías y que antes había cosechado una decena de rechazos: la única modificación que me molesté en realizar fue la de colocar la palabra fin en la última página. Aproximadamente igual que con “El cielo del carpintero" , que tal cual reposaba en su caja de zapatos durmiendo el sueño de los justos, tal cual con sus veinte cartas de rechazo a cuesta, se convirtió en la aclamada “A un dios cualquiera”. Sin embargo todos los límites se rebosaron con la acogida de “Algebra de color añil”

¿Y el resto qué...?

sábado, 31 de mayo de 2008

El escritor (5ª entrega)

Creo que fue Santa Teresa -¿o tal vez Truman Capote?- quién escribió que más lágrimas se derraman por culpa de las plegarias atendidas que por las no atendidas. Da igual, corresponda a quien corresponda la paternidad de la frase lo que no se podrá negar es que tras los arrebatos histéricos de la mística abulense -o tras la insoportable frivolidad del hombrecillo de Nueva Orleáns- subyace de fondo un profundo conocimiento de las cosas y las causas de la vida de los hombres. Por mi parte les puedo garantizar que nunca me he molestado en perder el tiempo elevando súplicas al cielo. Claro que yo también he soñado con el éxito y la fama, con el reconocimiento y la admiración de los demás; con ese día en el que todos los hombres desearan mi autógrafo y todas las mujeres acostarse conmigo. Como cualquiera con sangre en las venas, faltaría más. Sin embargo siempre he sabido mantener mis expectativas pegaditas a ras de suelo, alejadas lo más posible de esos delirios de grandeza tan frecuentes entre los escritores más jóvenes, convencidos ellos, vete tú a saber por qué, de haber sido llamados a renovar la literatura de su tiempo desde los mismos cimientos. Nada más alejado de mis pretensiones; mi única aspiración en la vida, para la cuál reconozco que siempre me creí, aunque fuera de forma equivocada, sobradamente cualificado, fue la de alcanzar a publicar. Sin más. Me valía con dar a conocer mi mundo interior, poder compartirlo con un puñado de lectores fieles y a lo más conocer la cálida gratitud de quienes pudieran sentirse identificados conmigo. Pero la publicación de Haciendo Surf entre los escombros sobrepasó cualquier expectativa imaginable. Incluso las mías, sabedor como era de que las condiciones tan extraordinarias de su génesis me obligaban a esperar una recepción no menos fabulosa. La novela se convirtió de inmediato en el éxito editorial del año y en pocos meses se vendieron más de un millón de ejemplares superando el centenar de ediciones. Además al éxito de público aunó el entusiasmo de la crítica, que la saludó como “el acontecimiento literario más importante de la última década en este país”. Incluso para finales de año ya se estaba traduciendo a todos los idiomas cultos del planeta por lo que pronto se convirtió también en un fenómeno internacional. Les aseguro que fue una auténtica locura; sin solución de continuidad se sucedieron uno tras otro los artículos periodísticos, las entrevistas, los especiales de televisión. Y esto sin mencionar la lluvia de premios: el de la Crítica, el Nacional de Literatura, el Europeo de Creación Literaria y en el paroxismo del desquiciamiento, hasta el premio Loeb al que ni siquiera fue presentada.

¿Y el resto qué...?

sábado, 24 de mayo de 2008

El escritor (4ª entrega)

Como ya he dejado escrito más arriba, en aquella época contaba yo en mi haber con nada menos que siete novelas acabadas y casi medio centenar de cartas de rechazo; de haber querido habría podido empapelar de arriba abajo todas las habitaciones de mi apartamento –que dicho sea de paso, apenas eran tres- sólo con mala literatura. Supongo que ya se imaginarán que mi estima y mi orgullo de escritor no andaban en aquel tiempo precisamente en su momento más brillante. De hecho para ser exacto debería decir que el medio centenar de cartas de rechazo se repartía apenas entre las cuatro primeras novelas; a partir de la quinta ya ni siquiera me molesté en intentar publicarlas y una vez las daba por finalizada procedía a archivarlas directamente en cajas de zapatos, disuadido a no ofrecerles de nuevo la oportunidad de humillarme. Sin embargo me daba cuenta de que esta vez la situación era completamente distinta; a pesar de que mi experiencia previa no debería invitarme al optimismo, lo cierto es que no me cabía ni la más mínima duda de que en esta ocasión encontraría editor para Haciendo surf sin ninguna dificultad. Hice cinco copias del manuscrito, dejé una en el registro de la propiedad intelectual y mandé las otras cuatro a tres editoriales nacionales y a una regional. Recuerdo que era sábado, bebí durante toda la noche y el domingo apenas me moví de la cama: el lunes, a primera hora de la mañana, sin que el hecho me cogiera por sorpresa, se presentó en mi apartamento el editor jefe de Ediciones Transcontinental en persona; me puso sobre la mesa un cheque con tantos ceros que no necesité esperar la respuesta de las demás editoriales para decidirme.

¿Y el resto qué...?

jueves, 15 de mayo de 2008

El escritor (3ª entrega)

No les quiero abrumar con los detalles del incidente –tampoco recuerdo gran cosa-: simplemente alegaré en mi defensa que una vez más se bloqueó la dirección de mi SEAT 133 y que cuando quise darme cuenta el muro de hormigón armado ya se me había echado fatalmente encima. Después vino la oscuridad y el silencio. Y más tarde, cuando recuperé la consciencia, las caras sorprendidas de los médicos de cuidados intensivos. Por lo visto pasé año y medio sumergido en un coma profundo del que no debería haberme podido recuperar. Pero me recuperé, y no sólo volví a la vida, sino que lo hice sin ninguna secuela aparente. Y digo aparente porque aunque las radiografías, resonancias magnéticas, escáneres cerebrales y hasta ecografías a las que me vi sometido los días posteriores a mi milagrosa resurrección no pudieron poner de relieve nada extraño –si no lo era de por sí el hecho de que no pudieran hacerlo- lo cierto es que no tardé en darme cuenta de que algo en mi interior había cambiado, de que algún tipo de barrera o de traba se había roto desatando un torrente de creatividad inusitado del que yo me sentía completamente ajeno, como si las ideas que ahora se me empezaban a agolpar en la mente provinieran de otra conciencia de la que yo era un simple receptor.

¿Qué? ¿Les parece demasiado increíble? ¿No les convence el relato? ¿Piensan que es una bazofia? Pues atrévanse a tirar el libro a la basura y a proclamar a los cuatro vientos que el gran Jorge Duarte, el novelista de fama mundial de cuyo prestigio y renombre se dice que seguirán venerando por muchos siglos las generaciones futuras es, en el fondo, un pésimo escritor. Ya sabía yo que no lo harían; ya me imaginaba que este relato les iba a resultar también fascinante y que no se atreverían a abandonarlo hasta leerlo de cabo a rabo. Lo de siempre. Al menos, si no tienen las agallas suficientes para hacer lo que deben hacer, hagan el favor de callarse y no vuelvan a interrumpir.

Continúo entonces. Recibí el alta médica una semana después; fui a la licorería de la esquina , compré una botella de güisqui y me encerré a cal y canto entre las cuatro paredes desconchadas y mugrientas que por entonces constituían mi hogar. Me sentía dominado por una urgencia inaplazable, por una especie de pulsión creadora que doblegaba a su antojo mi voluntad y que casi no me permitía conciliar el sueño ni probar bocado. Contado así tal vez les pueda parecer aterrador, pero créanme si le digo que fue la experiencia más maravillosa que hasta entonces hubiera conocido en mi vida; me sentía invencible, imbuido de una fortaleza y una seguridad de la que nunca antes había disfrutado: las palabras, las frases, los temas, los personajes, los diálogos, la estructura, todo, absolutamente todo fluía de mis dedos al papel con tal naturalidad que más que escribir parecía que estuviera leyendo una obra ya publicada. Tardé apenas dos días en terminar las quinientas páginas de
Haciendo Surf entre los escombros, sin que en ese tiempo llegara a abrir la botella de güisqui. Luego me la bebí entera de un solo trago y a continuación me pasé veinticuatro horas durmiendo extenuado. Cuando al fin desperté estaba tan satisfecho del resultado final que ni siquiera me molesté en corregir una sola palabra del manuscrito y exactamente como lo había dejado salí con él a cuestas en busca de un editor. Era tal mi entusiasmo que no me di cuenta de que no me acompañaba ningún síntoma de resaca.

¿Y el resto qué...?

miércoles, 7 de mayo de 2008

El escritor (2ª entrega)

Si en alguna ocasión se han molestado en consultar cualquiera de las innumerables biografías y estudios que sobre mi vida y mi obra han ido aparecido en estos últimos años y que tan pomposamente se complacen en saberlo absolutamente todo sobre mi persona cuando, en verdad, no saben de la misa la media , es más que probable que hayan llegado a la conclusión de que mi debut literario se produjo allá por el setenta y siete con el asombroso éxito de crítica y ventas que fue "Haciendo surf entre los escombros" y que antes de ella no había escrito ni media línea. Si han buscado lo suficiente tal vez hayan tenido la suerte de encontrar algún manual que se atreva a especular con la posibilidad de que hubiera tenido yo, como cualquier escritor que se precie, un largo proceso de aprendizaje tras el cual me habría esmerado en destruir cualquier testimonio de mis primeros balbuceos e inseguridades. De todas formas no apostaría a ello el descanso de mis años próximo; aún son escasas las voces que así opinan y no pasan de ser mínimas y anecdóticas divergencias disueltas en un oceánico mar de consenso; en general tanto el mundo académico como los mentideros literarios han aceptado como cierta la hipótesis de que mi talento literario fue siempre y por naturaleza tan descomunal que sólo necesité, aunque fuera tardíamente, descubrir la vocación para empezar a escribir obras maestras. ¡¡Qué más quisiera yo!! La realidad es otra bien distinta; la realidad es que si hay algo de lo que he estado convencido durante toda mi vida es que jamás he poseído ningún don que merezca ser reseñado y menos que ningún otro, el de la creación narrativa. De hecho para cuando Ediciones Transcontinental se hizo cargo del manuscrito de "Haciendo surf" yo ya tenía en mi haber nada menos que siete novelas acabadas y casi medio centenar de cartas de rechazo dando fe de mi fracaso. Pero ya digo, de esto no encontrarán ni las cáscaras en el correlato oficial de mis andanzas literarias. Lo curioso de la cuestión es que si realmente tuve un largo periodo de aprendizaje, que lo tuve, no puedo asegurar que aprendiera gran cosa de él: mi destreza en el manejo de la palabra ha sido, aproximadamente, tan deficitaria e insuficiente antes y después de la escritura de "Haciendo surf". Por tanto los motivos de mi súbita eclosión literaria haríamos mejor en buscarlos en otros acontecimientos alejados del mero aprendizaje de unas técnicas y unos recursos que la justifiquen. Concretamente en las vicisitudes de mi primer accidente de tráfico.

¿Y el resto qué...?

martes, 29 de abril de 2008

El escritor, un relato por entregas

Con intención de que me sirva de acicate para la escritura de un relato que supere en extensión los estrechos márgenes a los que habitualmente me reducen mi holgazanería y la escasa fe en mis destrezas literarias, me he propuesto iniciar aquí, a la manera de Victor Hugo o de Alejandro Dumas, una especie de novela seriada, serial novelado o simplemente relato por entregas, del que me comprometo a colgar al menos un nuevo avance cada semana. Por cierto, quedáis todos invitados a participar aportando vuestras opiniones, pareceres e incluso sugerencias y correcciones.

EL ESCRITOR

I

Como comprenderán en mi situación actual, de la que ya se han encargado de dar cumplida cuenta con cansina machaconería los medios de comunicación de todo el planeta, no sería razonable que me anduviera aún con miramientos y recatos a la hora de sincerarme y hacerles partícipe de toda la verdad; de los hechos tal y como sucedieron y tal y como nadie se atreverá a contárselos jamás. Por no importarme ya no me importa siquiera reconocer, aunque me puedan acusar de plagio, que la idea la tomé
prestada de El crepúsculo de los dioses, de Billy Wilder. Ojalá este detalle, el del plagio, fuera suficiente para romper el maleficio que pesa sobre mí desde que me empotré por vez primera contra un muro de hormigón armado. Pero no tendré esa fortuna: este relato cuya escritura comienzo ahora, el de mis últimos años de vida, devendrá también en otro éxito literario sin precedentes, posiblemente el mayor de toda mi carrera, habida cuenta de las condiciones tan extraordinarias y poco usuales en las que será escrito. Claro que nada de cuanto viene sucediéndome desde la fecha de mi primer accidente puede ser considerado ni remotamente normal. Pero eso lo contaré más adelante. Permítanme ahora que proceda a presentarme; me llamo Jorge Duarte y soy escritor frustrado. Sí, soy consciente de lo retórico e innecesario del gesto; sé que con toda seguridad mi nombre les resultará harto familiar, especialmente a aquellos que se declaren amantes de la literatura, aunque no creo que les pueda ser del todo ajeno a quienes no han leído jamás o lo hacen, como ahora, tan solo de forma esporádica. Después de todo por algo soy la mayor celebridad literaria que el mundo ha conocido desde los tiempos de Shakespeare. Y esto dicho con la mayor modestia de la que soy capaz, pues en verdad estoy persuadido de que mi gloría y mi renombre superan también con creces a las del bardo inglés. Sin embargo no es de ese Jorge Duarte de quien quiero hablarles, de ese ya se han ocupado y todavía se ocuparan los manuales literarios al uso. Les quiero hablar del otro Jorge Duarte, del verdadero, el de carne y hueso; un Jorge Duarte desconocido, ignorado y en lo esencial más bien desbaratado. Un Jorge Duarte que como escritor sólo merece el calificativo de mediocre.

II

Si en alguna ocasión se han molestado en consultar cualquiera de las innumerables biografías y estudios que sobre mi vida y mi obra han ido apareciendo en estos últimos años y que tan pomposamente se complacen en saberlo absolutamente todo sobre mi persona cuando, en verdad, no saben de la misa la media , es más que probable que hayan llegado a la conclusión de que mi debut literario se produjo allá por el setenta y siete con el asombroso éxito de crítica y ventas que fue
"Haciendo surf entre los escombros" y que antes de ella no había escrito ni media línea. Si han buscado lo suficiente tal vez hayan tenido la suerte de encontrar algún manual que se atreva a especular con la posibilidad de que hubiera tenido yo, como cualquier escritor que se precie, un largo proceso de aprendizaje tras el cual me habría esmerado en destruir cualquier testimonio de mis primeros balbuceos e inseguridades. De todas formas no apostaría a ello el descanso de mis años próximo; aún son escasas las voces que así opinan y no pasan de ser mínimas y anecdóticas divergencias disueltas en un oceánico mar de consensos; en general tanto el mundo académico como los mentideros literarios han aceptado como cierta la hipótesis de que mi talento literario fue siempre y por naturaleza tan descomunal que sólo necesité, aunque fuera tardíamente, descubrir la vocación para empezar a escribir obras maestras. ¡¡Qué más quisiera yo!! La realidad es otra bien distinta; la realidad es que si hay algo de lo que he estado convencido durante toda mi vida es que jamás he poseído ningún don que merezca ser reseñado y menos que ningún otro, el de la creación narrativa. De hecho para cuando Ediciones Transcontinental se hizo cargo del manuscrito de "Haciendo surf" yo ya tenía en mi haber nada menos que siete novelas acabadas y casi medio centenar de cartas de rechazo dando fe de mi fracaso. Pero ya digo, de esto no encontrarán ni las cáscaras en el correlato oficial de mis andanzas literarias. Lo curioso de la cuestión es que si realmente tuve un largo periodo de aprendizaje, que lo tuve, no puedo asegurar que aprendiera gran cosa de él: mi destreza en el manejo de la palabra ha sido, aproximadamente, tan deficitaria e insuficiente antes y después de la escritura de "Haciendo surf". Por tanto los motivos de mi súbita eclosión literaria haríamos mejor en buscarlos en otros acontecimientos alejados del mero aprendizaje de unas técnicas y unos recursos que la justifiquen. Concretamente en las vicisitudes de mi primer accidente de tráfico.


No les quiero abrumar con los detalles del incidente –tampoco recuerdo gran cosa-: simplemente alegaré en mi defensa que una vez más se bloqueó la dirección de mi SEAT 133 y que cuando quise darme cuenta el muro de hormigón armado ya se me había echado fatalmente encima. Después vino la oscuridad y el silencio. Y más tarde, cuando recuperé la consciencia, las caras sorprendidas de los médicos de cuidados intensivos. Por lo visto pasé año y medio sumergido en un coma profundo del que no debería haberme podido recuperar. Pero me recuperé, y no sólo volví a la vida, sino que lo hice sin ninguna secuela aparente. Y digo aparente porque aunque las radiografías, resonancias magnéticas, escáneres cerebrales y hasta ecografías a las que me vi sometido los días posteriores a mi milagrosa resurrección no pudieron poner de relieve nada extraño –si no lo era de por sí el hecho de que no pudieran hacerlo- lo cierto es que no tardé en darme cuenta de que algo en mi interior había cambiado, de que algún tipo de barrera o de traba se había roto desatando un torrente de creatividad inusitado del que yo me sentía completamente ajeno, como si las ideas que ahora se me empezaban a agolpar en la mente provinieran de otra conciencia de la que yo era un simple receptor.

¿Qué? ¿Les parece demasiado increíble? ¿No les convence el relato? ¿Piensan que es una bazofia? Pues atrévanse a tirar el libro a la basura y a proclamar a los cuatro vientos que el gran Jorge Duarte, el novelista de fama mundial de cuyo prestigio y renombre se dice que seguirán venerando por muchos siglos las generaciones futuras es, en el fondo, un pésimo escritor. Ya sabía yo que no lo harían; ya me imaginaba que este relato les iba a resultar también fascinante y que no se atreverían a abandonarlo hasta leerlo de cabo a rabo. Lo de siempre. Al menos, si no tienen las agallas suficientes para hacer lo que deben, hagan el favor de callarse y no vuelvan a interrumpir.

Continúo entonces. Recibí el alta médica una semana después; fui a la licorería de la esquina , compré una botella de güisqui y me encerré a cal y canto entre las cuatro paredes desconchadas y mugrientas que por entonces constituían mi hogar. Me sentía dominado por una urgencia inaplazable, por una especie de pulsión creadora que doblegaba a su antojo mi voluntad y que casi no me permitía conciliar el sueño ni probar bocado. Contado así tal vez les pueda parecer aterrador, pero créanme si le digo que fue la experiencia más maravillosa que hasta entonces hubiera conocido en mi vida; me sentía invencible, imbuido de una fortaleza y una seguridad de la que nunca antes había disfrutado: las palabras, las frases, los temas, los personajes, los diálogos, la estructura, todo, absolutamente todo fluía de mis dedos al papel con tal naturalidad que más que escribir parecía que estuviera leyendo una obra ya publicada. Tardé apenas dos días en terminar las quinientas páginas de "Haciendo Surf entre los escombros", sin que en ese tiempo llegara a abrir la botella de güisqui. Luego me la bebí entera de un solo trago y a continuación pasé las siguientes veinticuatro horas durmiendo extenuado. Cuando al fin desperté estaba tan satisfecho del resultado final que ni siquiera me molesté en corregir una sola palabra del manuscrito y exactamente como lo había dejado salí con él a cuestas en busca de un editor. Era tal mi entusiasmo que no me di cuenta de que no me acompañaba ningún síntoma de resaca.

IV

Como ya he dejado escrito más arriba, en aquella época contaba yo en mi haber con nada menos que siete novelas acabadas y casi medio centenar de cartas de rechazo; de haber querido habría podido empapelar de arriba abajo todas las habitaciones de mi apartamento –que dicho sea de paso, apenas eran tres- sólo con mala literatura. Supongo que ya se imaginarán que mi estima y mi orgullo de escritor no andaban en aquel tiempo precisamente en su momento más brillante. De hecho para ser exacto debería decir que el medio centenar de cartas de rechazo se repartía apenas entre las cuatro primeras novelas; a partir de la quinta ya ni siquiera me molesté en intentar publicarlas y una vez las daba por finalizada procedía a archivarlas directamente en cajas de zapatos, disuadido a no ofrecerles de nuevo la oportunidad de humillarme. Sin embargo me daba cuenta de que esta vez la situación era completamente distinta; a pesar de que mi experiencia previa no debería invitarme al optimismo, lo cierto es que no me cabía ni la más mínima duda de que en esta ocasión encontraría editor para "Haciendo surf" sin ninguna dificultad. Hice cinco copias del manuscrito, dejé una en el registro de la propiedad intelectual y mandé las otras cuatro a tres editoriales nacionales y a una regional. Recuerdo que era sábado, bebí durante toda la noche y el domingo apenas me moví de la cama: el lunes, a primera hora de la mañana, sin que el hecho me cogiera por sopresa, se presentó en mi apartamento el editor jefe de Ediciones Transcontinental en persona; me puso sobre la mesa un cheque con tantos ceros que no necesité esperar la respuesta de las demás editoriales para decidirme.

V

Creo que fue Santa Teresa -¿o tal vez Truman Capote?- quién escribió que más lágrimas se derraman por culpa de las plegarias atendidas que por las no atendidas. Da igual, corresponda a quien corresponda la paternidad de la frase lo que no se podrá negar es que tras los arrebatos histéricos de la mística abulense -o tras la insoportable frivolidad del hombrecillo de Nueva Orleáns- subyace de fondo un profundo conocimiento de las cosas y las causas de la vida de los hombres. Por mi parte les puedo garantizar que nunca me he molestado en perder el tiempo elevando súplicas al cielo. Claro que yo también he soñado con el éxito y la fama, con el reconocimiento y la admiración de los demás; con ese día en el que todos los hombres desearan mi autógrafo y todas las mujeres acostarse conmigo. Como cualquiera con sangre en las venas, faltaría más. Sin embargo siempre he sabido mantener mis expectativas pegaditas a ras de suelo, alejadas lo más posible de esos delirios de grandeza tan frecuentes entre los escritores más jóvenes, convencidos ellos, vete tú a saber por qué, de haber sido llamados a renovar la literatura de su tiempo desde los mismos cimientos. Nada más alejado de mis pretensiones; mi única aspiración en la vida, para la cuál reconozco que siempre me creí, aunque fuera de forma equivocada, sobradamente cualificado, fue la de alcanzar a publicar. Sin más. Me valía con dar a conocer mi mundo interior, poder compartirlo con un puñado de lectores fieles y a lo más conocer la cálida gratitud de quienes pudieran sentirse identificados conmigo. Pero la publicación de "Haciendo Surf entre los escombros" sobrepasó cualquier expectativa imaginable. Incluso las mías, sabedor como era de que las condiciones tan extraordinarias de su génesis obligaban a esperar una recepción no menos fabulosa. La novela se convirtió de inmediato en el éxito editorial del año y en pocos meses se vendieron más de un millón de ejemplares superando el centenar de ediciones. Además al éxito de público aunó el entusiasmo de la crítica, que la saludó como “el acontecimiento literario más importante de la última década en este país”. Incluso para finales de año ya se estaba traduciendo a todos los idiomas cultos del planeta por lo que pronto se convirtió también en un fenómeno internacional. Les aseguro que fue una auténtica locura; sin solución de continuidad se sucedieron uno tras otro los artículos periodísticos, las entrevistas, los especiales de televisión. Y esto sin mencionar la lluvia de premios: el de la Crítica, el Nacional de Literatura, el Europeo de Creación Literaria y en el paroxismo del desquiciamiento, hasta el premio Loeb al que ni siquiera fue presentada.

VI

Después de semejante acogida cualquiera es el guapo que se atreve a escribir de nuevo. De hecho tuvieron que transcurrir casi dos años y medio para que volviera a sentarme frente a un folio en blanco, aunque no crean que fue porque me atenazara el miedo o porque me pesara en exceso la responsabilidad. Simplemente la polvareda levantada por mi debut adquirió tales dimensiones que los compromisos públicos acabaron por fagocitar todo mi tiempo. La verdad del asunto es que me daba cuenta del alcance de mi recién adquirido don y me sabía perfectamente capacitado para repetir un éxito similar al cosechado por “Haciendo surf entre los escombros” o superarlo si fuera necesario. Y efectivamente, como ya les sonará de los manuales literarios al uso, volví a hacerlo tantas veces como quise. Incluso cuando no quise. Si no se lo creen pueden comprobarlo en sus libros oficiales: cuando publiqué “El inolvidable olvido”, mi segunda novela, fui investido Doctor Honoris Causa por una docena de universidades y recibí calificativos tales como "genio literario" o "último clásico vivo"; con la tercera, “La sartén por el mango”, se me propuso como candidato para el Nobel de literatura, galardón que finalmente me fue otorgado coincidiendo con la aparición de la cuarta, “A un dios cualquiera”. Lo que seguramente no sabrán ustedes, arrogantes lectores de manuales literarios al uso, es que a “El inolvidable olvido”, escrita entre el lujo y la suntuosidad del Ritz de Madrid, apenas le dediqué unos pocos minutos al día y prácticamente ninguna atención durante el año que duró su redacción. Mi mente andaba entonces más centrada en el cortejo de mis admiradoras, a las que recibía en mi habitación como si fuera un gigoló profesional, que en combinar adecuadamente sujetos verbos y predicado. Como tampoco sabrán, claro, que “La sartén por el mango” es, palabra por palabra, exactamente la misma novela que “El juego del ratón y el gato”, la primera de las mías y que antes había cosechado una decena de rechazos: la única modificación que me molesté en realizar fue la de colocar la palabra fin en la última página. Aproximadamente igual que con “El cielo del carpintero" , que tal cual reposaba en su caja de zapatos durmiendo el sueño de los justos, tal cual con sus veinte cartas de rechazo a cuesta, se convirtió en la aclamada “A un dios cualquiera”. Sin embargo todos los límites se rebosaron con la acogida de “Algebra de color añil”

VII

Tal vez para muchos lectores de estas notas no resulte nada fácil comprender lo que les voy a explicar ahora; seguramente tampoco lo sería para mí si fuera otro quien tratara de hacérmelo entender. Pero créanlo o no, con el tiempo la insatisfacción se fue adueñando de mi ánimo y la infelicidad acabó por instalarse en mí vida, como si se me hubiera ido filtrando, gota a gota y casi sin darme cuenta a través de la piel. Y eso a pesar de tenerlo todo a mi disposición, de no resistírseme nada y de bastarme con desear cualquier cosa para conseguirla al instante. Y cuando digo cualquier cosa me refiero realmente a cualquier cosa: durante aquel tiempo conocí el éxito en todos los órdenes de la vida; recibí el reconocimiento y la admiración de mis colegas, me codee con los personajes más destacados del momento, viví apasionados romances con las mujeres más hermosas e inteligentes de nuestra época; di la vuelta al mundo varias veces, comí en los mejores restaurantes del planeta y créanme que degusté cualquier manjar que puedan imaginar; gocé de cualquier perversión sexual que puedan soñar; viví cualquier experiencia que puedan anhelar. Y sin embargo cada vez me dominaba más la sensación de que en el fondo nada de todo aquello tenía que ver conmigo, de que mis logros me eran completamente ajenos y que seguiría cosechando el mismo éxito aunque empaquetara mis apuntes de la universidad y los entregara a la imprenta como si fuera mi última novela. Por supuesto, no me resistí a hacer la prueba.

A pesar de lo se han empeñado en defender los críticos de todo el planeta, "Álgebra de color Añil" no es “la más profunda, radical y lograda ruptura de los límites narrativos de la novela”. No es tampoco ese "experimento lingüístico definitivo que hace saltar por los aires el edificio narrativo que la tradición occidental se ha empeñado en construir durante los últimos dos milenios y medio, al tiempo que nos enseña, como si acabáramos de nacer de nuevo al hecho literario, que lo inefable puede ser puesto por escrito con absoluta claridad y abrumadora brillantez” que han querido ver algunos. No, no es nada de eso: "Algrebra de color añil" es tan solo una amalgama azarosa y sin sentido de más de cien páginas dedicadas a la resolución de integrales, infinitesimales, senos, cosenos y arcotangentes deficientemente anotadas unidas a otras tantas páginas de explicaciones sobre verbos frasales, guerras entre persas y griegos y definiciones de las variables del marketing dadas por alguien que no se ha enterado de nada. Una verdadera desfachatez. Sin embargo fue unánimemente recibida como la novela más importante de la historia de la literatura. Ante esto, como comprenderán, no me restaba más alternativa que hundirme en el desespero y la frustración. Cosa que, lógicamente, hice.



¿Y el resto qué...?

miércoles, 26 de marzo de 2008

Soy un machista incorregible: Sentar la cabeza

O eso empiezo a pensar a tenor de las veces que me he ganado, para mi sorpresa, mi desagrado y contra mi opinión, dicho calificativo. La última vez por esa especie de híbrido entre narración y notas que es Sostenella y no enmendalla (no aquí, donde ha sido recibido con total y justa indiferencia, sino en otra región digital). A mí que me lo expliquen. Bueno, en verdad me lo han explicado: por lo visto el detonante ha sido el uso del adjetivo solterona y el hecho de relegar a un papel pasivo al personaje femenino. Ya te digo. Pues nada, como ya empiezo a estar hasta las narices -y más debajo también- de cierta forma de feminismo hipersensible con tendencias a criminalizar todo lo masculino para glorificación de todo lo femenino, cuelgo como rabieta esta mini que por falta de interés había preferido no colgar hasta ahora. Sobre todo por fastidiar y porque en su día (en otras regiones digitales, of course) hubo quien insinuó también sus inclinaciones machistas:

Sentar la cabeza

"Como todas las noches, Pamela Hilton , modelo, actriz, millonaria excéntrica y soltera empedernida, sueña, mecida por el agotamiento y el hastío de otro amor fugaz , con el hombre que ha de tiranizar su corazón, le haga sentar la cabeza, la lleve ante el altar y le dé, al fin, la estabilidad sentimental que jamás ha conocido y que tanto anhela. Y en cada noche, y en cada sueño, es siempre un hombre distinto”

Ya ven, está cosa tan inocente también levantó en su momento alguna que otra protesta airada. Porque por lo visto presenta una visión frívola de las mujeres. Lo cual no deja de tener su gracia, sobre todo habida cuenta de que en la mini no hay más que una. Lo curioso es que si hice que fuera la mujer la que se “aprovechaba” de los hombres fue precisamente para que nadie me acusara de mostrar a las féminas como simples objetos sexuales. Pero nada, no hay manera, si la mujer es la promiscua y usa a los hombres, malo; si es al revés, peor todavía. En fin, que no entiendo nada.
¿Y el resto qué...?