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miércoles, 12 de agosto de 2009

Algunas reflexiones generales, imprecisas y muy equivocadas sobre la obra superheroica de Alan Moore

"La desconstrucción (...) consiste en mostrar cómo se ha construido un concepto cualquiera a partir de procesos históricos y acumulaciones metafóricas (...)"

Wikipedia




Cuando se habla de la obra superheroica de Moore, y aquí, en este humilde rincón, no es que se haga con demasiada frecuencia, pero si hay que hacerlo, se hace, resulta muy socorrido acudir a la ya clásica división de su carrera en dos etapas bien diferenciadas: la de la deconstrucción del género, o lo que es lo mismo, la de Miracleman, La Cosa del pantano, V de Vendetta , Watchmen o La broma asesina, y la de la reconstrucción de ese mismo universo de mallas y colorines, o por alusiones, la de 1963, Supreme, El día del juicio o toda la línea ABC. Además no es menos corriente hacer acompañar esta división con la matización de que mientras la primera se corresponde con el grueso de sus grandes obras maestras, la segunda lo hace con la de las obras firmadas por el piloto automático de Moore y no por el propio Moore. Sin embargo cada vez tengo más claro que una revisión atenta y cuidadosa -que por supuesto yo no he hecho- de toda su obra debería poner patas arriba y dejar moribundas ambas afirmaciones: la primera porque me da a mí que la verdadera fase de deconstrucción del género no empieza donde dicen todos los manuales al uso que empieza, sino precisamente donde se supone que acaba; y la segunda, porque la diferencia profunda entre ambas etapas no se encuentra en la pérdida de interés por parte de Moore y la consiguiente y consecuente disminución de calidad, sino en el desarrollo de unos planteamientos, un enfoque y unos objetivos radicalmente distintos.


Voy a tratar de explicarme. A pesar de todo lo que se ha dicho y escrito al respecto, incluso de lo que yo mismo he dicho y escrito aquí; a pesar de que sean obras que indudablemente invitan, por complejidad y profundidad, al análisis y la reflexión y de que seguramente ni Moore estaría de acuerdo con lo que voy a exponer, creo, y estoy firmemente convencido de ello, que Miracleman, V de Vendetta, La Cosa del pantano, Watchmen o La broma asesina no tienen por propósito fundamental, como se suele aceptar, la deconstrucción del género como tal; no son ensayos sobre los mecanismos, resortes, formas, temas y personajes del universo superheroico, no buscan el despiece de -y la ruptura con- lo que se había hecho hasta entonces, sino que por el contrario ofrecen su propia aportación al mismo, la de una visión muy personal que sin embargo es elaborada siempre desde el conocimiento, el respeto y la aceptación de sus tradiciones y convenciones, a las que integra y da continuidad e incluso ayuda a evolucionar. Eso sí, hasta unos límites tales que las deja casi irreconocibles. Porque la intención que guía el esfuerzo de Moore en ésta primera etapa, y he aquí la primera parte de mi tesis, no es otro que narrar y explorar; buscar las fronteras y las consecuencias últimas de lo que puede ser contado usando como vehículo de expresión el género de los superheroes. Pero ojo, sin salirse de él.




Sin embargo, una vez alcanzado ese límite, o al menos su propio límite, Moore se decide a emprender, ahora sí -y esta es la segunda parte de mi tesis- la labor de deconstrucción. Como ya he dicho, hasta entonces se había ceñido a la tarea de contar las mejores historias de las que era capaz con el material que le habían puesto entre las manos, pero a partir de 1963 -el cómic, no el año- la orientación de su trabajo va a sufrir un giro radical, de tal modo que comparada con su etapa anterior acaso pueda llegar a parecer un paso atrás en su progresión, como si efectivamente hubiera puesto el piloto automático y se contentara con crear historias convencionales de superhéroes al uso a las que sólo su inmenso talento salvan de caer en la más absoluta vulgaridad. Mas insisto, creo que considerarlo así sería un tremendo error. Porque tras la aparente simplicidad de los seis números que componen 1963, Moore nos ofrece por primera vez un inventario detallado de las claves sobre las que se asienta todo el universo Marvel: el terror comunista, el patriotismo exacerbado, la amenaza nuclear, la mitología clásica, los sueños adolescentes y la fantasía cientificista se aúnan en esta serie inconclusa para dejar al descubierto el molde en el que se forjaron iconos de la talla de Spiderman, el Capitán América, los Vengadores, los Cuatro Fantásticos, Hulk o Silver Surfer. Una labor de análisis que encontrará continuación en las páginas de Supreme, dónde le tocará pasar revisión al mito por excelencia, el de Superman. Pero Moore va a ir un paso más allá y Supreme no sólo constituirá la deconstrucción del mundo de ficción del hombre de acero sino que en ella comienza a intuir y a ensayar una formulación, la de las maneras en que ficción superheroica y realidad, realidad y ficción superheroica se entrelazan, que después retomará y ampliará en El día del juicio, donde la reflexión es elevada hasta el marco de las relaciones entre realidad y ficción sin más. O más tarde, siendo muy benevolos conmigo y mis teorías, entre superhéroes y otras formas de ficción en La liga de los caballeros extraordinarios.





Un proceso de reflexión y análisis que nos lleva de cabeza hasta los episodios de su obra más descaradamente discursiva y menos narrativa, el ensayo, el análisis y la deconstrucción - no la reconstrucción- hechos tebeo: Promethea. Sin duda es Promethea el final de un camino, el iniciado con 1963, del que tirando tirando Moore ha acabado por elaborar nada menos que una teoría general de la realidad, tal vez el compendio de su filosofía personal, a la que da cuerpo en forma de cómic de superhéroes. Una obra que, además de constituir la culminación de su verdadera etapa de reflexión, no desmerece en grandeza, calidad y esmero a ninguna de las de la primera etapa.

Pues nada, que así veo yo el tema.




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viernes, 22 de mayo de 2009

Relatos del Navio Negro


Cada vez que se quiere derribar el mito de la perfección formal de Watchmen se saca a relucir, invariablemente, la historia del Navío Negro, un inserto que, nos aseguran, no aporta absolutamente nada al relato principal y que en consecuencia adquire la condicion de estorbo. Interpretación que pasa por alto, como ya se ha apuntado infinidad de veces, los paralelismos que existen entre las desventuras de su protagonista y las de Adrian Veidt , hecho que ofrece un nuevo elemento de juicio con el que valorar los sucesos de la trama principal de Watchmen. Interpretación que además olvida por completo a quién corresponde dentro de la ficción la autoría del relato y qué papel juega el mismo en el desenlace de la serie; interpretación que no valora, por último, la inmensa calidad que atesora en sí mismo el relato y lo que supone su pertenencia al género de piratas y no al de superhéroes. Y una interpretación que, por si fuera poco, ahora ha podido comprobar que si la historia del Navío Negro funciona perfectamente en el tebeo es debido precisamente a la pericia con la que Moore supo insertarla y hacerla interactuar con el resto de elementos de la narración. Y es que visto lo visto, es decir vista la versión animada, queda claro que separada y aislada del resto de la narración la historia ya no es la misma. Por más que se mantenga la fidelidad con el relato original, por más que se pueda beneficiar de las posibilidades del movimiento y de la voz espartana de Gerard Butler, lo cierto es que en el proceso de desenraizarla del argumento de Watchmen se ha dejado en el camino gran parte de su fuerza y su significado, dando como resultado un producto descafeinado de difícil interpretación e incluso, en algunos pasajes, un poco absurdo. Un ejemplo para que veáis a qué me estoy refiriendo: mientras en el cómic entendemos desde el principio el porqué de su tono macabro (ah, la EC, la EC) y podemos conjeturar, aunque a posteriori, un significado para esa balsa que navega a lomos de cadáveres, en el corto uno no puede más que preguntarse a cuento de qué tanta repugnancia y por qué diablos tiene que usar los materiales que usa para fabricar su embarcación.


En fin, lo dicho, una película que consigue aun sin pretenderlo reafirmar todavía más la perfección formal de Watchmen.



¿Y el resto qué...?

domingo, 19 de abril de 2009

Minireseña no comiquera: El lagarto hipotético, de Alan Moore

Alan Moore parece empeñado en rasgas con sus ficciones, ya sean en forma de tebeos, ya sean, como en este caso, en forma de relatos literiarios, el velo de Maya y hacernos descubrir qué es lo que se oculta tras el manto de apariencias del mundo sensible; cuál es la verdadera esencia de lo real. O al menos en no dejarnos olvidar que el misterio está ahí, a nuestro alrededor y que nos observa burlón mientras se sonríe ante nuestra torpeza para penetrarlo. Porque al fin, parece decirnos Moore, la solución del misterio es su propia enunciación, porque es precisamente en su planteamiento donde toma sustancia y se convierte en real. O dicho de otra forma, la esencia de la realidad es el misterio mismo. Esta concepción metafísica de la realidad, que podrá horrorizar y seguramente horrorizará a cualquier materialista, como se mua, se revela sin embargo desde un punto de vista estrictamente literario como muy sugerente y ofrece un amplio abanico de posibilidades, como las que explora Moore en este breve relato que Planeta nos vende al precio de novela normal tirando a larga.


En el mundo fantástico de La Casa Sin Relojes, un burdel de seres extraordinarios donde lo increíble se torna corriente a base de cotidianidad, conoceremos y nos adentraremos en las vicisitudes de la tormentosa relación entablada por el travesti Rawra Chin y su amante el gigoló Foral Yatt, que tendrá como testigo de excepción a la silenciada Som-Som. Una historia de amor traicionado y sutil venganza que fascina especialmente por lo seductor de su atmósfera, de clara reminiscencia oriental, y por todo cuanto de fondo parece medio intuirse, medio adivinarse tras los acontecimientos narrados. Y es que no estamos ante una historia sencilla que ofrezca al lector sus misterios desde la primera lectura; más bien todo lo contrario, la escritura de Moore, colorista y barroca, reclama en este caso una atención más alerta de lo habitual, cuando no directamente una segunda lectura. Sin embargo el esfuerzo -tampoco excesivo a la vista de la brevedad del relato- se ve recompensado sobradamente con la magia y la hondura de su propuesta. Un cuento muy recomendable que supera con creces el sabor agridulce que en su momento me dejó la lectura de La voz del fuego

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sábado, 4 de abril de 2009

Minireseña: Top Ten: The forty-niners, de Alan Moore y Gene Ha



Evidentemente si Moore es un genio del cómic lo es por haber escritos los guiones de Watchmen, de From Hell, de Miracleman, de V de Vendetta, de... Pero me da a mi que donde realmente se ve la verdadera envergadura del guionista inglés es en cómics como The forty-niners, o en toda su línea ABC, obras que sin pretender ser otra cosa que productos comerciales de consumo alcanzan un nivel tan digno que yo me atrevería a decir que incluso sin sus obras maestras Moore seguiría siendo el mejor guionista de las últimas décadas. Resulta increíble comprobar la capacidad que tiene esté hombre para transcender todo los géneros que toca, para darles un barniz de credibilidad incluso a las propuestas más inverosímiles. En este caso Moore -y Gene Ha- regresan a su ciudad superheroica para contarnos con una coherencia impecable los orígenes de Neopolis y su esforzado cuerpo de policía allá por el 49, en los primeros años de posguerra. Una maravilla que combina superhéroes, científicos nazis, robot marginados, vampiros mafiosos y tramas policiales con tanta naturalidad que a uno le acaba pareciendo lo más normal del mundo. Vamos, lo que se puede encontrar cualquier día corriente al salir a la calle. Por cierto, magníficos los colores de Art Lyon, que sacan lo mejor de los lapices de Ha.
En resumen, otra muesca más en la cuenta de Moore, y van ya...


Puntuación: 9
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sábado, 7 de marzo de 2009

Watchmen, la película: primeras y apresuradas impresiones

Pues sí, ya ví “la película más esperada del año”, por lo que ahora sólo me queda aburrirme en lo que resta de 2009. Y vaya tela si esto es lo mejor que nos va a ofrecer el año cinematográfico. Porque efectivamente, como ya se puede intuir por mis palabras, Watchmen, la película, no me ha gustado. O no me ha gustado demasiado. No es que esté al nivel del Spirit de Miller, lo cual es muy de agradecer, pero en el fondo se queda en algo similar al V de Vendetta de McTiegue: un producto extraño, con temática y pretensiones muy alejadas de lo que suele ser habitual en el cine palomitero actual pero que sin embargo no consigue elevarse por encima del nivel medio de este tipo de cine. El film de Snyder , más allá de puntuales aciertos que casi podríamos decir que arrastra por la inercia de su fidelidad al original, no llega a ser en prácticamente ningún momento otra cosa que cine de evasión; un cine de evasión pasable y entretenido, pero en el fondo nada extraordinario.

Y la verdad es una pena porque durante la primera mitad de su metraje uno tiene la sensación de que si bien no está viendo una obra maestra del cine, si que podría estar ante un film de sólidos méritos, tal vez cercanos a los conseguidos por El caballero oscuro de Nolan. Con una estetica y una estructura muy fiel a la de la novela gráfica de Moore, la primera parte de Watchmen, como en el original, se centra en la presentación del escenario y los actores de la historia. Asistimos sin duda a lo mejor de la película de Snyder: lo atípico de estos superhéroes, amorales, violentos y más patéticos que heroicos y las divergencias de un mundo y una corriente temporal que recuerdan al nuestro sin llegar a serlo siguen sorprendiendo y fascinando por más que uno se los sepa ya de memoria. En este sentido resultan especialmente destacables tanto el retrato de El comediante, configurado, como debe ser, a partir de los recuerdos de los demás vigilantes -espeluznante el intento de violación de Sally- como la narración, en primera persona, del origen de Dr. Manhattan, ambos resueltos con indudable habilidad. La figura de El comediante dota por momentos a la película de una franqueza y una verosimilitud que después se encargará de defraudar el segundo tramo del film; por su parte, la historia de Manhattan es, a la postre, la parte más lírica, emotiva y conseguida de la película. Sin embargo toda esta primera mitad, cuyo límite yo situaría aproximadamente entre la captura de Rorschach y la primera salida superheroica de Dan y Laurie, adolece de un ritmo excesivamente precipitado que no encuentra tiempo para detenerse con calma en la vicisitudes de los personajes. El excesivo afán de mimetismo de Snyder y su voluntad de meterlo todo en la película le priva a esta de un ritmo más sosegado que sin duda haría de ella una obra mucho más interesante. Pero no, Snyder apenas hace discriminación entre el extensisimo material de la novela gráfica, por lo que no queda espacio ni tiempo para poner enfasís en ningún aspecto de la historia. En ninguno salvo en la violencia, en la que Snyder se recrea siempre que puede, alargando innecesariamente cada episodio con la clara intención de conseguir un producto más comercial. Un uso de la violencia bastante descarnado que si bien en un principio pudiera encontrar justificación en el deseo de mostrar sus efectos de la forma más realista posible, lo cierto es que en el conjunto de la película acaba resultando tan efectista y poco creíble como en cualquier otro blockbuster.


Y hasta aquí llegan la virtudes de la versión fílmica. Porque a partir de esa línea que he fijado, Watchmen pierde la poca personalidad que hasta el momento había mostrado -resulta alarmante comprobar la falta de personalidad de la que adolece el cine del señor Snyder- para convertirse en la vulgar película de acción superheroica que todos nos estábamos temiendo. Es cierto que de alguna manera el cómic de Moore es así, después de todo, aunque algunos lo quieran negar, Watchmen es básicamente un tebeo de superhéroes. Pero la obra de Moore sabe mantener en este tramo el adecuado y necesario contrapunto a la acción de carácter superheroico, o sea a la menos creíble, explorando de continuo ese mundo divergente y de paso desarrollando la trama de unos personajes normales y corrientes (el quiosquero y el chaval, las lesbianas, el doctor Malcom y su esposa) de los que el film, al menos en la versión estrenada -ya veremos si también en la versión DVD- acaba prescindiendo. La consecuencia es que la última parte termina siendo única y exclusivamente una rutinaria y algo aburrida explosión de violencia gratuita que se carga cualquier atisbo de credibilidad y profundad que pudiera albergar el film. Toda la originalidad de la propuesta, toda la espesura psicológica, toda la reflexión política de la novela gráfica, es decir todo aquello que hace de Watchmen , brillantez formal aparte, un tebeo que transciende su género, es arrojado por la borda en la película en esta segunda parte. Y desgraciadamente, en la impresión global que deja el film, es sin duda esta última la que se impone.

Resumiendo, una película fallida, que por momentos deja entrever lo que pudiera llegar a ser en manos de un director con más talento, pero que sin embargo no consigue ser otra cosa que una película comercial más. Eso sí, una película comercial bastante atípica.




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domingo, 26 de octubre de 2008

I can´t speaking english, maldita sea!!!

Joe, ¿por qué tendrán que hablar los ingleses en inglés? Con lo bien que nos entendemos todos en castellano...
Pues nada, que aquí teneis al Moore hablando de algunas de sus obras. Eso sí, sólo apto para los angloentendientes. Los demás, seguiremos rechinando los dientes de la envidia.

Alan Moore habla de V de Vendetta



Alan Moore habla de Watchmen



Alan Moore habla de La liga de los caballeros extraordinarios



Y Alan Moore habla de Lost Girls



Algún día lo aprenderé, lo juro...
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sábado, 27 de septiembre de 2008

La broma asesina, de Alan Moore y Brian Bolland

Supongo que si tuviera algo de vergüenza debería sonrojarme por venir a estas alturas con la reseña de La broma asesina, como si le fuera a descubrir el Mediterráneo a alguien. Pero… afortunadamente no la tengo. Y es que por más que Moore la considere una obra fallida, al parecer debido a que su Joker no guarda excesiva coherencia con el verdadero espíritu del personaje, lo cierto es que estamos a mi entender ante uno de los cómic más redondos del genio inglés: La broma asesina recupera, aunque en dosis pequeñita, toda la brillantez formal y la agilidad narrativa de Watchmen, uso de retículas y secuencialidad cinematográfica incluidas. Repite, además, la misma paleta de colores de John Higgins, con lo que ofrece un aspecto gráfico muy cercano al de aquella, pero, y esto es lo que le confiere un atractivo visual muy superior, los dibujos corresponden al sobresaliente Brian Bolland. Pero sobre todo Moore acierta a profundizar como pocas veces en el dolor que puede llevar a cualquier persona a alcanzar el nivel de locura del Joker. Como es típico en el barbudo, todo lo que toca se humaniza y tridimensionaliza, se llena de carne, de sangre, de vísceras y de sentimientos. Y curiosamente eso es precisamente lo que le echan en cara sus detractores y lo que el mismo Moore parece admitir: la fuerza del Joker y de Batman no reside tanto en su humanidad como en el hecho de representar universos simbólicos, en ser encarnaciones de arquetipos mentales que van más allá de su propia individualidad. Pero que queréis que os diga, a mi todo eso me da bastante igual; lo que a mi me atrae son las buenas historias sobre personas “vulgares” (del pueblo, del pueblo), y La broma asesina lo es sin lugar a dudas: habla de personas que son llevadas hasta los límites últimos de su resistencia física, psíquica y moral, y de cómo incluso allí, en el mismísimo infierno, aun conservan su facultad para elegir. Y encima lo hace con una enorme capacidad de emocionar. ¿Qué más se le puede pedir? Más páginas, tal vez, para que el goce no acabe tan pronto.

Puntuación: 10

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domingo, 22 de junio de 2008

Más minireseñas, más Moore, más pequeñas maravillas: El día del padre

Puestos a recuperar cosas olvidadas, no estaría mal emplear una de estas minireseñas para hablar de la que es posiblemente la obra de Moore con mayor coeficiente en el ratio Calidad/Reconocimiento (o sea, para los que no andais duchos en matemáticas, la más injustamente olvidada) de entre todas las suyas: el episodio en dos partes que escribió para la serie

Vigilante: El día del padre

Si por algo se han caracterizado los constantes acercamientos de Moore a los superhéroes es, sin lugar a dudas, por su capacidad para penetrar en el alma de seres tan improbables y mostrárnoslos, si no más normales, al menos sí algo más comprensibles. Y si el inglés ha sido capaz de pasearse con tanta soltura por las neuras de semejantes personajillos, por qué no podría hacer lo mismo con seres un poco más cercanos, aunque en el fondo no menos desquiciados. Y, mira tú por donde, eso mismo fue lo que trató de hacer en El día del padre: adentrarnos en la lógica de un psicópata que aún siendo capaz de atrocidades tales como abusar de su hija pequeña o matar a quien se interponga en su camino, guarda en su corazoncito sentimientos que son reconociblemente humanos. Porque al fin y al cabo, este tipo de conductas no son privativas de monstruos inhumanos, sino que desgraciadamente forman parte, a veces de manera inseparable, de lo que es la condición humana. Por eso Moore insiste en la necesidad de comprender a los otros, incluso a los más deleznables, como requisito indispensable no ya para justificar y perdonar lo que hacen los demás, sino para conocer verdaderamente nuestra auténtica naturaleza. El único pero que se le puede poner al tebeo es que la historia camina por el delgado alambre del tremendismo, siempre a un paso de caer, o cayendo en algunos momentos, en la exageración, el lugar común e incluso en el ridículo. Aún así, la rebosante humanidad de los personajes y el lirismo del final la salvan sobradamente de estas caídas y recaídas. Atención especial merece el divertidísimo choque entre la moral de cartón piedra del Vigilante y el mundo tridimensional y de carne y hueso de las prostitutas.

Por cierto, la parte gráfica corresponde a Jim Baikie, el mismo que ya formara equipo con Moore en la muy prescindible Skizz: dibujos funcionales, que sin ser especialmente memorables, al menos no estorban el desarrollo de la historia. Lo dicho, otra pequeña maravilla a reivindicar. (Esta reseña no me ha quedado muy mini, la verdad)

Puntuación: 8

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domingo, 15 de junio de 2008

Promethea nº 10: Sexo, estrellas y serpientes


Ahora que de la mano de la edición en castellano de Lost Girls está de moda hablar de Moore y su concepción del sexo, qué mejor momento para rescatar del olvido este número 10 de la serie Promethea. Como pasa con casi toda la producción del barbudo, habrá quien en Sexo, estrellas y serpientes sólo pueda ver otra rayada más, otra ida de olla, otra alucinación lisérgica del pseudomago. Y habrá quien sepa encontrar en sus 24 páginas toda la fuerza, la belleza, el erotismo, el simbolismo, la fantasía y la sabiduría del que es para servidor el polvo más memorable y mejor narrado que se pueda leer en tebeo alguno. Sophie Bangs, alias sexta encarnación de Promethea en sus ratos perdidos, quiere aprender magia. Jack Faust se ofrece para enseñarle, pero claro, a cambio de algo, a cambio de pasarse por la piedra a la semidiosa. Pero la cosa, que podría haberse quedado en un polvo en un sucio colchón se convierte, gracias a la sabiduría del mago, en el glorioso hacer de dos dioses: la voluntad penetrando en el misterio, en la compasión sin fondo, para acabar, tras pasar por cada uno de los chakras del cuerpo, fundiéndose en un todo hermafrodita. Ya digo, rayada o genialidad, que cada cual decida por si mismo. Para mí, sin duda, lo segundo. Y más si tenemos en cuenta las maravillosas composiciones de páginas de J.H. Williams III. Una gozada.

Puntuación: 10 (es que es de Moore)
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lunes, 19 de noviembre de 2007

Watchmen Babies in V for Vacation: Alan Moore en The Simpsons

Bueno, y Spiegelman y Clowes también. Extraido del tubo-vía CON C DE ARTE-, de donde ya ha sido convenientemente expurgado, un video descacharrante con estos tres grandes del cómic firmando autografos en Springfield, estado de...

Y eso que no he entendido ni papa (ay, si yo supiera inglés).

Sin censuras de la Fox, sin fecha de caducidad -cruzo los dedos-.

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viernes, 2 de noviembre de 2007

Bueno avala las tesis de Moore

Claro, de forma indirecta y muy cogido por los pelos, que después de todo no creo que al de Santo Domingo de la Calzada le importe ni lo más mínimo –ni que sepa siquiera que existe- lo que escribe el de Northampton. Pero en fin, jugando un poco a enlazar lo imposible y viendo y escuchando y entendiendo lo que uno quiere ver, escuchar y entender, aquí tenemos a Bueno bendiciendo el final de Watchmen. El video corresponde a la charla final del curso de verano impartido en Santo Domino de la Calzada allá por 2004 sobre solidaridad y globalización, en donde el filósofo explica que la solidaridad –y también la globalización, que es una modalidad de la misma- entendida de forma armónica aspira a la unión de la humanidad toda, aspiración esta que considera completamente infantil e irrealizable y que se opone al concepto de la solidaridad polémica, solidaridad en la que la unión de un grupo se realiza siempre frente a terceros. Esta es la única forma de solidaridad con un sentido material y realista, en donde sólo es posible conseguir la comunión total de la humanidad a través de la amenaza de un tercero –los marcianos dice Bueno- que obligue a apartar las diferencias. Es decir, como el muy cuestionado plan de Veidt en Watchmen. O sea, que tal vez no fuera tan ridículo pensar que pudiera tener éxito. Quizá lo más ridículo es que a alguien se le pueda llegar a ocurrir ejecutar semejante estupidez. Pero una vez llevado a cabo…


Ya veis, no sólo considera posible esa reacción frente a la amenaza exterior, sino que la tiene por necesaria.

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lunes, 20 de agosto de 2007

Pero... ¿de qué diablos va Watchmen?

Hace tiempo que, impulsado por mi natural modestia, quiero escribir algo radical y novedoso sobre Watchmen, algo que se constituya en la lectura definitiva del tebeo. Pero lo cierto es que ni poseo ese enfoque ni creo siquiera que pueda decir algo al respecto que no se haya dicho ya de forma más profunda y mejor. Así que lo he ido dejando estar y me he resignado a no escribir nada. Sin embargo últimamente me he encontrado con una cierta forma de leer y entender Watchmen que se está convirtiendo casi en un canon, casi en una de esas verdades reveladas que se aceptan sin necesidad de meditarlas, sólo porque la repiten el suficiente número de gente, o porque la defienden las personas adecuadas, a saber, que Watchmen es sólo un intrincado artefacto narrativo de suma perfección formal pero de argumento mínimo, prácticante inexistente; apenas una débil excusa para levantar tan monumental estructura. Vamos, que es forma sin contenido, porque de verdad de verdad, Watchmen no va de nada.

Y lo siento, pero frente a tan inaceptable afirmación (sobre todo porque es una exageración mía un tanto demagógica) no puedo permanecer callado; Watchmen no sólo no va de nada, sino que si es tan complicado identificar su argumento principal es precisamente debido a su complejidad temática: el cómic no tiene un motivo primordial sino que gira en torno a varios ejes que difícilmente admiten esa jerarquización que permita decir que va de esto o de lo otro: la verdad de Watchmen es que va de muchas cosas.

Así que, ya que no puedo escribir nada original, trataré al menos de hacer una enumeración de todas esas temáticas de las que habla la obra maestra de Moore y que en algún que otro momento han sido ya señaladas como “su verdadero significado”. A ver si así logro que nunca más se diga que eran pocas las nueces para tanto estruendo. Vayamos con ello:


LA IMPOSIBLIDAD DE LA UTOPÍA

Obviamente el motivo fundamental de Watchmen, el verdadero argumento escondido tras tantos fuegos artificiales. El cómic al completo es la crónica de la preparación de esa utopía aparentemente triunfante, al mismo tiempo que una profunda meditación sobre su carácter temporal y su inevitable fracaso a largo plazo. Da igual cuánto nos esforcemos por hacer del mundo un Edén perfecto, al final todos los sacrificios están destinados a ser barridos por la corriente natural de la historia, por esas fuerzas sin alma ni conciencia que rigen este mundo sin creador, este reloj sin relojero. Lo dijo Manhattan, nada termina nunca. Lo lamentó Nixon, tantas cosas dependen del viento…


EL FIN JUSTIFICA LOS MEDIOS

No hay que ser muy inteligente para darse cuenta de que la autentica intención de Moore es dar respuesta a esta espinosa cuestión. Porque, qué más da si la utopía es o no duradera –aunque no lo sea, seguramente proporcionará algunas cuantas décadas de paz y prosperidad- , cuando lo realmente importante es saber si para alcanzar ese paraíso valen todos los atajos o si el propio camino ha de ser ya parte del paraíso; si ha de fundamentarse en los mismos valores que pretende promulgar o si es necesario que se apoye en aquellos males que quiere erradicar. Este dilema recorre de arriba abajo todas las páginas del tebeo y debe ser enfrentado por todos y cada uno de los personajes que conforman el plantel protagonista. La conclusión a la que llegan, obviamente, es que sí, que el fin justifica los medios. Lo dice Ozymandias, un problema intratable no se puede tratar con soluciones convencionales. Vale, después de todo, la mejor forma de desatar el nudo gordiano es cortarlo, pero ¿esto no es hacer apología de la trampa? Sea como fuere, sin duda antes de ponernos a construir utopías, antes de comprobar si resiste o no los embates del viento, es necesario que concluyamos con qué materiales queremos construirla. He aquí el verdadero tema de Watchmen.

EL FIN DE LA HISTORIA

No, no, no, todo eso no es más que palabrería, retórica barata destinada a oscurecer más que aclarar la verdadera cuestión de Watchmen, que no es otra que el fin de la historia, la unificación de la humanidad. Es absurdo preguntarse por la caducidad de la utopía o sobre qué cimientos se sostiene si aun no sabemos en que consiste. Por eso Moore va a dedicar sus doce capítulos a dejárnoslo bien claro: la utopía debe poner fin a la historia, debe acabar con todas las diferencias, todos los conflictos, todas las guerras (… un plan para acabar con la guerra). Es decir, la utopía debe unir el mundo bajo una sola raza y una sola nación, la humanidad. Este es el verdadero significado de esas manecillas que se van acercando poco a poco, reduciendo la distancia que las separa: anunciar, con su unión, la unión de la humanidad toda. Porque este ha sido el sentido de la historia siempre, el sentido de todos los esfuerzos y sacrificios realizados por el hombre en sociedad desde que es hombre, incluso los más crueles y brutales, alcanzar la unión de todos. Y de eso va, pese a quien pese, Watchmen.


EL HOMBRE NUEVO

Por dios, cuanta tontería hay que leer. Ozy no sólo no quiere poner fin a la historia, sino que en verdad pretende iniciar una etapa nueva, pero una etapa que se define más que por la eliminación del antiguo orden, por la aparición de un hombre nuevo. El nuevo orden solo debe poner las condiciones necesarias para la creación de ese nuevo ser humano, de un ser humano que es conciente de sí mismo, que cuida su salud y su cuerpo, que es amo de su destino y que conoce el papel que cumple en el mundo, pero sin delegar por ello su responsabilidad en los demás (vease El método Veidt). Porque al fin, ningún sistema ni organización social que aspire a la utopía tiene sentido si no se fundamenta en el mejoramiento de la condición humana. Veidt es consciente de ello, por lo que subordina todos sus esfuerzos a lograrlo. De hecho, el nuevo mundo surgido tras la muerte de media New York no es más que el primer paso, sin duda necesario, hacia la verdadera utopía. Así lo afirma Ozy: “…he salvado a la tierra del infierno, ahora la guiaré hacia la utopía.” Es decir, la utopía aun no ha sido alcanzada. Por tanto, queda claro, sólo este puede ser el argumento central de Watchmen.


¿QUIÉN CREA EL MUNDO?

O hasta qué punto somos responsables de nuestros actos. Porque si la sociedad es ese sistema complejo en el que cada acción, cada decisión, cada casualidad, puede tener consecuencias imprevisibles; si por un clavo se puede perder un reino, o por una correa de un reloj que cede en el momento más inoportuno se puede alterar el orden mundial para siempre, ¿cómo podremos sentirnos responsables de nada cuanto ocurre a nuestro alrededor? ¿Cómo no sentirnos títeres del destino y la fatalidad? Es decir, tal cual se siente el mismísimo Dr. Manhattan, que gracias a su particular percepción del tiempo sabe y es consciente de lo ilusorio del libre albedrío. Al contrario de lo que piensa Ozy, que lo cree esencial en cualquier vida digna. Esta percepción de la responsabilidad es lo que diferencia las actitudes de los dos personajes más influyentes del cómic: aun siendo Manhattan el hombre más poderosos sobre la tierra, su actitud es siempre pasiva y su influencia sobre la misma se reduce al uso que de él hace el gobierno norteamericano. Sin embargo es Veitd, que no posee ningún poder especial pero cree en su libertad y, por tanto, en su responsabilidad, quien consigue moldear a voluntad el mundo. Y precisamente es para esto, para aumentar la independencia y la responsabilidad del hombre, por lo que Ozy monta la que monta. Lo dice frente a los televisores mientras hace su diagnostico del mundo: “… imágenes infantiles… deseo de liberarse de la responsabilidad…”. Y lo repite en la entrevista que concede a Nova: "Creo que hay gente que desea, aunque sea subconscientemente, el fin del mundo. Quieren librarse de la responsabilidad de tener que mantener ese mundo.” Igual que todos aquellos que no quieren ver aquí el verdadero leit motiv de Watchmen.


EL TIEMPO

“Siempre te amaré”, mientras miento, la oigo gritarme en 1963; sollozando en 1966. Mis dedos se abren y la fotografía cae…

Nostalgia, relojeros (watchmen), hombres del minuto, el pasado, el presente y el futuro, la historia… indudablemente el tiempo. Más que el tema fundamental del cómic, su principal protagonista. Porque de esto sí que va Watchmen, de la estructura del tiempo, de los efectos de su paso, de cómo marchita las ilusiones, de cómo vuelve vanos todos los esfuerzos… Sí, sí, el único capaz de desbaratar los planes de Ozy, porque nada acaba nunca… ¿Por qué si no habría de tener el cómic una planificación tan dependiente del flash back? En fin, podemos dejar de buscar, hemos encontrado lo que queríamos.

LA FRAGILIDAD DE LA VIDA

“ Vamos… sécate las lágrimas, porque eres vida, más rara qué un quark y más improbable que los sueños de Heisenberg…”

Esta es la verdadera consecuencia de todo el rollo anterior, y por tanto el meollo del cómic, porque si la utopía no es posible, si el mundo será siempre un lugar horrible, y el nuevo hombre jámas hará acto de presencia, si todo vale con tal de conseguir lo deseado, pero al fin incluso esto da igual porque el mundo es tan complejo que no podemos ser más que marionetas que el tiempo se encargará de destruir, si todo esto es cierto, entonces la vida es un autentico milagro y como vida que somos, nada nos puede importar más. Y se acabó.

EL VACÍO DE LA EXISTENCIA

Os vais acercando, pero aun os faltan redaños para quitarle las últimas capas a la cebolla y enfrentaros a la verdad desnuda, porque “incluso eso es evitar el verdadero horror. El horror es que al final, sólo es un dibujo de una negrura vacía sin sentido. Estamos solos. No hay nada más.” Este es el abismo que devuelve la mirada, el que nos agarra por las solapas y nos obliga a ver que la utopía, la historia, el destino, la responsabilidad, la fragilidad, todo, absolutamente todo, existe sólo en nuestra imaginación. Y esto es lo que realmente pretende y logra Watchmen, recordarnos que no son más que manchas sin significado.


LA HUMANIZACIÓN Y DESMITIFICACIÓN DEL SUPERHÉROE

Si todo lo anterior fuera lo más importante en Watchmen, para qué usar superhéroes, por qué plantearse cuestiones tan sesudas en un cómic de género. Obviamente porque el motivo principal del tebeo, y, reconozcámoslo, el primero que todos sin excepción aceptamos antes de empezar tanta relectura pedante, es el de la humanización y desmitificación del superhéroe. Salta a la vista que Moore quería presentarnos a los superhéroes como nunca antes –excepción hecha, tal vez, del Supergrupo de Jan- los habíamos conocidos: una panda de golfos, maleantes y salidos; cínicos, crueles, desquiciados, megalómanos, cobardes e incluso feos, tripones y malolientes; unos superhéroes que, sin ser villanos, no son ni super ni héroes. Son humanos. Humanos en situaciones extrañas, pero humanos al fin y al cabo. Palabra de Moore.



LA HISTORIA DE GÉNERO

Bien, ya nos hemos lucidos, ya hemos demostrados lo listos que somos y lo mucho que hemos leído, así que bajemos a la tierra y reconozcamos que Watchmen es fundamentalmente una historia clásicas de héroes de toda la vida, de esos que quieren salvar al mundo, con su malo malísimo y sus planes de opereta para conquistarlo todo, con sus investigaciones y peripecias extraordinarias que jamás podrán suceder en la vida real. No me extraña que los pedantes de turno se acaben sintiendo decepcionados con el final del cómic; esos quisieran que no hubiera en Watchmen ninguna pelea, ningún plan que desbaratar, ni héroe alguno, ni, ya puestos, nada de lo que es propio del género. Pues lo siento, pero que os quede bien claro, Watchmen es ante todo un tebeos de superhéroes. Eso sí, un gran tebeo de superhéroes.


LA HISTORIA DEL GÉNERO

Ni tanto, ni tan calvo. Indudablemente Watchmen es un tebeo de superhéroes, pero su intención real es hacer un repaso a la historia y evolución del género, de forma que sirva al tiempo de homenaje y crítica a los mismos. No es casualidad que los primeros aventureros aparezcan en 1938, fecha de publicación de las primeras aventuras de Superman, coartando así, de paso, el desarrollo de este mismo tipo de cómics dentro de la ficción, que serán sustituidos por las historias de piratas. Algo lógico, sobre todo si tenemos en cuenta que hablamos de un tipo de literatura de evasión que, una vez transformada en realidad, carece por completo de justificación. Y es que Watchmen es la historia de los superhéroes hecho mundo, en donde cada nueva oleada de justicieros se corresponde a una edad real del género: los Minutemen representan la edad de oro, con su gusto ingenuo y romántico por la aventura. Los Manhattan, Ozy, el nuevo Buho Nocturno, Sally Júpiter o Rorschach, que inician su actividad a partir de la década de los sesenta vendrían a ser la edad de plata, unos superhéroes un poco más complejos, con motivación más difusas. El retiro de Veidt y el Acta de Keenes, por lo visto –lo he leído aquí- vendrían a simbolizar la crisis de ventas de los 70 y la cancelación de colecciones. Y paradójicamente, los propios personajes de Watchmen simbolizan, en general, la evolución que tomarán estos a finales de los 80 e inicio de los 90: antihéroes oscuros, violentos, marginales y con una creciente carga sexual.
Vamos, que leyendo Watchmen uno se queda al día de todas las tendencias por las que ha pasado y pasará el género. Ese era su cometido, a decir verdad.


LA HISTORIA DE PERSONAJES

Pues ni una cosa ni otra; la verdadera fuerza de Watchmen, la que la convierte en la obra maestra que sin duda es, reside en su genial estudio de personajes: media docena de protagonistas a cual más fascinante e inolvidable, que constituyen cada uno un modelo distinto de los diversos tipos de superhéroes posibles. Pero la maestría de Moore es tal que todos trascienden su condición arquetípica para alcanzar una densidad psicológica digna del más complejo de los seres humano. Pues sí, aciertan aquellos que piensan que el argumento es insuficiente en Watchmen, que los temas están pobremente desarrollados, porque en verdad todas las vicisitudes y giros del tebeo son excusas para que sus personajes manifiesten su arrebatadora personalidad, haciendo que la vida bulla en sus páginas como pocas veces lo ha hecho en un tebeo de superhéroes. La prueba del nueve de este razonamiento: intenten responder a la pregunta de cuál es el personaje más carismático de Watchmen, quién es su protagonista, Rorschach, El comediante, Ozymandías, o el Dr. Manhattan tal vez. Imposible elegir. Imposible negarse a la evidencia.


En fin, argumentos, temas y significados para todos los gustos en una obra que es muchísimo más que un alarde de recursos técnicos. Eso sí, en mi opinión, como ya he apuntado más arriba, tiene el problema de ser una obra muy sugerente, que abarca demasiado, pero que, al igual que esta reseña, profundiza muy poco. Y no porque sea superficial en lo que apunta de cada uno de estos temas, sino porque generalmente se queda en un simple esbozo, sin poder ir, tal vez por falta de espacio, un poco más allá. Pero es que nada, ni siquiera Watchmen, puede ser perfecto.

¿Y el resto qué...?

domingo, 29 de julio de 2007

Miracleman, de Alan Moore (el de Gaiman no)

Me acabo de tragar -muy gustosamente, en verdad- todo el Miracleman de Moore y como no podía ser de otra forma ahora tengo la cabeza tal cual si hubiera regresado de un viaje de ácido lisérgico. Eso sí, de un viaje terrible, de una belleza que estremece, que emociona y que pone la carne de gallina, pero sobre todo que mueve a reflexionar en torno al concepto del superhéroe. Así que trataré de hacerlo hasta donde mis conocimientos e intuiciones me lo permitan. Espero no acabar diciendo demasiadas tonterías.

Supongo que a estas alturas de la película ya todo el mundo sabe que Miracleman -Marvelman originariamente- nació en el Reino Unido, allá por la década de los cincuenta, bajo la influencia profunda –vamos, plagiado con poco disimulo- del antiguo Capitán Marvel –después Shazam- que a su vez se inspiraba, de una manera igualmente profunda y poco disimulada, en el propio Superman. Sus aventuras, que participaban de ese carácter infantil tan típico de los cómics de la edad de oro, se prolongarían hasta 1963, año en el que la colección cerraría pasando a engrosar el limbo de los superhéroes olvidados. Y allí permanecería hasta que en 1981 el genial barbudo decidió recuperarla para dar inicio con ella a lo que podríamos denominar como su trilogía de la desmitificación del superhéroe, trilogía que completaría con V de Vendetta y Watchmen.



Efectivamente, con Miracleman el guionista inglés empieza a poner en jaque la visión del mundo que el mito del superhéroe había ofrecido hasta entonces, borrándola y sustituyéndola por otra acaso más madura, más adulta, más coherente. Para ello Moore divide la obra en tres libros, de los cuales dedicará los dos primeros a esta labor desmitificadora, para una vez destruido el mito, ofrecernos en el tercero su propia versión de lo que pueden llegar a ser los superhéroes cuando se les toma con mayor seriedad. Así, la narración se inicia cuando Mike Moran redescubre accidentalmente ser el alter ego de Miracleman, precipitándose la vida del personaje a partir de entonces en una espiral de acontecimientos que terminarán por revelarle la verdadera naturaleza de sus anteriores peripecias superheroicas –las de las décadas de los 50 y 60- que resultan no ser otra cosa que las delirantes fantasías del científico Gargunza, uno de sus enemigos dentro de la propia fantasía. De esta manera Moore consigue, además de integrar de forma natural toda la historia del personaje dentro de la nueva visión que de esta está creando, sacar fuera de la “realidad” la anterior concepción del mismo, dejándola reducida a la categoría de mera ensoñación. Una concepción que acabará de destruir en el libro segundo, cuando Miracleman mata a Gargunza, su creador, liberándose así completamente de su pasado y dejando el camino expedito para la exploración del nuevo superhéroe, del superhéroe adulto. Pero esta maduración no se fundamenta, como podría suponerse en un principio, en la elaboración de unas premisas más realistas –el superhéroe siempre tendrá que partir de la aceptación de unos supuestos imposibles, como imposible es él mismo en el mundo real- sino en la exploración coherente de los efectos y consecuencias que se derivarían de su existencia. Hasta entonces, los superhéroes, especialmente los de la edad de oro, se habían movido dentro de un universo iterativo en el que tras cada aventura el orden era siempre reestablecido, no dejando jamás cicatriz alguna sobre el mismo. En este tipo de universo no es posible profundizar en las consecuencias de la existencia de los seres extraordinarios, pues la relación entre causas y efectos se halla bloqueada, no habiendo por tanto consecuencia alguna que analizar. Como dice el propio Mike Moran: “era como un juego que nadie se tomaba en serio”.

Pero Moore va a destruir el juego en sus cómics, insertando a los superhéroes dentro de una corriente temporal que podríamos considerar como normal, es decir, dónde cada acto tiene consecuencias duraderas en la realidad. Así por vez primera la existencia de un supervillano -Kid Miracleman- no se traducirá en la urdimbre de un plan absurdo que es desbaratado sin perjuicio de nadie, sino que traerá como consecuencia la muerte brutal de miles de personas, como difícilmente podría ser de otra forma en un universo medianamente consistente. Y es que en este mundo de causas y efectos el superhéroe debe plantearse cuál es su lugar en el orden de las cosas y cuál es su responsabilidad frente al mismo, pudiendo vislumbrar por primera vez la posibilidad de cambiarlo radicalmente: por vez primera el superhéroe se apercibe de que la utopía está a su alcance. Esta es una constante dentro de las obras de desmitificación de Moore; el superhéroe, además de hacer posible la utopía, está obligado a lograrla, aunque para ello deba construirla sobre los blancos cimientos de huesos humanos.

Llegados a este punto, sería interesante señalar la que a mi parecer es la principal diferencia entre las respectivas visiones del mundo superheroico aportadas por Miracleman, V de Vendetta y Watchmen, que no sería otra que un posicionamiento distinto frente a las posibilidades de la condición humana, hecho este que determinaría a su vez el tipo de utopía hacia la que tiende cada obra. Considerado así, creo que la más optimista es sin duda V de Vendetta, en donde la misión del hombre extraordinario –en este caso sin más poder que el de su inteligencia y su habilidad- se reduce simplemente a derribar el orden injusto que impide la realización de la utopía, pero sin aspirar jamás a tutelar dicha utopía. V se conforma con liberar al hombre, ofreciendole la posibilidad de crear un nuevo orden más justo, pero sin intervenir nunca en este proceso. Roto el yugo, el ser humano en libertad, un ser humano nuevo, es capaz de crear su propio Edén.




Por su parte Watchmen se situaría aquí en un lugar intermedio, en donde la utopía pasa también obligatoriamente por la destrucción del orden irracional imperante que impide que se produzca el cambio necesario en la humanidad. Pero esta destrucción se realiza desde el engaño, dando por supuesto que al hombre es necesario llevarlo a rastras al paraíso. La concepción de la humanidad es por tanto pesimista, siendo considerada como un rebaño al que hay que guiar. Veidt, que tampoco es un superhombre, promueve el cambio interior del ser humano, pero a diferencia de V, al que jamás se le ocurre sugerir como debe ser el nuevo hombre,  sí que se encarga de programarlo a través de su método Veidt. De esta manera aspira a crear una utopía de hombres diseñados a imagen y semejanza de sí mismo.



Y finalmente la más pesimista, sin duda, sería Miracleman, en la que la utopía no sólo es dirigida y tutelada, no sólo busca transcender a la humanidad tal cual es, sino que en verdad quiere sustituirla por otra cosa. Porque los superhéroes aquí no son una evolución del hombre, son sus usurpadores. Tanto es así que superhéroe y alter ego son siempre dos cuerpos bien diferenciados que casi pueden ponerse frente a frente. La humanidad no es más que una especie animal que servirá como materia prima para que la verdadera inteligencia, los nuevos semidioses, aparezcan en el mundo y realicen la gran utopía. Esta modalidad de utopía deriva en una especie de olimpo para titanes donde lo humano tiene las horas contadas. Porque al fin esto es para Moore el superhéroe: la mitología olímpica propia del siglo XX.

Pues nada, que estamos ante una de las encarnaciones más grandes de Moore. Y con eso queda todo dicho.

Puntuación: 10



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martes, 8 de mayo de 2007

Alan Moore´s The courtyard

Jo, qué tío, lo ha vuelto a hacer.

Recuerdo que en otra época, allá por el tiempo en que el mua comenzaba a descubrir las obras del bueno de Moore, me embargaba siempre, al iniciar la lectura de cualquiera de sus cómics, la maravillosa sensación de estar asomandome a una realidad diferente, a un universo excepcional que con toda seguridad acabaría sorprendiendome. Una certeza que jamás se vió decepcionada. Fue cuando releí por segunda ocasión Watchmen o cuando descubrí V de Vendetta, La broma asesina, From Hell, La cosa del pantano o Un pequeño asesinato .
¡Qué tiempos aquellos! Sin embargo esta es una sensación que he ido perdiendo poco a poco con la lectura de las últimas obras a las que me he acercado: con el segundo volumen de La liga de los caballeros extraordinarios, con El día del juicio, con los últimos números de Promethea o con Skizz. Pero fundamentalmente y sobre todo con la tan poco recomendable como indigesta El Annios Natal.

Pero eso hasta esta misma tarde, hasta la lectura del estupendo The courtyard. Y eso que en verdad el guionista inglés no está demasiado implicado en el proyecto: el tebeo es una adaptación de un relato suyo (dónde diablos se podrán encontrar estas cosas traducidas al castellano) realizada por Antony Johnston como guionista y Jacen Burrows como dibujante. Es decir, en puridad correspondería hablar de estos dos últimos como autores del cómic. Y podrá ser así y todo lo que se quiera, pero lo cierto es que aun reconociendoles el magnífico trabajo, el tebeo rezuma por los cuatro costados el sello y la personalidad de Alan Moore: está penetrado de arriba abajo de esa magia tan especial y tan reconocible que sólo Moore es capaz de imprimir a un cómic, coronado por un final que te deja alelado y dándole vueltas a la cabeza. Un final que no voy a desvelar –no soy tan insensible como para hacerlo- pero del que no me resisto a dejar de hacer una pequeña puntualización: a diferencia de lo que se dice en todas las reseñas que he leído, y reconociendo por adelantado mis escasos -si no nulos- conocimientos sobre el mundo de Lovecraft y sus mitos de Cthulhu, lo cual posiblemente explique mi apreciación diferente, el final y la historia en general no me han parecido especialmente terroríficos. Si acaso algo macabros. La impresión que me han dejado, por el contrario, es que si omitimos el efecto de los dibujos, claramente sensacionalistas y atendemos más a lo que sugieren los textos, el cómic se centra en otros motivos, acaso en esa misma temática de la que tanto gusta últimamente el inglés, sobre todo desde que se convirtió en mago, a saber, el estudio del poder de la palabra como herramienta mágica que crea y transforma el sentido de la realidad.

Pues nada, que insisto, un tebeo excepcional que recupera el sabor de tiempos mejores.

Puntuación: 8





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miércoles, 21 de febrero de 2007

El Amnios Natal, de Alan Moore

Dice Francisco Naranjo en Alan Moore (Magia y precisión) -obra que recomiendo vivamente- sobre la escritura del guionista ingles: “Moore disfruta con la escritura. Probablemente más que del mero ejercicio fabulador. Ama el hecho físico de escribir. Ama las palabras, su poder, los ritmos de cada frase, de cada párrafo”.
Esto es algo que se hace especialmente patente en Serpientes y escaleras o en El Amnios Natal, obras que fueron escritas fundamentalmente para ser leídas ante un auditorio; para fascinar a través de la sugestión del oído. El problema surge cuando se pretende transformar su naturaleza y se las quiere convertir en algo tan predominantemente visual como lo es un cómic.
La culpa, en todo caso, le corresponde a Eddie Campbell, que es quién llevó a cabo las adaptaciones, pero aun así no me resisto a la tentación de darle un buen tirón de orejas (tal vez mejor se lo doy en las barbas) al propio Moore por su concepción de la escritura, que en mi opinión deriva con demasiada frecuencia en el solipsismo. Puede que para él tengan sentido todas y cada una de las imágenes que propone, pero lo ciertos es que con tanta retórica se hace muy complicado la plena comprensión de su discurso.
Con todo, me queda la sensación de que a pesar de sus puntos en común con Serpientes y escaleras, como pueda ser esa visión entre científica, mística y poética de la vida humana –además de las propias ilustraciones de Campbell-, The Birth Caul es bastante inferior a aquella. Y lo es, al menos en mí opinión, precisamente y sobre todo por estos mismos excesos verbales. Tanto que la obra se queda en un montón de oscuras vaguedades de las que a duras penas se puede intuir algún sentido. Y aunque posiblemente fuera eso precisamente lo que Moore pretendía hacer, lo cierto es que para mí El Amnios Natal sigue siendo una soberana estupidez que aburre a las ovejas.

Puntuación: 4




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miércoles, 27 de diciembre de 2006

La voz del fuego , de Alan Moore

Admirador confeso de la obra de Moore como soy, no me podía resistir por demasiado tiempo a la terrible tentación que supone leer La voz del fuego, la primera novela del autor ingles y que recientemente ha publicado Planeta en España. Y es que era mucha la curiosidad por descubrir cómo se desenvuelve este grande del cómic dentro de los márgenes y exigencias de la narrativa tradicional sin dibujos: comprobar el estilo de su prosa, la elección de la forma narrativa, qué estructura vertebraría su novela o la temática sobre la que versaría. Muchos interrogantes que bien merecen un ordenado análisis. Así que, como diría el propio Dr. Gull, vayamos por partes.

1.-La prosa: ¿Sabe escribir Moore? Sabe escribir. ¿Escribe bien en La voz del fuego? No demasiado, diría yo. Lo confiesa el propio autor en la entrevista que le hace Raul Sastre con motivo de la publicación del libro y que se puede leer aquí; Moore quiere demostrar que sabe escribir y eso siempre es malo. El que sabe escribir, escribe, y el que no, se dedica a demostrar que sabe. En mi opinión la prosa de Moore es excesivamente recargada en algunos pasajes, excesivamente atenta a la descripción embellecida de paisajes y estados de ánimos. Algo que hecho con moderación no tiene nada de malo, pero que en exceso, como le sucede en algunos capítulos, llega a resultar incluso molesto. De todas formas, su nivel es cuanto menos correcto y no se le puede negar que la novela contiene también pasajes verdaderamente hermosos y de gran aliento poético. Como es el caso del relato dedicado al poeta ingles John Clare. Además hay que tener en cuenta que Moore adapta el estilo de su prosa a la época y condición del personaje que hace de narrador en cada relato. Así que algunos excesos verbales bien pueden ser justificados como exigencias de la narración. Aunque, sinceramente, mi opinión es que se tratan simplemente de lucimientos innecesarios.

2.- La estructura: Dividida en trece relatos independientes y autoconclusivos, sorprendéntemente es en la vertebración de la estructura de la novela, algo en lo que siempre se ha destacado en mundo del cómic, donde precisamente Moore se estrella con mayor estrépito. Y es que su novela se queda a medio camino entre la colección de relatos y la novela propiamente dicha, pero sin alcanzar a ser un buen libro en ninguno de los dos sentidos. Para haber sido verdaderamente una novela, como pretende Moore, le faltaría una trabazón más sólida que una las narraciones, que las interrelaciones y las haga entrar en conflicto, enriqueciéndose y matizándose mutuamente. Moore es consciente de ello -como manifiesta en la misma entrevista- y para lograrlo se encomienda a un último capítulo que el mismo denomina –y con razón- como suicida. En él se incluye a si mismo dentro de la novela y trata de esbozar una explicación de lo que sería la estructura secreta de su novela. Un intento desesperado que en mi opinión constituye un error casi imperdonable y que en ningún caso logra dotar a la novela de esa tan necesaria estructura que le de cohesión. Y es que esta fuera de lugar pretender explicar esta misma estructura: o existe, o no existe, pero querer explicarla... Lo adecuado, en mi opinión, hubiera sido que Moore enlazara de una u otra forma las distintas narraciones, de tal manera que fuera patente por si sola la razón que las une. Algo que esboza con algunas narraciones, pero que en global, y por más consciente que fuera Moore de esta necesidad, se acaba mostrando como insuficiente. Una verdadera lastima, pues un error de esta índole y tamaño echa obligatóriamente a perder por completo el libro.

3.- Las historias: Ya he dicho antes que la novela se estructura en trece relatos independientes que no alcanzan a ser ni novela ni colección de relatos. Y esto último no porque a las historias le falten interés en si mismas, ni muchisimo menos; muy al contrario Moore demuestra que es un excelente narrado y nos sirve un puñado de buenas narraciones con las que pone de manifiesto su dominio del ritmo y la tensión. Sin embargo la mayoría de estas parecen quedarse cojas y son difícilmente entendibles si no se consideran como partes integrantes de un dibujo global superior que las complete y dé todo su sentido. Ya digo, se quedan entre dos fuegos sin llegar a satisfacer ninguno. No obstante, la pericia narrativa de Moore las hace siempre amenas y muy entretenidas.

4.-La forma: Por forma entenderé la estructura narrativa, no del libro en general, sino de las propias narraciones. En este sentido cabe decir que Moore se decanta por la utilización de su particular versión del monologo interior, dando lugar así a momentos muy curiosos, como sucede con la historia contada por un individuo de la prehistoria, que tan poderosamente recuerda aquel clásico monologo del retrasado con el que Faulkner iniciara El ruido y la furia. O francamente hermosos, como el muy poético monólogo de John Clare. En todo caso, la elección de este recurso narrativo exige casi siempre de una segunda lectura que permita alcanzar una plena compresión de las historias.


5.- El tema: La historia como calor, la historia como ficción, la ficción como causa fecundante de la realidad misma, el imaginario colectivo como parte integrante de la realidad de ese mismo colectivo. Es decir, los mismos temas que en Serpientes y Escaleras, From Hell, Promethea o El Día del Juicio. Los temas y obsesiones recurrentes en Moore. Pero esto ya lo esperábamos.


En definitiva, una novela fallida, que deja un puñado de buenos relatos y la sensación de hallarnos ante un magnifico narrador al que acaso le falte aun cogerle el tranquillo a la novela como tal. O al que tal vez le ha traicionado su excesiva ambición. Sea como fuere, lo cierto es que me apunto para la lectura de su próxima novela, obra que por lo visto ya esta en proceso de elaboración.



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lunes, 11 de septiembre de 2006

El Día del Juicio

Siguiendo un poco la estela y la recomendacion de nuestro carcelero digital favorito, Alvaro Pons , me he decidido, al fin, a dar cuenta de El Día del Juicio, el penúltimo acercamiento del genial barbudo al género de los superheroes … ¿O habría que decir mejor del no menos genial Rob!?. La verdad es que es difícil asegurar con certeza, tras su lectura, a quien se parece más la criatura; si a papa Moore o a mama –con perdón- Liefeld. Y es que si a Moore le basta con apenas un poco de oficio y las sobras de otros trabajos –como Watchmen o Promethea- para conseguir una historia muy por encima del estandar de calidad habitual, a Liefeld le es suficiente una sola página –cualquier página, eso queda a elección del lector- para mostrar y demostrar que él es el dibujante más dotado de la historia del cómic para esto de hacer pensar a los lectores: en obligarles a preguntarse en qué diablos piensa este hombre cuando compone una página, con qué parte de su anatomía realiza sus trabajos, o quién fue el sádico desalmado que le dijo a Rob! que sabía dibujar. Es tremendo comprobar como este genio sin parangón consigue dejar en los huesos, una a una, todas las ideas de Moore, cómo echa a perder cualquier atisbo de tensión dramática, como neutraliza la fuerza de todos los giros argumentales…. En fin, ya digo, un talento excepcional al alcance de muy pocos.

Pero bueno, tratemos de obviar la evidencia y centrémonos mejor en el trabajo de Moore. Como ya indique antes, en esta su enésima vuelta de tuerca al genero de los superhéroes, el guionista británico, a medio gas, se vale de ideas ya ensayadas en otras obras para componer una historia que va más allá, como siempre pasa con él, de los limites que se le suponen a los superheroes. Y es que El Día del Juicio bien puede leerse en clave de repaso de la historia y evolución del genero, al estilo y forma de Watchmen, o bien, olvidándonos un poco de estos, entenderla como un estudio del poder del mito, la palabra y la imaginación a la hora de crear la realidad. Es decir, algo muy parecido a lo que ya venía insinuándonos en otras obras como Promethea o Serpientes y escaleras.

Así, cogiendo la primera de estas posibilidades, se la podría considerar casi como una continuación natural de Watchmen, en la que Moore arremete sin piedad contra una industria carente de ideas realmente validas y cuya única propuesta para su renovación ha sido, a lo largo de los años, la de cargar las tintas en el plano de la violencia y el sexo. Moore se ensaña fundamentalmente con los derroteros tomados por el cómic de superhéroes a partir de los ochenta, años en los que obras como las suyas o las de Frank Miller sirvieron de coartada para que autores sin talento ni nada que contar, como MacFarlane o el propio Liefeld, llenaran los tebeos de mutantes salvajes, bazocas desproporcionados o mujeres de pechos y caderas imposibles. Moore personaliza en la figura del asesino -juro que he estado a punto de escribir quien es- el trasunto imaginario de ese guionista irresponsable que en la realidad, y en virtud del beneficio propio, fue un paso más allá y propició la descomposición del universo superheroico. Una descomposición de cuyos perjuicios aún tardará la industria y el noveno arte en reponerse.

Sin embargo, a otro nivel de lectura, la obra es también una defensa de la realidad entendida como acto de creación, una vindicación de esa maravillosa facultad humana de reinventarse y reinventar su mundo con la sola herramienta de su imaginación y la palabra, de ese don que es capaz de elevarnos a la altura de los propios dioses. Y es que para Moore el hombre es la resulta de la curiosa alquímia entre materia y verbo, entre carne y sueño, entre lo que es y lo que podría ser. Y esto entendido tanto para bien como para mal.

Por cierto, y hablando de todo un poco, me resulta curioso ese invento de un libro con todas las historias posibles, que tan poderosa e inevitablemente recuerda al libro de arena de Borges. ¿Habrá leído el de Northampton al de Buenos Aires? Apostaría a que sí.

De todas formas, aun siendo de lo más interesante que se puede leer dentro del género, no consigue alcanzar el nivel que todos sabemos que el ingles podría dar si se lo propusiera en serio. Nada, habrá que esperar a la lectura de Lost Girl para recuperar al mejor Moore. O a la anhelada conclusión de Big Numbers. O a la rocambolesca reedición de Miracleman. En cualquier caso, pertrechémonos de paciencia…

Puntuación: 7



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