martes, 22 de agosto de 2006

Sobre gustos

Es curioso cuan relativa es esa afirmación que considera inexplicables los gustos y los deja al albur de algo tan etereo y oscuro como lo son las preferencias personales. Sin embargo me niego a creer que estos nazcan solamente de un automatismo irracional y que no puedan ser educados y encauzados. Sostengo, muy por el contrario, que aun cuando indudablemente están marcados por las propias experiencias, por la propia forma de ver y sentir el mundo, también dependen -y por tanto puede ser modificados - de los conocimientos que se posean o se vayan adquiriendo.

Un ejemplo flagrante: en mi ignorancia sin fondo tengo por escritor profundamente interesante a Milan Kundera. Me encanta La insoportable levedad del ser o El arte de la novela. Me parece que sabe tratar sin envaramiento temas muy complicados. Eso pienso yo desde mi completa falta de formación. Esto es, sin embargo, lo que opina un amigo mío, al que espero no le importe que le cite sin consentimiento, y del que me reconozco muy lejos en autogobierno y sabiduría:

“No puedo ocultar que Kundera me parece un escritor formado en los clásicos y que, cuando se conocen a estos, su obra produce una penosa sensación de trivialidad. Pero es muy listo, como tantos otros escritores contemporáneos, que, no habiendo leído, me aventuro a suponer juzgando por sus resultados, más que alguna que otra obra de los maestros y puede que, con suerte, atropelladamente, una o dos buenas monografías de prestigio en la estela de la cosa, se dedican luego a "edulcorar" en un lenguaje más o menos canallamente adaptado lo que les pareció excogitar en sus sacrificadas lecturas. Juegan con la ventaja, y ahí reside su audacia, de que los demás, lectores modositos y ecos de plétoras existenciales al socaire hormonal, desconocen, en su mayoría (aquí no, por favor; en este lugar nos acogemos a sagrado: por si la susceptibilidad), pongamos por caso, el aterciopelado verbo de un Apiano. Pero es lo que hay, sin asumir por ello la condición de apocalíptico, que ése es otro Eco.”

Por qué no. Después de todo no se pueden valorar igual las cosas cuando se les ve la trampa, cuando uno sabe de que fuentes beben –o copian, si nos ponemos maliciosos- o quienes han tratado más y mejor los mismos temas. Y sin embargo, qué remedio nos queda que ver las cosas a través de nuestros propios ojos y valorarlas de acuerdo con nuestros modestos conocimientos. Es decir, los gustos se pueden objetivizar, pero al final, tampoco importa demasiado, porque en toda lectura uno se enfrenta a la obra solo y sólo él puede gustarla o sufrirla.

Total, que mucha retórica para no ir a ningún sitio, muchas palabras para no decir nada. Ese es mi estilo y siempre lo será.







¿Y el resto qué...?

martes, 8 de agosto de 2006

Odiseo y Penélope

Es difícil explicar, a quienes no conozcan en persona la majestuosidad del Teatro Romano de Mérida, lo que significa el privilegio de vivir una noche de teatro entre sus mágicas piedras; explicar cuán impresionante es para el público –no quiero pensar en lo que debe suponer para los actores- el poder deleitarse de un arte como el de la interpretación en uno de sus escenarios más carismáticos y universales. Es una experiencia, retóricas facilonas aparte, que verdaderamente se graba en el alma de cualquiera. Pero si sobre el escenario añadimos el texto y la interpretación de uno de los más grandes escritores del último medio siglo -como lo es sin duda Mario Vargas Llosa- , adaptando además una de las obras fundacionales de la literatura y el sentir occidental, más una extraordinaria actriz como Aitana Sánchez Gijón, la velada roza, simple y llanamente, la perfección, acaso solo mejorable con el disfrute de una buena compañía y la sugerente iluminación de los jardines del teatro con el fuego de las antorchas, cosa que me consta que se ha hecho en otras ocasiones.

Con una puesta en escena minimalista, en la que constituyen toda ambientación apenas una larga pasarela, que recuerda los muelles de un puerto marítimo, un pequeño espacio iluminado, que quiere ser el manto que la propia Penélope tejió y destejió a lo largo de su paciente espera, una serie de atriles, que hacen las veces de refugio natural para el narrador y una especie de mercadillo de telas, del que es muy difícil explicar y explicarse su presencia, fue Vargas Llosa, de blanco impoluto y con un ejemplar de la Odisea bajo el brazo, el primero en hacer acto de presencia sobre las tablas. De modo que pronto se desvelaría la duda inevitable sobre las dotes interpretativas de Don Mario. Porque si bien es cierto que ésta no era la primera vez que se subía a un escenario, pues ya antes había realizado la adaptación de La verdad de las mentiras, tampoco lo es menos que la anterior experiencia apenas paso de ser otra cosa que una lectura dramatizada del texto. Era pues la primera vez que el escritor se veía obligado a interpretar, a memorizar el texto, a moverse por el escenario, a gesticular... en fin, a ser un actor de pleno derecho. Y Mario dejó enseguida bien a las clara que, aún cuando no se le pueda considerar un excelente actor –le falta experiencia para ello- al menos si que lo es solvente y cumplidor. Mario interpreta convincentemente y aunque le falta soltura cuando se desplaza por el escenario y algún registro más en su declamar, lo cierto es que en ningún momento desvirtúa ni entorpece el desarrollo de la obra.
Por supuesto, muy diferente cantar fue la actuación de Aitana, soberbia como no podía ser de otra manera en una actriz tan contrastada. Pero esto ya lo esperábamos. Al menos yo sí.

Pero sin duda lo mejor con diferencia de la obra fue el extraordinario texto del peruano. Fiel y de hermosísimo aliento poético, la adaptación homérica de Vargas Llosa apela a la fuente de donde nace el mito, a la visión y a la ensoñación que del mundo tiene nuestra cultura. Vargas Llosa nos lleva de viaje, con su Odiseo, por las aguas de las que surge lo humano tal cual nosotros lo entendemos. Porque con cada trabajo de Ulises, con cada revés en el intento por retornar a su Ítaca natal, con cada nueva experiencia, ya sea mágica o terrible, se va desvelando, -se va creando- un modelo de sentir que sin duda da forma y explica lo que somos cada uno de nosotros. Unas vivencias de cuya verdad el propio Odiseo se confesará en duda, y que sin embargo, hayan o no sucedido, constituyen una realidad innegable, porque al fin, como manifiesta la propia obra, tan parte de la vida de los hombres es, al igual que lo que les acontece, lo que estos son capaces de soñar.

¿Y el resto qué...?

viernes, 4 de agosto de 2006

Me voy al teatro

En menos de un cuarto de hora parto, ilusionado como un crio con zapatos nuevos, hacia Mérida para asistir a la representación de Odiseo y Penélope, de mi muy admirado Mario Vargas Llosa, en el que el eterno candidato al Nobel de literatura hace, junto a Aitana Sánchez Gijón, también las veces de actor. Ya os contaré otro día que tal fue la cosa.

Nada, que me voy...

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jueves, 3 de agosto de 2006

Ética para Amador

Hace tiempo ensayé una pretendida defensa del libro de autoayuda que resulto ser más un ataque que otra cosa. Venía yo por entonces a decir más o menos que si por algo pueden ser salvados de la quema este tipo de libros, que si de alguna manera pueden resultar útiles, será más por constituirse como plataforma de promoción y acercamiento a temas serios -lease aquí esos imperecederos de los que la filosofía, la psicología y tal vez la literatura han hecho como propios- al gran público que por sus propios aciertos. Por lo general -continuaba razonando yo- los libros de autoayuda suelen poseer la virtud de la amenidad y la sencillez, virtudes que resultan a la postre muy apropiadas para atraer lectores hacía estas cuestiones, lo que con tiempo y fortuna se puede acabar traduciendo en una profundización más consciente y rigurosa de los mismos.

Pues bien, si existe una cualidad por la que merezca destacar al libro –y también al autor- que quiero reseñar es precisamente esta: por su apuesta insobornable por hacer amenas y accesibles cuestiones vitales que en manos de otros acaban casi siempre resultado soporíferas. Ética para Amador es un libro pretendidamente sencillo que se reconoce destinado a adolescente; es también un libro pretendidamente falto de pretensiones que aparenta ser poco más que esos consejos informales y cariñosos de un padre atento hacia su hijo que Savater quiere hacernos creer. Sin embargo tras tanta modestia se esconde un inteligentísimo tratado que expone, propone y pone al alcance de todos –y no solo de los adolescentes- los fundamentos básicos de la ética; que llama a la reflexión y a la toma de consciencia sobre temas tan trascendente como la libertad, la responsabilidad, la obligación de decidir, la búsqueda de lo bueno o el gusto por el buen vivir, temas que están en el corazón y en el día a día de cualquiera vida y que sin embargo solemos despachar con la ligereza de la inercia y la rutina.

Un libro, como ya he dicho antes, destinado a adolescentes que sin embargo yo recomendaría a todo tipo de lectores que posean un mínimo de inquietud, pues antes que nada es un libro sincero y honrado que se toma en serio a su destinatario -tanto más que a su emisor- y que por tanto no ofenderá la inteligencia de nadie.

El único pero que yo le pondría a esta Ética para Amador -un pero minúsculo y completamente injustificado si tenemos en cuenta las circunstancias del libro- es su decidida visión positiva de la vida. Después de haber leído su Ensayo sobre Cioran, uno echa de menos un Savater no tan optimista. Pero esto es ya cuestión de gustos.





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miércoles, 2 de agosto de 2006

Presento mi candidatura a la excomunión II: Gobernar en el Infierno

Qué cortas, qué vagas son las entendederas de vuestra especie, cuán difícil es imaginar un hecho más evidente, una evidencia más obvia, una obviedad más transparente: con qué otra intención pude haberme hecho yo presente en vuestro mundo si no con la de propagar el mal. Pero antes de nada, acomódate como si estuvieras en tu casa y acepta el amparo del fuego perpetuo, porque lo quieras o no, este será tu hogar por el resto de la eternidad.Comprueba cómo os ha cegado la petulante creencia que os nombra centro de la creación; cómo os ha ofuscado la soberbia incapacidad de admitiros más origen que el divino. Pero no des por hecho que toda la culpa me pertenece; yo no he tenido que esforzarme en mantener el engaño: ni tan siquiera admití lo que vosotros mismo me exigisteis que admitiera. Fíjate que ni cuando el Dante – más poema que su Comedia fue la elocuencia de su rostro- osó aventurarse por mis dominios, ni siquiera entonces moví un ápice de mi voluntad para impedir que revelara la verdad que aquí había conocido. La misma inabarcable incredulidad que ahora te domina ha dominado antes por igual a todos los humanos que pueblan el Averno. Pero dime, desvalida criatura, ¿por qué?, ¿acaso mejoró en algo vuestro mundo después de que yo partiera de él?, ¿es que traje algo distinto de la espada que prometí? Dime pues, por qué os resulta tan difícil admitir que yo, Jesucristo, pueda gobernar en el Infierno.



¿Y el resto qué...?