domingo, 22 de junio de 2008

Memoria del futuro II: Italia eliminó a España

Hay pocas cosas que resulten tan divertidas, conmovedoras y patéticamente disparatadas como la lectura de predicciones sobre un futuro que ya es pasado. O bien porque se quedaron cortas, o bien porque se pasaron tres pueblos, o ni lo uno ni lo otro o todo a la vez, lo cierto es que atreverse a vislumbrar lo que el mañana habrá de depararnos es siempre una temeridad que acaba inevitablemente el ridículo más espantoso. Y es que el destino está tan por escribir, tan preñado de posibilidades, que dar con él es más complicado que sacarse el pleno al quince cada semana durante una temporada completa apostando en una sola columna a que el Madrid y el Barça pierden todos los partidos. Vamos, que no. Y sin embargo, curiosamente, existen ciertas ocasiones en las que el futuro, sin razón aparente, se vuelve claro como la prosa de un best-seller. Sucede con las actuaciones de España en Eurovisión. Y sucede también en las participaciones de la selección española de fútbol en los cuartos de final de los torneos internacionales. Es decir, que hoy nos encontramos ante una de esas rarísimas conyunturas en las que la alineación de los planetas, la confluencia de los astros, el significado de los libros sagrados, las intenciones de las grandes multinacionales y el olvido de todos los dioses se alían para que podamos conocer con total seguridad el porvenir desde el presente: Italia ha eliminado a España. Y este es un hecho igual de fiable y de cierto tanto si me estás leyendo el lunes 23 de junio de 2008, o en el remoto 2020, o unos pocos minutos antes de la media noche de este 22 de junio de 2008 o ahora mismo, cuando apenas pasa media hora del mediodía, cuando teóricamente aún nada de lo que pasó debería poder saberse. Así de curioso es el tiempo. En fin, ya nos resarciremos en el próximo mundial (jajaja, es broma, es broma).


¿Y el resto qué...?

sábado, 21 de junio de 2008

El escritor (6ª entrega)

Después de semejante acogida cualquiera es el guapo que se atreve a escribir de nuevo. De hecho tuvieron que transcurrir casi dos años y medio para que volviera a sentarme frente a un folio en blanco, aunque no crean que fue porque me atenazara el miedo o porque me pesara en exceso la responsabilidad. Simplemente la polvareda levanta por mi debut adquirió tales dimensiones que los compromisos públicos acabaron por fagocitar todo mi tiempo. La verdad del asunto es que me daba cuenta del alcance de mi recién adquirido don y me sabía perfectamente capacitado para repetir un éxito similar al cosechado por ”Haciendo surf” o superarlo si fuera necesario. Y efectivamente, como ya les sonará de los manuales literarios al uso, volví a hacerlo una y otra vez; siempre que quise. Incluso cuando no quise. Si no se lo creen pueden comprobarlo en sus libros oficiales: cuando publiqué “El inolvidable olvido,” mi segunda novela, fui investido Doctor Honoris Causa por una docena de universidades y recibí calificativos tales como "genio literario" o "último clásico vivo"; con la tercera, “La sartén por el mango”, se me propuso como candidato para el Nobel de literatura, galardón que finalmente me fue otorgado coincidiendo con la aparición de la cuarta, “A un dios cualquiera”. Lo que seguramente no sabrán ustedes, arrogantes lectores de manuales literarios al uso, es que a “El inolvidable olvido”, escrita entre el lujo y la suntuosidad del Ritz de Madrid, apenas le dediqué unos pocos minutos al día y prácticamente ninguna atención durante el año que duró su redacción. Mi mente andaba entonces más centrada en el cortejo de mis admiradoras, a las que recibía en mi habitación como si fuera un gigoló profesional, que en combinar adecuadamente sujetos verbos y predicado. Como tampoco sabrán, claro, que “La sartén por el mango” es, palabra por palabra, exactamente la misma novela que “El juego del ratón y el gato”, la primera de las mías y que antes había cosechado una decena de rechazos: la única modificación que me molesté en realizar fue la de colocar la palabra fin en la última página. Aproximadamente igual que con “El cielo del carpintero" , que tal cual reposaba en su caja de zapatos durmiendo el sueño de los justos, tal cual con sus veinte cartas de rechazo a cuesta, se convirtió en la aclamada “A un dios cualquiera”. Sin embargo todos los límites se rebosaron con la acogida de “Algebra de color añil”

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domingo, 15 de junio de 2008

B.S.O. de El jardinero fiel: Kothbiro (Ayub Ogada)

Sin palabras (sólo oídos y sentimientos) :



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Promethea nº 10: Sexo, estrellas y serpientes


Ahora que de la mano de la edición en castellano de Lost Girls está de moda hablar de Moore y su concepción del sexo, qué mejor momento para rescatar del olvido este número 10 de la serie Promethea. Como pasa con casi toda la producción del barbudo, habrá quien en Sexo, estrellas y serpientes sólo pueda ver otra rayada más, otra ida de olla, otra alucinación lisérgica del pseudomago. Y habrá quien sepa encontrar en sus 24 páginas toda la fuerza, la belleza, el erotismo, el simbolismo, la fantasía y la sabiduría del que es para servidor el polvo más memorable y mejor narrado que se pueda leer en tebeo alguno. Sophie Bangs, alias sexta encarnación de Promethea en sus ratos perdidos, quiere aprender magia. Jack Faust se ofrece para enseñarle, pero claro, a cambio de algo, a cambio de pasarse por la piedra a la semidiosa. Pero la cosa, que podría haberse quedado en un polvo en un sucio colchón se convierte, gracias a la sabiduría del mago, en el glorioso hacer de dos dioses: la voluntad penetrando en el misterio, en la compasión sin fondo, para acabar, tras pasar por cada uno de los chakras del cuerpo, fundiéndose en un todo hermafrodita. Ya digo, rayada o genialidad, que cada cual decida por si mismo. Para mí, sin duda, lo segundo. Y más si tenemos en cuenta las maravillosas composiciones de páginas de J.H. Williams III. Una gozada.

Puntuación: 10 (es que es de Moore)
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jueves, 12 de junio de 2008

Minireseña: Trazo de tiza


En otro tiempo incluí Trazo de tiza entre mis grandes decepciones tebeísticas. Y no necesariamente porque el tebeo me pareciera malo, pero en el mundo del noveno arte es tal la propensión a hinchar los méritos que claro, después vienen las decepciones. Sin embargo puedo asegurar que tras una nueva relectura, olvidado ya el prúrito de encontrar un argumento sorprendente, Trazo de tiza gana muchos enteros. Porque lo que realmente la convierte en la obra indispensable que siempre se ha dicho que es no es el paradójico bucle temporal de su argumento, interesante pero no excesivamente novedoso ni inspirado, sino la destreza con la que Miguelanxo Prado nos sumerge en el ambiente misterioso de su islote solitario, de esa especie de “trazo de tiza en mitad del océano” que es capaz de dotar a la obra de una textura tan compleja como el color mismo de sus viñetas; una atmósfera que es al tiempo realista y fantástica; onírica y pesadillezca; hermosa y violenta; romántica y cruel… En ella Raul y Ana juegan al raton y el gato, al escondite emocional ante la atenta mirada –y no sólo mirada- de la posadera del islote y su hijo. Unos personajes que se ven imbuidos y afectados en sus relaciones por el extraño escenario en donde se desarrollan. Mención especial merece el pulso narrativo y la suave precisión con la que Prado teje su historia. En fin, que tras la decepción inicial, para mí Trazo de tiza queda completamente rehabilitada. Os doy autorización para volver a leerla.

Puntuación: 8
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