miércoles, 6 de junio de 2012

Por qué España debe salirse de la zona euro (III), por Manuel Balmaseda

Y terminamos con el tercero, donde Balmaseda da cumplida respuesta a las apreciaciones que de sus artículos han realizado otros economistas:



Por qué España debe salirse de la zona euro (III)



Ha constituido para mí una grata sorpresa el que mi artículo haya merecido la atención de profesionales tan prestigiosos, inteligentes y cultos como los profesores Juan Velarde y Carlos Rodríguez-Braun y el economista José Carlos Rodríguez. Los tres han enriquecido el debate con interesantes aportaciones y sugerentes puntos de vista.
Intentaré sintetizar las distintas posiciones y el estado actual del debate en relación con las siguientes tesis argumentadas en mi artículo:

I. Por estar en la Zona Euro, España ha perdido competitividad frente al exterior.

II. La salida de la Zona Euro y la devaluación de la moneda nacional es la forma más expeditiva, aunque costosa, de recuperar la productividad perdida.

III. La otra alternativa, la deflación interna, tiene un coste brutal en términos de contracción económica y desempleo.

IV. La ruptura de la Zona Euro no implica la de la Unión Europea.

V. El déficit presupuestario de las Administraciones Públicas no es la causa de la crisis sino una de las consecuencias de la pérdida de competitividad exterior de la economía española.

Ninguno de los tres autores cuestiona que la economía española haya perdido competitividad frente al exterior ni defiende, al menos explícitamente, que la incorporación de España a la Zona Euro haya sido un acierto. El profesor Velarde contempla, sin desaprobarla, la alternativa de “no haber ingresado en la Zona del Euro” aunque considera que “lo hecho, hecho está y en caso de pretender volver a una nueva peseta se generarían males que no compensarían…”. Carlos Rodríguez-Braun va más allá al decir que “Manuel Balmaseda puede tener razón cuando pronostica el fin de la moneda europea”; y, aunque José Carlos Rodríguez se pronuncia claramente en contra de la salida de la Zona Euro, tampoco defiende que la moneda única haya sido un acierto. Todos coincidimos en que el abandono del euro sería muy complicado y conllevaría, al menos inicialmente, importantes costes.

La deflación interna
Las discrepancias son más evidentes a la hora de proponer soluciones a la crisis. Juan Velarde parece inclinarse por mantener el status quo, dados los peligros de la vuelta a la peseta. José Carlos Rodríguez defiende un “lento, pero real ajuste que se produciría con una devaluación interna.” Así, “con la devaluación interna quienes pierden son los que han dejado de aportar a la economía, mientras que se premia a quienes siempre aportaron valor.”

La competitividad externa, es decir, la capacidad de un país para vender sus bienes y servicios al extranjero depende de la productividad, del coste de los factores de producción y del tipo de cambio de la moneda. La productividad es consecuencia del nivel educativo, de la calidad de las infraestructuras, de la actitud de prevaleciente ante la flexibilidad laboral o la innovación, de la eficiencia del gasto público, de la eficacia de la burocracia administrativa y de otras estructuras o valores sociales cuyo cambio real y significativo, aún siendo imprescindible, exige décadas o, incluso, generaciones enteras. Si se ha perdido competitividad por tener sobrevalorada la moneda y no se puede o no se quiere recurrir a la devaluación, hay que incidir en el coste de los factores de producción, léase reducir los salarios, los alquileres, los servicios auxiliares, etc. Esto se puede intentar mediante la llamada “deflación interna” y que no es otra cosa que someter al país a una fuerte recesión económica y dejar que el mercado vaya lentamente reduciendo estos costes. Dicho sea con cierta crudeza, cuando el desempleo llegue al 35% de la población laboral y la mitad de las oficinas y locales estés desocupados, los sueldos y los alquileres habrán de bajar.

El proceso es costosísimo pues, no basta con que las nuevas contrataciones se hagan a niveles más bajos, sino que se trata de conseguir salarios y costes medios inferiores en un 30% o 40%, que es lo que se conseguiría con la devaluación. Esto suena brutal y lo es. Ciertamente, ninguno de los tres autores defiende de forma explícita esta dolorosa terapia ni entra a analizar sus costes, pero es la que, impuesta por la UE, están siguiendo éste y el anterior gobierno de España con el apoyo y sanción de la mayoría de los medios de comunicación. La experiencia histórica demuestra que, casi siempre, los intentos de “deflación interna” fracasan y, después de unos años de empobrecimiento del país y fuerte desempleo, se termina devaluando. Grecia es un buen ejemplo actual de cómo funciona la “deflación interna”.

La devaluación de la moneda
Los tres autores se pronuncian en contra de esta alternativa: “la depreciación es un impuesto”, dice el profesor Rodríguez-Braun; “es un sendero realmente peligrosísimo para España”, “significaría una fuga de capitales gigantesca” advierte el profesor Velarde.

Sin embargo, los problemas, aunque complicados, pueden ser menos dramáticos de lo que parecen. La fuga de capitales es ahora cuando se está produciendo pero se invertiría en cuanto la moneda hubiera sido devaluada y los inversores pudieran comprar activos españoles más baratos. Los costes de las importaciones, en particular la energía, se encarecerían un 30% o un 40% pero hay que tener en cuenta que, por poner un ejemplo que está en la mente de todos, sólo un tercio del precio de la gasolina corresponde al coste del petróleo, el resto son impuestos y costes internos de refino y distribución. Incluso el acceso a los mercados financieros exteriores - que ahora es casi imposible, si exceptuamos la financiación del BCE que, evidentemente, no va a ser ilimitada — podría recuperarse al cabo de uno o dos años, en la medida en que España fuera ganando credibilidad al entrar de nuevo en la senda del crecimiento, al iniciar con firmeza las reformas estructurales y al controlar seriamente el déficit público. Tenemos innumerables ejemplos históricos de Estados y grandes empresas que han realizado quitas en sus deudas y han vuelto luego al favor de los mercados. Baste recordar las quiebras de Rusia, Brasil y las de otros muchos países que hoy han recuperado la confianza o las muy recientes de General Motors o Chrysler.

También quiero puntualizar que en ningún momento he sostenido que la devaluación sea la receta que cure todos los males y que cuanto más recurra a ella un país más prosperidad alcanzará, como insinúa con fina ironía mi amigo Rodríguez-Braun. Cuando defiendo la devaluación como medida excepcional para corregir la sobrevaloración actual de la moneda en España, soy plenamente consciente de que, si no va acompañada de importantes reformas que aumenten la flexibilidad laboral, fomenten la iniciativa empresarial y mejoren la eficiencia del gasto público, entre otras muchas, en pocos años se habrá perdido de nuevo la ventaja competitiva conseguida. Es cierto que el gobierno está abordando algunas de estas reformas pero se necesitarían muchos años para que éstas pudieran por sí solas incidir de forma sensible en una reducción de los costes de producción.

El gasto público
Un comentario expreso merece el problema del gasto público. Tanto José Carlos Rodríguez como, con mucho más énfasis, el profesor Rodríguez-Braun apuntan al gasto público como la causa principal de la crisis. Deliberadamente, he querido dejar este problema de lado, no porque no tenga importancia sino porque el objeto de mi artículo era la pérdida de competitividad de la economía española y quería evitar la confusión que podría generarse al mezclar ambos problemas. Pero, ante la insistencia, me veo obligado a hacer una breve reflexión.

El gasto público puede ser eficiente o ineficiente, elevado o bajo en relación con el PIB y puede generar o no déficit presupuestario. Tomando datos correspondientes al año 2011, hay ejemplos de países con muy alto nivel de gasto público y con economías muy prósperas, como Dinamarca (53%) o Suecia (52%), y también hay países, como muchos en África o Latinoamérica, con bajísimo porcentaje de gasto público sobre el PIB y cuyas economías son un desastre. En el caso de España, sin minusvalorar la gravedad de que el gasto público sea poco eficiente, su nivel en relación con el PIB fue del 43% en 2011, algo inferior a la media de los países de la OCDE que fue del 44% en ese mismo año. La conveniencia de aumentar o reducir el nivel estructural del gasto público podría ser objeto de otro apasionante debate en el que la ideología tendría tanto lugar como la ciencia económica. Pero, como ya expliqué en mi artículo, España ha cumplido, hasta el año 2008, con las restricciones del gasto público y del déficit presupuestario impuestas por el tratado de Maastricht mejor que Francia o Alemania. Ha sido la falta de competitividad, que se ha manifestado con crudeza a raíz de la crisis financiera e inmobiliaria, la que, arruinando a las empresas y dejando en el paro al 23% de los trabajadores, ha provocado el déficit presupuestario que padece España.

El hecho de que los acreedores de Alemania y Francia estén muy preocupados con el déficit presupuestario y el riesgo de impago de los países deudores es la causa de que políticos y economistas se centren en el problema del gasto púbico y en la forma de reducirlo. Ahora bien, desde el punto de vista de los intereses de España, el objetivo prioritario debe ser recuperar la competitividad para reducir el desempleo, antes que devolver la deuda.

Las referencias históricas
Aunque Carlos Rodríguez-Braun hace una brillante exposición de la ruptura del patrón oro, ninguno de los tres autores hace referencia a ejemplos concretos de países que hayan pasado por graves crisis económicas relacionadas con la sobrevaloración de sus respectivas monedas. En mi artículo analizo el resultado conseguido por trece países que optaron por devaluar y lo comparo con la experiencia de Letonia, que siguió, con poco éxito, la receta de la deflación interna. La economía es una ciencia social muy compleja y, sin un enfoque pragmático que pueda apoyarse en referencias históricas, resulta muy difícil acertar en la elección entre distintas alternativas de política económica. ¿Y el resto qué...?

martes, 5 de junio de 2012

Por qué España debe salirse de la zona euro (II), por Manuel Balmaseda

Vamos con el segundo artículo de la serie. Después de analizadas las causas, toca plantear las alternativas y decantarse por una de ellas:



Por qué España debe salirse de la zona Euro (II), por Manuel Balmaseda


LA SOLUCIÓN DEL PROBLEMA
En teoría, existen tres soluciones para recuperar la competitividad perdida:

- La integración plena de los 17 estados en uno solo.

-La llamada deflación interna, que consiste en ganar competitividad reduciendo los salarios y los precios pero manteniendo a España dentro del sistema Euro.

-La salida de la moneda única, recuperando España su propia moneda que, inmediatamente, sería fuertemente devaluada por el mercado.

Conviene puntualizar que, para evitar seguir perdiendo competitividad en el futuro, las tres soluciones deberían ir acompañadas de reformas del marco laboral y de las rigideces del mercado.

I. La integración plena de los 17 estados de la zona Euro es un ideal que está en la boca de todos los políticos pero en el que ninguno cree de verdad. Recientemente hemos visto como Sarkozy ha vetado la propuesta de Merkel de reformar el tratado de la unión otorgando a la Comisión Europea competencias para sancionar a los países que superen los límites de déficit y deuda pública establecidos. Y Sarkozy se ha opuesto porque esto implicaría una cesión de soberanía por parte de Francia que, aunque insignificante, él sabía que sería inaceptable para el pueblo francés. Hay que recordar que, en 2005, Francia votó, por una holgada mayoría del 55%, en contra del proyecto de Constitución Europea, a pesar de que, con este cambio, de ningún modo se pretendía hacer de la Unión Europea un solo estado. Igualmente, Holanda se pronunció en contra por una mayoría aun más amplia: 62% contra 38%.
Pero basta con conocer un poco algunos de estos países para comprender lo utópico de esta integración plena. ¿Quién puede pensar que los alemanes u holandeses van a querer integrarse en un solo país con Italia o Grecia? ¿No estamos viendo el intento de Escocia de separarse de Inglaterra? Y ¿qué decir de las dificultades de España para mantener integradas a las Comunidades Catalana y Vasca a pesar de compartir un idioma y siglos de historia en común?
 En todo caso, esta alternativa no está hoy por hoy sobre la mesa de los políticos y no tiene ningún sentido plantearla como solución a un problema, el de la crisis del Euro, que requiere una respuesta inmediata.

II. La segunda alternativa, la deflación interna, es la que, sin hacerla explícita, están imponiendo sobre los países periféricos la Comisión Europea, capitaneada por Merkel y Sarkozy, junto con el FMI. La teoría es que, si se induce una fuerte recesión en un país, la reducción de la demanda y el alza del desempleo provocarán un descenso generalizado de los precios y harán al país más competitivo.
Aunque lo que pretenden la Comisión Europea y el FMI es que Portugal, Italia, Irlanda, Grecia y España y Portugal, los llamados PIIGS, reduzcan o eliminen su déficit presupuestario, el resultado que están consiguiendo es el de provocar fuertes recesiones en estos países, como se ha comprobado en el caso de Grecia en 2011 y se prevé en España para el año 2012. Unas semanas después de que el nuevo gobierno de Rajoy anunciara subidas de impuestos y recortes de gastos para ajustarse a los límites de déficit público del 4.4% y 3% del PIB impuestos a España por la Comisión Europea para 2012 y 2013 respectivamente, el FMI responde con unas nuevas estimaciones de déficit para España del 6,8% y 6,3% del PIB para estos mismos años. Igualmente, el FMI ha revisado al alza su previsión de deuda pública de España para finales de 2013, que ahora es del 84% del PIB, lo que supone un deterioro de 12,1 puntos porcentuales sobre su anterior estimación. La política que se está imponiendo a España para evitar su salida de la zona euro tendrá un inmenso coste económico y social.
La estrategia de deflación interna se ha aplicado desde 2008 a Letonia y ha resultado ser una catástrofe. Letonia tiene su moneda vinculada al Euro, de manera que, aunque no está en la zona Euro, tiene en la práctica los mismos problemas. Sus bancos acreedores, principalmente suecos, junto con la Comisión Europea, han presionado fuertemente sobre el gobierno para evitar que Letonia devalúe su moneda e incumpla sus obligaciones crediticias. La política de deflación interna que se ha impuesto sobre este país ha provocado, desde finales de 2007 hasta comienzos de 2010, una caída del PIB del 24%, la más dura y costosa en términos económicos y humanos que ha padecido cualquier país desde la gran depresión del año 1929. La tasa de desempleo y subempleo llegó al 30%, a la que habría que sumar un 10% de emigración forzosa. Según las proyecciones del FMI, el PIB de Letonia no recuperará el nivel del año 2007 hasta el año 2016. Solamente cuando el gobierno desistió de aplicar la política deflacionista, a partir de 2010, la caída se moderó (-0,3 % del PIB en 2010) y la economía comenzó de nuevo a crecer de forma moderada (3,3% del PIB en 2011) , y ello a pesar de las ayudas de 7.500 millones de euros, que equivalen al 75% del PIB de un año, recibidas de Europa y del FMI. Con eso y todo, en 2011 el PIB fue todavía un 19% inferior al de 2007, la tasa de paro y subempleo estaba en el 21% y el déficit de las cuentas públicas fue del 7,6% del PIB . En todo caso, las exportaciones no han contribuido prácticamente en nada a este crecimiento y la inflación acumulada de los cuatro últimos años ha sido del 21%, lo que confirma el fracaso de la política de deflación interna. Si España tuviera que recibir las mismas ayudas que Letonia en porcentaje de su PIB, Europa y el FMI deberían aportar cerca de 800.000 millones de euros.

III. El abandono de la zona Euro, la devaluación de la nueva moneda nacional y la quita de parte de la deuda

Esta alternativa, aunque dura y complicada, es la única posible si no queremos someter a España al largo calvario de la deflación interna. Es la que han seguido en el pasado, con resultados bastante satisfactorios, la mayoría de los países que entraron en crisis por falta de competitividad o por tener sus monedas sobrevaloradas.
Aunque cada crisis es un caso único, con ánimo meramente ilustrativo, explicaremos el proceso seguido por los trece principales países del mundo que, en los últimos veinte años, han devaluado sus monedas para salir de una crisis: Islandia en octubre de 2008; Argentina en diciembre de 2001; Georgia en diciembre de 1998; Indonesia, Tailandia, Malasia y Corea del Sur entre julio y diciembre de 1997; Méjico en diciembre de 1994; Irán en marzo de 1993; Italia, Gran Bretaña, Finlandia y Suecia entre agosto y noviembre de 1992;
Según el estudio publicado en diciembre de 2011 por el prestigioso Center for Economic and Policy Research - de cuyo Consejo Asesor forman parte dos premios Nobel, R. Solow y J. Stiglitz, junto con el profesor de la Universidad de Harvard R. Freeman - las devaluaciones de estos trece países oscilaron entre un 96% y un 23%, con un valor medio del 43%. Sus economías se contrajeron durante un período de tiempo que osciló entre cero y 5 trimestres contados desde la fecha de la devaluación, con un valor medio de 2,5 trimestres. La reducción del PIB al final de este período de contracción varió entre cero y el 16,6%, con una reducción media del 6,6%. Tres años después de la devaluación, el PIB había superado el valor previo a la devaluación en 10 de los trece países, alcanzando en estos 10 países un crecimiento medio del 10,3%. El PIB de los otros tres países, tres años después de devaluar, era un 7,6% inferior al valor anterior a la devaluación. Estos resultados son incomparablemente mejores que los de Letonia cuyo PIB, tres años después de iniciado el proceso de deflación interna, seguía siendo un 21,3% inferior al inicial .

 La experiencia Argentina
 Especial atención, por su proximidad cultural con España, merece el caso de Argentina. Este país intentó mantener la paridad del peso con el dólar a costa de una dura recesión durante los años 1998-2001. En diciembre de 2001, cambió su estrategia, suspendió pagos en su deuda pública y, unas semanas después, permitió que el peso se devaluara libremente. El resultado fue que su economía, que ya se había contraído cerca de un 15% antes de la devaluación, decreció otro 5% durante el primer trimestre que siguió a ésta pero, a continuación, empezó a crecer, ligeramente durante tres trimestres y fuertemente a partir de 2003. En el primer trimestre de 2005, el PIB había ya recuperado el nivel anterior a la devaluación .
En 2010 el crecimiento del PIB fue del 9% y en 2011 fue superior al 6%. El crecimiento acumulado del PIB durante el período 2003-2011 ha sido del 90% en términos reales. Todo esto a pesar de la suspensión de pagos de su deuda pública y de no tener prácticamente acceso a los mercados financieros internacionales. Conviene resaltar que, en contra de lo que se cree, la contribución acumulada de las exportaciones al crecimiento de PIB durante la expansión de los años 2002-2008 fue de sólo 7,6 puntos porcentuales, es decir, el 12% del crecimiento total. El desempleo ha caído del 18,4% en 2001 al 9% en 2011 , el índice de pobreza, que alcanzaba casi el 50% de la población en 2001, bajó al 14% a principios de 2010 y el índice de pobreza extrema se ha reducido desde el 25% en 2001 al 6,6% en 2010 . La gráfica de la evolución del PIB, que figura a continuación es suficientemente expresiva del buen resultado del proceso de devaluación y quita seguido por Argentina.

Fuente: Center for Economic and Policy Research


POSIBLE EVOLUCIÓN DE LOS ACONTECIMIENTOS

Algunos analistas y políticos, empeñados en aterrorizar al ciudadano con todas las catástrofes imaginables para el caso de que España abandonara la zona Euro, han llegado a afirmar que el PIB se contraería un 60%. Esto es obviamente un disparate y la historia de las trece devaluaciones, explicada anteriormente, lo confirma. Tampoco tienen razón quienes afirman que el abandono de la zona euro implica la obligación de dejar la Unión Europea; el que este supuesto de abandono no esté previsto en los tratados en absoluto puede llevarnos a esta conclusión. En principio, ningún país está interesado en que otro sea expulsado de la Unión Europea y, por lo tanto, siempre se encontrará un acomodo para esta situación. Sin duda, el proceso es duro y traumático pero mucho menos de lo que nos quieren hacer creer.

Existen distintos supuestos:

A. El abandono de la zona Euro por parte de Alemania y algún otro país de economía fuerte como podría ser Holanda o incluso Francia. En este caso, quedaría una zona Euro con países de economía débil, entre ellos España. El Euro sufriría una fortísima devaluación que permitiría a los países que quedaran en su zona recuperar, al menos en parte, la competitividad perdida. Esta sería para España la opción menos traumática y no es del todo descartable ya que los últimos sondeos reflejan que un 42% de los alemanes desean que su país abandone el euro.

B. La disolución total de la zona Euro. Tampoco es una solución totalmente descartable para el caso de que las cosas se pongan muy mal y Francia y Alemania vean que es imposible seguir financiando la costosa y creciente deuda pública de los países PIIGS. Para España no sería mala pues, siendo pactada, el porcentaje de quita tanto de la deuda pública como de la privada habría sido previamente decidido por acuerdo de todos los países.

C. El supuesto más complicado sería el de que España tomara la iniciativa política de abandonar la zona euro o fuera empujada por los mercados o por la salida de otro de los países periféricos. Un país como España con un fortísimo endeudamiento frente al exterior e importantes déficit comercial y presupuestario queda siempre a expensas de las decisiones de los mercados. Hasta ahora, el Banco Central Europeo está consiguiendo contrarrestar la presión de éstos pero no sabemos por cuánto tiempo los alemanes van a seguir soportando que el balance del banco se infle desmesuradamente.
En este supuesto, una hipótesis sobre la posible evolución de los acontecimientos podría ser la siguiente:

1. El Gobierno tomaría la decisión durante un fin de semana con los mercados cerrados y los mantendría sin abrir durante al menos una semana.


2. Inmediatamente se iniciarían negociaciones con todos los países acreedores para acordar las quitas, tanto de la deuda pública frente al exterior como de la de bancos, cajas e instituciones financieras con entidades o residentes extranjeros. Estas negociaciones llevarían tiempo y, mientras duraran, España suspendería de forma inmediata el pago al extranjero de su deuda pública, incluyendo intereses y principal.

3. Habida cuenta de que el sistema bancario español tiene una deuda externa de más de 500.000 millones de euros, la devaluación de la moneda nacional implicaría la quiebra de muchos bancos y cajas que deberían ser temporalmente nacionalizados. El Banco de España pondría al frente de cada entidad nacionalizada a un empleado de alto nivel que hiciera posible que las instituciones funcionaran con normalidad y continuaran concediendo créditos y respondiendo a las demandas de sus clientes. El Estado recapitalizaría los bancos y cajas quebrados y los reprivatizaría en un plazo posiblemente no superior a tres años.

4. Todos los depósitos bancarios, cuentas corrientes, créditos, deudas, contratos y obligaciones entre residentes en España serían, por Decreto Ley, denominados en Euros “E” o Euros españoles. El ciudadano ordinario no percibiría ningún cambio, excepto si viajara al extranjero o comprara bienes importados.

5. Los contratos deudas y obligaciones entre particulares o entidades no financieras residentes en España y entidades financieras o no financieras y particulares residentes en el extranjero serían, en su caso, objeto de negociación privada entre las partes.

6. Todos los billetes detentados en España serían estampillados por los propios bancos convirtiéndose así en Euros “E” o Euros españoles, y ello como medida provisional hasta que se decidiera sobre la denominación, diseño y puesta en circulación de la nueva moneda nacional, operación que podría llevar de seis a doce meses. Los residentes en España poseedores de billetes estarían obligados a llevarlos a los bancos para su estampillado. Los residentes en el extranjero en viaje por España podrían sacar al extranjero una cantidad limitada de Euros “fuertes” en billetes no estampillados o en metálico. Las monedas en circulación seguirían siendo válidas hasta que se sustituyeran por otras de distinto diseño y denominación pero con las mismas dimensiones y peso para facilitar su uso en cajeros y máquinas.

7. El Banco de España llegaría a acuerdos con banco privados extranjeros para depositar en ellos divisas que permitieran a los comerciantes seguir importando mercancía y mantener el tráfico ordinario.

8. El Banco de España fijaría diariamente el tipo de cambio oficial para la compra y venta de divisas con moneda nacional. Se estima que la moneda nacional sufriría inicialmente una devaluación con respecto del Euro del orden del 40% al 60%, aunque al cabo de algunos meses recuperaría, quizá, entre 10 y 15 puntos porcentuales de la pérdida inicial.

9. La economía, impulsada por el turismo y las exportaciones, empezaría a reanimarse en muy pocos meses, lo que repercutiría en los ingresos públicos, en la reanimación del sector inmobiliario, sobre todo en las zonas turísticas, y en la disminución de la morosidad del sistema bancario.

Ciertamente, todo esto es más complicado y asusta mucho más que hacer unos cuantos recortes en el gasto de la Administraciones Públicas, subir algo los impuestos, introducir un par de retoques en la normativa laboral y esperar a que los acontecimientos y el tiempo arrastren al país a una situación de total depresión económica y social o a que un milagro lo saque de este marasmo. Pero hay que entender que no estamos en un debate intelectual de salón, sino que lo que está en cuestión es la elección de una estrategia que puede conducir al desempleo y miseria o al bienestar de millones de españoles durante muchos años. Los ciudadanos tienen derecho a esperar de sus dirigentes políticos e intelectuales claridad de juicio, valentía y decisión para adoptar las medidas necesarias, aunque asusten y pongan en riesgo su propio prestigio. Nunca la indecisión y la inacción han sido el fundamento de una buena estrategia. ¿Y el resto qué...?

lunes, 4 de junio de 2012

Por qué España debe salirse de la zona del euro (I), por Manuel Balmaseda

Cada vez somos más los que pensamos que o escapamos de la esclavitud del euro o este país no levanta cabeza ni así pase medio siglo. Eso sin descartar que al final la presión sobre España acabe siendo tan grande que en lugar de escapar de él terminen por echarnos de la unión monetaria. En todo caso, por la actualidad y el interés del asunto, con la prima de riesgo por encima de los 500 puntos básicos desde hace dos semanas y los rumores de intervención a la orden del día, me parece de lo más oportuno rescatar esta serie de artículos del economísta Manuel Balmaseda para el diario digital El imparcial.

En mi opinión se trata de uno de los diagnósticos más certeros y mejor fundados que se puedan leer en internet sobre la coyuntura actual.  A lo largo de los tres artículos Balmaseda identifica claramente el origen de nuestros problemas, descarta otros diagnosticos errados muy en boga, analiza el abanico de posibilidades que se no presenta y apuesta decididamente por  la solución que ya anuncia el título: salirse de la zona del euro.

Vamos con el primero:


Por qué España debe salirse de la zona Euro (I), por Manuel Balmaseda

EL PROBLEMA

Ha habido en la Historia muchos intentos de uniones monetarias. Simplificando, se puede decir que han tenido éxito las que han ido acompañadas de la unificación política plena en un solo estado soberano, con un gobierno central, un poder legislativo y un presupuesto. Uniones monetarias con éxito lo fueron la de Inglaterra y Escocia de 1707, la unificación Italiana de 1861, la creación de la Reserva Federal de EEUU en 1913 o la unión de las dos Alemanias de 1990. Fueron ejemplos de fracaso la Unión Monetaria Latina creada en 1865 entre Francia, Bélgica, Italia y Suiza o la Unión Monetaria Escandinava entre Dinamarca y Suecia, a la que se sumó Noruega en 1875, y que sobrevivió hasta 1920.
La Unión Monetaria Europea es un caso casi único y sin precedentes. Se inicia en 1999 con 11 países, entre ellos España, y hoy integra a un conjunto de 17 estados independientes, sin que haya unidad cultural y lingüística entre la mayoría de ellos y sin que exista un proyecto definido de unificación política plena, con renuncia a la propia soberanía de cada estado, todo ello sin perjuicio de los anhelos y buenos deseos de muchos europeístas convencidos.

Las ventajas de esta unión son indudables. Aparte del beneficio de una mayor integración política, la unión monetaria aporta una gran estabilidad y ahorro en las transacciones comerciales pues evita los costes y riesgos de cambio.
Sin embargo, limitándonos al caso de España, las consecuencias perjudiciales del Euro han sido enormes.

El Banco Central Europeo ha seguido, como es lógico, una política de tipos de interés adecuada a los países con más peso económico y político, en su conjunto, dentro de la zona: Alemania, Francia, Holanda, Bélgica, Luxemburgo, Finlandia y Austria. Estos son países con una cultura y tradición de inflación baja, a diferencia de España, Italia o Portugal que por su estructura económica, hábitos comerciales y, sobre todo, marco de relaciones laborales han mantenido un historial de inflación mucho más elevada.

En el caso de España, los tipos de interés reales — deducida la inflación verdadera — que ha venido aplicando el Banco Central Europeo han resultado ser muy bajos o próximos a cero, con la consecuencia de que las empresas y las familias se han endeudado durante la década de vigencia del euro de forma alarmante: las empresas han incrementado su endeudamiento en el equivalente a un 62% del PIB y las familias en una cantidad igual al 41% de su renta disponible . Pero lo más grave ha sido el endeudamiento de la economía española en su conjunto frente al exterior que, entre los años 2000 y 2009, ha aumentado en 739.000 millones de euros, el equivalente a un 69% del PIB de este año. Como resultado, a finales de 2009 la economía española debía a bancos y entidades extranjeras un total de 925.000 millones de euros, que representa un 86% del PIB, y más de la mitad de esta cantidad, el equivalente al 47% del PIB, correspondía a deuda de bancos y cajas con el extranjero.
El resultado ha sido dramático principalmente en tres aspectos:
Burbuja inmobiliaria.

Este disparatado endeudamiento ha servido, entre otros fines, para financiar una gigantesca inversión inmobiliaria especulativa que ha atraído una masiva inmigración de mano de obra no cualificada. Este problema es tan patente y sobradamente conocido que huelga dar cifras para explicarlo. Un paseo por las urbanizaciones fantasma de Seseña, Guadalajara o la Costa del Sol ilustra más que muchas cifras.

Pérdida de competitividad

La economía española ha crecido enormemente durante estos años de bonanza — 2000 a 2007 — pero sobre la base de un desarrollo precario dirigido al consumo interno, con el consiguiente encarecimiento de los costes de producción que no ha ido acompañado de mejoras de la productividad. Como consecuencia se ha producido un enorme deterioro de la competitividad de la economía española frente al extranjero. El indicador de competitividad calculado por la OCDE — que combina los costes laborales, la productividad y los tipos de cambio de las divisas de los socios comerciales — se ha deteriorado en España en un 31% entre los años 2000 y 2008 mientras que en Alemania ha mejorado en un 2% durante estos mismos años. Es decir, en comparación con Alemania, España es un 33% menos competitiva en los mercados extranjeros. Otro indicador distinto, tomado del Boletín Estadístico del Banco de España para el período de 1999 a 2008, refleja una caída de la competitividad de España frente a los países desarrollados del 15,2%. No es de extrañar que, si exceptuamos el sector del ocio y turismo, las multinacionales no inviertan en España y que se marchen una vez que hayan amortizado sus inversiones. Es precisamente la mejora de su competitividad en relación con los otros países de la zona Euro lo que explica que Alemania esté saliendo de la crisis mundial mejor que ningún otro país de su entorno y que tenga ahora una tasa de desempleo del 6,8%, la más baja desde su reunificación. Las exportaciones de bienes y servicios han pasado de representar un 29% del PIB en el año 2000 a un 26,5% en el año 2008, mientras que en Alemania han pasado, en estos mismos años, del 33,3% al 47,5% del PIB . La primera década de vigencia del Euro, en contra de lo previsto, no ha producido una convergencia sino una divergencia en los diferenciales de productividad preexistentes. Lo más insólito de todo esto es que, incluso durante los años 2008 y 2011 en que España sufre un brutal aumento del desempleo, el índice de precios industriales haya subido un 2,5% anual , los costes laborales hayan aumentado un 1,4% anual y los costes laborales en la construcción un 3,3% anual . Este último dato es tan insólito que si no proviniera del Banco de España habría que cuestionarlo.

Déficit público

El empleo y los beneficios generados han engrosado las arcas públicas de forma que las Administraciones Públicas se han puesto a gastar como si la bonanza fuera para siempre, con el consiguiente deterioro súbito de sus cuentas en cuanto ha estallado el globo del crecimiento artificial centrado en el ladrillo. Para agravar más el déficit, a la pérdida de ingresos se ha sumado el incremento de los gastos generados por el desempleo, que ha aumentado en más de 3 millones de trabajadores.

EL EURO EN EL ORIGEN DEL PROBLEMA
Los problemas aquí expuestos son generalmente admitidos sin discusión. El gran debate surge a la hora de analizar las causas y, obviamente, las soluciones posibles.

Si España se hubiera mantenido en la peseta, como Gran Bretaña en la libra, los mercados no hubieran prestado tanto dinero a tan bajo tipo de interés. A medida que hubieran aumentado la deuda externa y el déficit por cuenta corriente, la peseta hubiera tendido a devaluarse y los tipos de interés a subir. También el Banco de España hubiera tenido independencia para fijar una política financiera más restrictiva. Todo ello hubiera impedido, o al menos aminorado, la locura especulativa en el sector inmobiliario, la masiva entrada de mano de obra no cualificada y el enorme endeudamiento externo de la banca. La ficción, creada por los políticos, de que la entrada en la Zona Euro era irreversible ha inducido a los bancos y fondos extranjeros a subestimar el riesgo en que incurrían al comprar bonos españoles.

Los políticos del continente Europeo, los banqueros, las grandes empresas no exportadoras y los medios de comunicación se han confabulado para convencer al ciudadano de que el origen del problema no está en el Euro sino en el excesivo gasto de las Administraciones Públicas. De ahí la conclusión unánime de que hay que recortar el gasto público y que así se solucionarán los problemas de España y demás países periféricos de la zona Euro.

Veamos por qué esto es una falacia, y ello sin perjuicio de considerar muy necesario suprimir gastos superfluos, ineficiencias y corrupción en las Administraciones Públicas. Entre el año 2000 y 2007 España ha cumplido mejor que Alemania y Francia con los límites del 3% anual de déficit presupuestario y del 60% de deuda pública, en porcentaje sobre el PIB. España no ha sobrepasado en ninguno de estos años estos límites, como sí lo han hecho estos dos países, incluso ha tenido un superávit de cerca del 2% en sus cuentas públicas en los años 2006 y 2007. La deuda total y el déficit anual de las 

Administraciones Públicas españolas es actualmente, en porcentaje sobre el PIB, inferior a la de EEUU o Gran Bretaña y, sin embargo, los mercados aceptan su deuda a 10 años a tipos inferiores al 2% mientras que, en el caso de España, se niegan a prestar a tipos del 6,5% y sólo la intervención masiva de Banco Central Europeo, primero directa y ahora indirectamente a través de préstamos a los bancos, ha hecho posible que España pueda colocar su deuda al 5,5%. De verdad, ¿qué temen los mercados en el caso de España? Pues pregúntese a cualquier gestor de fondos extranjero y sabremos que los inversores privados no quieren comprar deuda Española a 10 años por el temor a que, para entonces, España haya sido expulsada de la Zona Euro y se les devuelva su préstamo en pesetas o euros españoles. Y ¿por qué no les gustará recibir en pago moneda española? Porque saben que la futura moneda española, cualquiera que sea su denominación, se habrá devaluado entre un 35% y un 50%, que es el porcentaje de devaluación que los expertos estiman que necesita la economía española para recuperar su competitividad frente al exterior.

La receta que están imponiendo la señora Merkel y el señor Sarkozy a los países llamados periféricos, y entre ellos a España, es un disparate, que desaprobaría cualquier alumno de primero de económicas. Como se ha comprobado en el caso de Grecia, que ha sido el primer país sometido a la disciplina comunitaria, la reducción del gasto público es una medida pro cíclica que no hace sino profundizar la recesión, reduciendo aún más los ingresos públicos y aumentando el desempleo y los gastos que conlleva. El resultado es que, caeteris paribus, el déficit no se reduce sino que, por el contrario, aumenta. Las medidas que pretenden aplicar la Unión Europea y el FMI simplemente prolongan la agonía. Incluso si Alemania - o para el caso China o Brasil, a quienes también se está pidiendo dinero — estuvieran dispuestos a aportar billones de euros al fondo de rescate creado para financiar la deuda española e italiana, con ello España no recuperaría la competitividad perdida durante los años de bonanza vividos al abrigo del Euro. Cuanto más dinero presten a España más aumentará la deuda externa y más grave será el problema el día, que llegará, en que España se vea obligada a salir de la zona Euro para poder competir por sus propios medios.

Ahora la pregunta es ¿por qué tienen Francia y Alemania ese empeño en que España se apriete el cinturón y no salga de la unión monetaria? Pues también es fácil de comprender: la salida de la zona Euro y consiguiente devaluación — porque para eso se sale de la zona Euro, para devaluar — implicará una importante pérdida para los tenedores extranjeros de deuda española, pública y privada, y da la casualidad de que los principales tenedores de esta deuda son los bancos, empresas y fondos de inversión franceses y alemanes. No es que Merkel o Sarkozy tengan a España o a Italia especial cariño, es que no quieren sufrir las consecuencias de la quita que se avecina o por lo menos no quieren que se produzca mientras estén ellos en el poder. Actúan como el banquero que presiona para que el deudor se apriete el cinturón y pague el 100% de la deuda sin quitas ni descuentos.

Es cierto que la Comisión Europea y el FMI también insisten en la necesidad de acometer reformas estructurales en la economía, pero con éstas no se conseguiría recuperar la competitividad ya perdida sino sólo evitar la pérdida futura.

 

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lunes, 13 de febrero de 2012

Yo

Esto de los memes es como una especie de bucle recursivo en el que una vez se entra ya no es posible salir. Pero como lo prometido es deuda, aunque con retraso, voy a recoger el guante que tan pícaramente me ha arrojado Ana Pepinillo y voy a responder a las preguntas. Lo haré con escrupulosa sinceridad, faltaría más, pero además me permitiré una licencia maliciosa: en una, y sólo una, mentiré como un bellaco. Adivinar en cuál es tarea vuestra:

Tres lugares en los que has estado y volverías a estar: ¡Pero si yo nunca he salido de casa! Pues no sé, supongo que... en el parque de la piedad... en el campo de fútbol y... no, no, es broma. En verdad sí he salido, aunque casualmente sólo a tres ciudades, así que no tengo elección: Granada, Toledo y Lisboa.


Tres motivos por los que te gusta formar parte de la blogosfera: Por orgullo, por vanidad y por egolatría.... Al menos esas son las razones inconfesables que por supuesto no voy a confesar. Así que diré que me gusta compartir entusiasmos y aficiones; que aunque sean pocos, siempre es agradable tener quien te lea, y además a veces hasta conoces a personas que merecen la pena.


Tres libros favoritos: ¿Sólo tres? joder, qué difícil. En fin, los tres favoritos que se me vienen a la cabeza ahora mismo: Juan de Mairena, de Antonio Machado, El callejón de los milagros, de Naguib Mahfuz, y El lobo estepario, de Hermann Hesse.



Tres cosas que te gustaría hacer y que todavía no has hecho: Vivir algunos años en el extranjero, preferiblemente en Japón; ganar el Nobel de literatura, o en su defecto, escribir una novela que realmente merezca la pena ser leída, y si tampoco, por lo menos un buen relato corto... y recorrer el mundo de restaurante en restaurante.




Tres cosas que te alegran el día:
Despertarme y saber
que no tengo que trabajar (trabajo por cuenta ajena, se entiende, que yo en mi tiempo libre trabajo una jartá); acabar satisfactoriamente la corrección de un texto; ver/leer una buena película/libro/tebeo.


Tres palabras que te definan: tímido, vago e inseguro hasta el delirio, vamos justamente las tres cualidades que más aprecian ellas...


Tres sitios donde no has estado pero que te gustaría visitar: París, Oporto y Estambul.


Tres de tus comidas favoritas: trucha asalmonada en caldo especial (según la receta de Simone Ortega), chuletón de buey a la plancha y sopa de sobre con patatas fritas.


Tres olores que te gusten: el olor a tinta de los libros nuevos; el de las palomitas de maiz y el del suavizante entre las sábanas limpias.

Tres sueños: Curioso, los que mejor recuerdo, porque además son los más recurrente, son los desagradables: está muy oscuro, tengo miedo, quiero encender la luz, pero la luz nunca se enciende... ; me persiguen por las calles del pueblo, sueño que en el fondo más que angustioso (jamás me atrapan) es agotador (puedo pasarme la noche entera corriendo de un lado a otro)... ; tomo el ascensor en la planta baja y cuando llega al piso solicitado en lugar de parar continúa su ascensión infinitamente...


Videos tu.tv

Tres personas: me niego a responder. Mal que me pese, uno aun puede discriminar entre libros o películas y elegir tres y sólo tres; con las personas no pienso hacerlo. Todas las que forman parte de mi vida son, cada una a su manera, imprescindibles.


Tres colores: amaranto, opalino y aguamiel.


Tres películas favoritas: digo lo mismo que con los libros; las tres favoritas que se me vienen ahora a la cabeza: Las uvas de la ira, de John Ford, Apocalypse now redux, de Francis Ford Coppola y El amor después del mediodía, de Éric Rohmer



Tres mentirijillas que hayas dicho: yo nunca miento, sólo la puntita y fue sin querer.


Tres personajes que odias: Pablo de Tarso, Mahoma y Scarlatta O´Hara.



Tres personas de la blogosfera que te atraen de una forma especial: picarona, picarona... pues yo aquí también me puedo hacer el misterioso y decir, para que haya elucubraciones, que: esa, ella y aquella.

Tres momentos que te hicieron reír hasta dolerte la boca: el United remontándole la final de la Champions al Bayern Munich en el tiempo de descuento; la escena del espejo en Sopa de gansos y el día en que Labordeta mandó a la mierda a los diputados del PP.



Tres lugares o personas con las que te molaría montártelo o donde te molaría montártelo: en el espacio, o sea con gravedad cero; en la Capilla Sixtina y en la cocina de un restaurante, por supuesto con la Jessica Lange de El cartero siempre llama dos veces...


Y como yo no conozco a nadie, pues a nadie nomino y a nadie pregunto, que además es la única manera de poner fin a estos artefactos del demonio.
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jueves, 7 de abril de 2011

Mientras más las queremos (R)

Si me preguntan qué es el amor, al igual que San Agustín en otros menesteres, les responderé circunspecto que no tengo ni la más mínima idea. En cambio, si tienen la deferencia –y la educación- de no preguntarlo, entonces, a diferencia de aquel, les diré que sigo sin saberlo. Pero recompensaré la amabilidad contándoles una historia, por lo demás intrascendente, que acaso ilustre con mayor claridad que cualquier confusa explicación qué es para mí el amor.

Los hechos que voy a narrarles sucedieron a principio de los ochenta, cuando tras divorciarme de mi tercera mujer decidí volver a España. No llevaría un mes instalado en Madrid cuando fui invitado a pronunciar unas palabras en el acto de presentación del último libro del mexicano Jorge Duarte. El acontecimiento, que tendría lugar en los salones del Ritz, estaba previsto para el fin de semana siguiente. Yo no había leído por entonces ni una sola línea suya, por lo que la cordura y la prudencia deberían haberme exigido rechazar amablemente la invitación y olvidarme sin más del asunto. Sin embargo razones de orden superior no me dejaron más opción que aceptar: pagaban generosamente y a mí, tras mi reciente divorcio, no me sobraba precisamente el dinero. Al menos, para acallar las protestas de mi conciencia, procuré pasar los días previos pegado a los anaqueles de la Biblioteca Nacional, leyendo cuanto análisis o reseña sobre su obra pude encontrar. Ya en las vísperas del acto alcancé a escribí una elogiosa semblanza de cuatro folios en la que, con la autoridad que concede la ignorancia, hice exaltación de la crudeza con la que sus novelas reflejan la lucha desigual del hombre despojado de valores por la sociedad de consumo. Con todo, y contra los dictados de la sensatez y el buen gusto, recibí el aplauso entusiasta de los asistentes y la agradecida felicitación del propio Duarte.

Pero retrocedamos un poquito en el tiempo; mi historia, de no ser por las dudosas exigencias de la técnica narrativa, debería haberse iniciado cinco años antes, en Santiago de Chile, en un tiempo en el que ninguno de los dos tenía aun la más mínima notoriedad en el panorama editorial. Nos habíamos conocido en un acto similar organizado por la Universidad Católica; el viejo Urdiales, que en paz descanse, presentaba aquella noche la que a la postre sería su última novela y un amigo común, entusiasmado por el paralelismo que creía reconocer entre nuestras carreras literarias, insistió concienzudamente en presentarnos. Confieso que a pesar de las magnificas referencias de nuestro amigo me resistí tanto como pude: entonces andaba sumido en el dolor de mi segundo divorcio y Duarte, apenas un muchacho imberbe de maneras torpes y la piel blanca pegada a los huesos, no tenía precisamente el aspecto de alguien a quien aguarde un destino señalado. No me apetecía para nada conocer a otra promesa de las letras hispanas, otra más de las que con el tiempo -decían- nos harían olvidar a los nombres sagrados del Boom. Sin embargo algo en su mirada me hizo intuir que bajo aquellos ojos timidos ardía una especie de fuego orgulloso y triste que prometía un material excelente para algún futuro relato. Hablamos por casi una hora.

Con voz apagada y nerviosa Duarte fue haciendo una sentida exposición de todos los tópicos y lugares comunes con los que los jóvenes escritores suelen defenderse del peso de la indiferencia. Mientras tanto, aburrido, yo iba dando cuenta de las bebidas ofrecidas y cediendo poco a poco a los efectos del alcohol. Fue entonces, en medio de no sé qué lamento, cuando la vi por primera vez: era joven y muy hermosa; el pelo oscuro le caía con gracia sobre los ojos grandes y vidriosos. Duarte palideció y perdió inmediatamente la voz; guardó silencio durante un instante y después, ensimismado, pregunto “¿por qué mientras más las queremos más nos desprecian ellas?”. No supe o no quise contestarle. De inmediato abandonó cualquier interés por la conversación y pareció sumirse en la melancolía. Alguien me contó más tarde que se llamaba Laura y que por lo visto el mexicano andaba perdidamente enamorado mientras ella se dedicaba a jugar con sus esperanzas. Volví a fijarme en la muchacha. Era verdaderamente hermosa. No me costó comprender la fascinación que ejercía sobre él.

A esta insignificante anécdota se reducía todo mi conocimiento sobre Duarte cuando hice la presentación de su libro. Volvimos a charlar aquella noche, ya en el cóctail posterios. A pesar del escaso tiempo transcurrido y aun cuando la vida parecía haberle tratado bien -sus últimas novelas habían sido bien acogidas por la crítica y registraban ventas no desdeñables- lo hallé bastante envejecido. Su pelo escaseaba sobre su cráneo desigual y las pocas y mal repartidas matas eran ya plateadas. Duarte hizo esta vez repaso pormenorizado de sus proyectos futuros mientras yo, igualmente aburrido y de acuerdo a la costumbre, iba rehogando sus palabras con buen vino. A mí no me interesaban lo más mínimo sus planes inmediatos, así que envalentonado por el alcohol y acordándome de nuestro único encuentro, le pregunté malicioso por las razones por las cuales ellas nos desprecian con mayor ahínco cuando nosotros las queremos con más entusiasmo. No llegó a contestarme: en ese preciso momento, radiante y aun más hermosa y joven de lo que yo podía recordar, Laura hizo acto de presencia en la sala y besándolo y pidiéndome disculpas se lo llevó aparte. Me quedé fascinado observándolos. Al parecer llevaban año y medio casados. No volví a hablar con Duarte en el resto de la noche, hasta lo sucedido después en la habitación.

Aproveché para perderme por los enormes salones del Ritz, deambulando de un lado a otro sin rumbo definido y conversando ocasinalmente con todo tipo de invitados: editores que aprovechaban la ocasión para pedirme algunos cuentos, empresarios de los medios de comunicación que se deshacían en elogios hacia mi obra y me proponían colaboraciones en sus periódicos o esposas cincuentonas que se declaraban admiradoras incondicionales de mis novelas. Mientras, seguía dando cuenta de los caldos ofrecidos, tanto que, para cuando el acto alcanzó su apogeo, ya las proporciones de mi embriaguez aconsejaban la retirada cautelosa y discreta. Sin embargo éstas nunca han sido cualidades que adornen mi persona; fui a los servicios y dejé hueco para seguir bebiendo. Fue entonces cuando me encontré a solas con Laura.

No pude evitar examinarla de arriba abajo; lucía un traje de noche oscuro que se le cenía con generosidad sobre las caderas y los pechos y que la hacía muy deseable. Aproveché la ocasión para presentarme. Ella conocía bien mi obra e incluso se permitió la confianza de realizar varias observaciones, sin duda muy inteligentes, que yo no estaba en condiciones de apreciar. Hablamos desprejuiciadamente de literatura, de su marido, de ella, de mí, de sexo... Además de verdaderamente hermosa, era una mujer fascinante, de una inteligencia y maldad sin límites. Me sentía hipnotizado por el desparpajo con el que exhibía su perversidad. Mientras hablábamos yo seguía bebiendo; ella me acompañaba fácilmente. Sé que deseaba ardientemente besarla pero no puedo asegurar que fuese yo quien lo hiciera primero. Fuera como fuese, lo cierto es que no lo lamenté. No tardamos en acabar desnudos en una de las habitaciones del hotel.

Lo que sucedió después se me hace muy confuso, mezclado con el regusto amargo de los vómitos. Recuerdo a Jorge Duarte llorando y a Laura marchándose de la habitación enfurecida. Me recuerdo doblado ante un retrete, vomitando una pasta negra y pestilente. Fue el propio Duarte quien evitó que me cayera al suelo agarrándome por debajo de los brazos mientras lloraba resignadamente. Comprendí que aquello no era algo nuevo para él. Mientras la habitación bailaba vertiginosamente sobre nosotros le aconsejé que la dejara.

Ya he dicho que estos últimos acontecimientos los recuerdo muy confusamente, difuminados por la niebla que el alcohol dejó en mi memoria. Sería conveniente aceptarlos como una recreación aproximada de lo que debió de sucedió en aquella habitación del Ritz de Madrid. Sin embargo hay algo que no soy capaz de olvidar: la profunda tristeza con la que me dijo, mirándome a los ojos, que no somos más que lo que amamos.

No los volví a ver hasta cinco años después, en el D.F. Le habían concedido el Premio Nacional de la Crítica. Me alarmó comprobar lo avanzado de su deterioro físico. Sin embargo, por ella parecían no pasar los años.
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sábado, 2 de abril de 2011

El extraño mundo del noveno arte: El Capital, de Max y Mir (R.C.)

A pesar de constituir un arte frecuentemente denostado por la oficialidad cultural y de ser ninguneado históricamente por aquellos que dan o quitan certificados de legitimidad artística, signifique eso lo que sea que deba significar, el cómic ha contado desde siempre con una cualidad que no ha pasado desapercibida ni siquiera para quienes más lo desprecian. El maridaje en armonía de imagen y palabra, el equilibrio secuencial entre verbo e icono se ha revelado con el paso del tiempo como herramienta perfecta para el ejercicio de la pedagogía y vehículo preciso en el desarrollo de la exégesis. Lo sabía el ejército norteamericano, que ya en la década de los cincuenta contrató nada menos que al maestro Eisner, a través de su American Visual Corporation, para la realización de cómics explicativos. Y lo sabían Francesc Capdevilla y Francisco de Paula Mir Maluquer, o lo que es lo mismo, Max y Mir, cuando en 1976 proyectaron adaptar al medio el tomo I de El Capital de Karl Marx.

Nuestro primer Premio Nacional del Cómic (2007) y el actor, director guionista y ex miembro del trio humorístico Tricicle se aliaron para conseguir la nada desdeñable gesta de sintetizar en apenas 63 páginas de tamaño fanzine -pequeñitas pequeñitas- la extensa biblia del marxismo sin renunciar por ello a sus elementos claves y esenciales, desde la naturaleza de la mercancía, la formación del dinero, la esencia de la plusvalía y la superplusvalía pasando por la división del trabajo o el proceso de acumulación capitalista. Ameno y accesible, acaso excesivamente infantil en su grafismo debido a su caracter fanzinero, el trabajo de Max y Mir se erige en una adecuada antesala a la obra marxista, a la que indudablemente ni puede ni pretende sustituir, pero de la que sí que sirve de atractivo reclamo y banderín de enganche para un posterior acercamiento con mayor profundidad y detalle. Porque además la versión en viñetas de El Capital no sólo se amuralla en su labor divulgativa, sino que trata de ir más allá y aspira decididamente a ganarse para la causa la simpatía del lector, involucrándole en la dialéctica de clases, envolviéndolo de lleno en la áspera confrontación entre capitalistas y proletarios y tomando partido, faltaría más, por uno de los bandos en litigio. Razón ésta por la cual tal vez se resienta en algunos pasajes de un deje excesivamente panfletario que le resta en eficacia persuasiva. Un tono que en el fondo es herencia directa de la obra original, aunque ciertamente Marx se cuidaba mejor de camuflarlo tras el envoltorio pseudocientífico y filosófico de su análisis.

En definitiva, otro ejemplo más que pone en jaque la visión tradicional del cómic, aquella mirada miope que pretende reducirlo a la categoría de esparcimiento romo e inofensivo destinado a niños y a adultos aquejados de insuficiencia intelectual. Ya se sabe, los potitos, los potitos...

Ahí va el enlace para los que sientan curiosidad.


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viernes, 18 de marzo de 2011

Abraza la oscuridad, de Charles Bukowski (R.C.)

Umbral lo despachó sin contemplaciones juzgándolo apenas un Henry Miller sin talento; Bolaño le hizo justicia recomendándonos por activa y por pasiva que jamás leyéramos a Umbral. Y entre medias, entre una estupidez y otra, impasible en su ebriedad, Hank, el salvaje, el sátiro, el poseso, el poeta furibundo que se bebió la vida a tragos y en botella de cuello largo; que escupió a la cara de la sociedad de su tiempo y le dio por culo cuanto consienten en que le den por culo a esa ramera de vagina estrecha.

Vaya con esta entrada mi pequeño homenaje al alter ego de Chinasky, a ese sabio desquiciado que nos vomitó en novelas y poemas violentos como actos vandálicos toda la furia, el odio y la frustración del hombre derruido por la sordidez y la mediocridad del sueño americano. Y ya de paso, aprovechamos para tocarle las narices al snob de Umbral...

Abraza la oscuridad

La confusión es el dios
la locura es el dios
la paz permanente de la vida
es la paz permanente de la muerte.
La agonía puede matar
o puede sustentar la vida
pero la paz es siempre horrible
la paz es la peor cosa
caminando
hablando
sonriendo
pareciendo ser.
No olvides las aceras,
las putas,
la traición,
el gusano en la manzana,
los bares, las cárceles
los suicidios de los amantes.
Aquí en Estados Unidos
hemos asesinado a un presidente y a su hermano,
otro presidente ha tenido que dejar el cargo.
La gente que cree en la política
es como la gente que cree en dios:
sorben aire con pajitas
torcidas
no hay dios
no hay política
no hay paz
no hay amor
no hay control
no hay planes


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viernes, 11 de marzo de 2011

La piratería no existe, de Juan Gómez-Jurado

Poco más se puede añadir ante la vehemencia y la sensatez de la que hacen gala las palabras del escritor Juan Gómez-Jurado, autor de novelas de éxito como Contrato con dios, en este artículo en el que con valentía ejemplar saca a relucir las muchas miserias que se ocultan tras la aprobación de la "Ley Sinde". Ya se podía aplicar el cuento la susodicha señorita y empezar a trabajar realmente por la cultura de este país, en lugar de seguir haciéndole el juego a la industria cinematográfica norteamericana. En fin, os transcribo el artículo:

"Soy creador. Escribo novelas, y este –junto al periodismo- es mi único modo de vida. Mis dedos presionan medio millón de veces las teclas de este Mac, y como resultado se produce un archivo de texto que, una vez editado y corregido, se convierte en un libro que se traduce a decenas de idiomas. Mi familia y la hipoteca de mi casa dependen de mis derechos de autor. Según muchos medios de comunicación, y según muchos talibanes del todo gratis, eso me alinearía instantáneamente en las filas de los que defienden ese horror legislativo, falaz e inútil conocido como Ley Sinde, que se va a aprobar contra la voluntad de cientos de miles de ciudadanos.

Eso es mentira, y gorda.

Es una más de las que llevan apareciendo en los medios durante años, especialmente durante los últimos meses. Dicen que los españoles son piratas, que va en nuestra idiosincrasia, esa famosa picaresca tan tópica y desacertada como pintarnos a todos con el traje de luces y la paellera debajo del brazo.

Para empezar, es falso que España sea el país más pirata del mundo. De hecho en software, por ejemplo, ocupamos el puesto 79, según una encuesta de la BSA, y en cuanto al resto, los estudios de la International Intellectual Property Alliance achacan un nivel de “piratería” del 20%. ¿Cómo se conjuga eso con que haya que pagar el canon en el 100% de los casos?

Tampoco es real que la piratería esté matando el cine, cuya recaudación ha crecido a buen ritmo en los últimos diez años, al igual que el resto de contenidos. También es falso que yo tenga derecho a vivir de mi obra. Lo que tengo derecho es a intentarlo.

Sí, es cierto que las nuevas tecnologías hacen desaparecer el modelo de negocio basado en soportes físicos cerrados, lo cual es normal -también desaparecieron los fabricantes de carretas cuando Karl Benz inventó el automóvil-. No, no es cierto que las páginas de descargas tengan la culpa. ¿Acaso no es patente la incoherencia que existe por parte de la industria entre acusar a las páginas de descargas de “forrarse” y no intentar hacer lo mismo?

No defiendo las páginas de descargas, pues aunque sean legales no es justo que haya quien se aproveche del trabajo ajeno. Pero no son ellas la causa de todos los males, ni mucho menos quienes las usan ladrones y proxenetas, tal y como les llaman algunos -exiliados en Miami por causas fiscales-. Por cierto, para ellos el recordatorio de que para exigir al gobierno habría que empezar por pagar impuestos aquí como hacemos los demás.

El mayor problema que existe en el mercado en español es la ausencia de flexibilidad, de ganas de crecer y de adaptarse. En una palabra, y tal como Amador Fdez-Savater percibió en su cena con la ministra, sobreabundancia de miedo. Miedo a perder el status quo, la cadena alimenticia ante un cambio de paradigma. Y sin embargo tenemos ejemplos a nuestro alrededor de que si damos un paso adelante ocurrirá justo lo contrario.

Miremos a Estados Unidos, donde se han creado tres modelos de negocio impecables y de éxito abrumador. Kindle, iTunes y Netflix. El primero es una librería virtual que vende 775.000 títulos con precios en torno a los 7 euros para las novedades, mucho más baratos e incluso gratis para los libros de fondo de catálogo. Los libros se descargan en 30” con un solo clic en el propio dispositivo, que incluye 3G gratis. El segundo –único que opera en España- es, desde hace diez años, la referencia indiscutible en la música, habiendo vendido más de 10 mil millones de canciones. Y el tercero es un videoclub virtual con tarifa plana por 6 euros al mes. Para muestra de su éxito, baste decir que los mandos a distancia de los televisores que se venden en EEUU llevan desde 2011 un botón para acceder a Netflix de serie.

¿Qué tienen en común estos servicios? Lo más importante de todo es su sencillez. Una vez registrado en el servicio, no hay que hacer nada más. Los cobros se realizan por tarjeta de crédito, con total comodidad. Las descargas son instantáneas, y la calidad está garantizada. Las películas se ven en streaming, y están siempre disponibles. Los libros están editados por casas de primer nivel. La música no lleva protección anti copia, o DRM.

A esto hay asociado un factor precio, muy importante. Conscientes de que en la era digital la competencia es mucho más dura, los norteamericanos han buscado a la perfección el “sweet spot”, ese lugar donde interseccionan las ganas del consumidor de poseer algo rápido cuanto antes sin molestarse en buscarlo por Internet y obtenerlo con mala calidad, y la resistencia a soltar la pasta. En otras palabras, un precio justo. O sea, lo opuesto a lo que plataformas como Libranda –cuyo único objetivo, como señala Juan José Millás, parece ser no vender libros- están haciendo.

De nuevo, el miedo. DRM y precios altos. Que mis distribuidores no se enfaden. Que mi cuenta de resultados no se resienta. Que la gente haga lo que yo digo porque cierro los ojos muy fuerte y lo deseo mucho. Y si los consumidores tienen otras ideas… Que el gobierno proteja mis derechos inalienables, contra viento y marea.

En lugar de crear modelos de negocio funcionales, nos dedicamos a blindar el status quo con leyes absurdas, e insultar a nuestros mejores clientes. Llamarles piratas, sinvergüenzas y ladrones. ¿Quién creen ustedes que invierte 200 euros en un lector de ebooks, alguien que no lee? Al contrario, alguien que gasta tanto al año en libros que sabe que le acabará compensando la inversión. Y si no es capaz de encontrar contenidos interesantes de pago, los conseguirá por otras vías, con lo que de no conquistar a esta persona habremos perdido de un plumazo a un consumidor clave. Lo mismo sucede con los aficionados al cine y a la música, que llevan años haciéndolo así.

El mayor reto que tiene que superar la industria cultural en nuestro país es vencer el miedo y comprender que los piratas no existen. Tan sólo personas que quieren consumir cultura y que por desgracia hoy en día no encuentran alternativas razonables. Y a lo gratis sólo puede ganarle lo sencillo. Desde luego no leyes mordaza, retrógradas, que sirven tan sólo a los intereses de unos pocos.

Por último, una reflexión como creador. Nadie llega a crear nada que merezca la pena sin haberse empapado de los que soñaron antes que él. Alejandro Sanz, en ese barrio obrero de Moratalaz que nos vio nacer a Penélope Cruz, a él y a mí, tuvo que copiarse muchas casetes en su adolescencia, igual que yo me sentaba en un rincón en la FNAC de Callao los sábados por la mañana y leía por la cara decenas de novelas que me han ayudado a ser el escritor que soy. Vivimos el advenimiento de un cambio de modelo que está dando como resultado la era más luminosa de la humanidad, y ahora mismo hay centenares de adolescentes en nuestras calles que llevan dentro de si el potencial para ser los cantantes, los escritores y directores del mañana. Ellos también están descargando. No paréis nunca de hacerlo, ni de soñar. Y a quienes soñamos primero, os digo: dejad de tener miedo y abrazad el futuro de una vez por todas.

5 propuestas para el crecimiento digital

  1. Creadores, abrid los ojos. Aprendamos nuestros derechos y las opciones disponibles para monetizar nuestro esfuerzo, que no son siempre las tradicionales. Internet es, ante todo, nuestro mayor portal de exposición, y el mayor mercado del mundo. Y aquellos que navegan por él no son ladrones, sino personas como nosotros, tan dignas como nosotros aunque su trabajo brille menos que el nuestro.

  2. Ejecutivos de la industria, estudiad los modelos que funcionan. No infravaloréis a vuestro público. No deis cosas por supuestas. La España de pandereta ya no existe. Vuestra nueva audiencia es el ciudadano digital, y este no tiene el toro encima de la tele, entre otras cosas por que es extraplana, ya no cabe. Buscad economías de escala, mejor vender cien mil copias a un euro que mil copias a diez. Y por encima de todo, no compliquéis las cosas intentando que no copien. Lo harán igual, pero si es difícil lo que no harán será comprar.

  3. Consumidores, tened presente que copiar no es robar, pero también que hay alguien detrás de los productos que nos hacen felices. Hay un escritor detrás de los libros, y todo un elenco detrás de una película. Si es posible y hay una alternativa sencilla a un precio razonable, cómprala. Mientras lo permita tu economía, opta por lo original. Y por favor, no digas que una película o un libro son caros para luego bajar al bar y tomarte tres mojitos a 5 euros cada uno.

  4. Políticos, cread programas para ayudar a los autores a monetizar sus contenidos. Incentivad la creación de modelos de negocio novedosos. Luchad contra el IVA del 18% en las descargas, contra leyes como el precio único. Reformad la ley de la Propiedad Intelectual desde cero. Abolid el canon digital.

  5. Para todos, no insultemos. Intentemos ponernos en el lugar del otro, pues en la actual tesitura todos tienen parte de razón. Y sobre todo, escuchemos, debatamos y reflexionemos. Que no nos cuelen más mentiras y gordas."

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domingo, 6 de marzo de 2011

Boxeo: Larry Holmes VS Ken Norton

Ah, qué placer poder colocar aquí lo que quiera y de la manera que me dé la gana sin que nadie me ladre, sin reproches ni malos rollos. ¿Qué quiero boxeo? Pues boxeo que te crio. ¿Qué el combate que me apetece sólo está disponible en seis videos? Pues mira, en seis videos y aquí no ha pasado nada. ¿Qué no me apetece explicar nada sobre la peléa? Pues oye, una tumba que soy y todos tan contentos. Sí señor, así da gusto. Sólo dire que la pelea está incluida en mi listado de las diez mejores de la historia, que se trata de un combate épico sin desperdicio de inicio a fin y que nos va a venir que ni pintado para desintoxicarnos un poco de los altos niveles de ñoñería que estabamos alcanzado con las últimas entradas.

Nada, nada, como diría La Cosa de Los 4 fantásticos, es la hora de las hostias:












¿Y el resto qué...?

jueves, 3 de marzo de 2011

La primera lección

No sabría decir si la película es buena, mediocre o una americanada más. Podría decir de ella que no me gustó nada en su momento y que sin embargo la segunda vez que la vi no me desagradó tanto como temía; que me atrae la tristeza y la confusión que destilan los personajes y la trama; que no me agradan sus coqueteos con la comedia y con un sentido del humor que no termina de cuajar, o que en especial me resulta decepcionante ese final de compromiso que pretende quedar bien con todos. Pero por encima de todo tengo claro que ni sus virtudes ni sus defectos son más dignos de alabanza o de enojo que de olvido. Y no obstante hete aquí que pese al mucho tiempo que ha transcurrido desde la primera vez que la ví, nunca he podido deshacerme de la profunda impresión que me causó esa sentencia lapidaria, ese mazazo en el centro neurálgico del ego que es la frase que pronuncia Michael Douglas y que debería figurar como la primera lección a aprender por cualquier aspirante a escritor que se precie: los libros no significan nada para casi nadie...


¿Y el resto qué...?

miércoles, 2 de marzo de 2011

Hiperhidrosis (R)

Laura recoge con evidente hastío el libro –Reflexiones metafísicas en torno al fuera de juego- que acaba de materializarse sobre su cubierto y se lo entrega a Evaristo con gesto exigente. Evaristo se sonroja y no acierta a disculparse cuando dos libros más – Las aventuras sexuales de una viuda católica y Breve historia de la cerveza- aparecen de repente sobre el centro de flores que adorna la mesa del restaurant. Es la gota que colma la paciencia de Laura, que se marcha sola no sin antes dejarle claro que no quiere volver a verlo jamás. Desolado, Evaristo camina por la margen derecha del Guadiana, dispuesto a poner fin de una vez por todas a su sufrimiento; con decisión se adentra en las templadas aguas buscando el descanso del olvido. Pero según avanza hacia las profundidades en lugar de hundirse una extraña fuerza lo va sacando a flote. Evaristo forcejea sin darse cuenta que debido a la tensión del momento ha saturado por completo el río, provocando terribles inundaciones en ambas márgenes. Es lo que le faltaba al pobre de Evaristo, que cabizbajo se marcha a casa, dejando a lo largo del camino el rastro de libros que delata la dolencia que ha arruinado su vida por completo. Ya se lo advirtió su madre; leer tanto no podía ser bueno, pero Evaristo esperaba si acaso una miopía por castigo, no esta rara enfermedad que le lleva, cuando se pone nervioso, a abarrotarlo todo de libros.
¿Y el resto qué...?