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viernes, 18 de febrero de 2011

Woodstock, tres días de paz y música

Nacieron al calor del mayor crecimiento económico producido en siglo pasado, quizá la primera generación de jóvenes que no se vió en la obligación de pasar directamente de los juegos de la infancia a las cargas y las responsabilidades que impone la vida adulta. Ellos llegaron en el momento justo para encontrar esa grieta por donde escapar a las ataduras de la pujante sociedad industrial y consumista surgida después de la Segunda Guerra Mundial; hallaron la pausa y el tempo necesarios para enfocar sus vidas en algo más que en ganarse el sustento diario. Frente a las generaciones anteriores, ellos tuvieron el privilegio de aspirar a ser creativos en lugar de productivos; pudieron abrir sus mentes en experimentos, casi siempre sin control, de drogas, sexo y música; tuvieron la fuerza y la valentía de enfrentarse y poner en jaque el sistema de valores heredados por sus padres. Y aunque desgraciadamente en el fondo fue poco más que un movimiento cosmético, otra moda estética más que nunca pudo alcanzar el estatus de verdadera revolución cultural, el legado hippie sigue siendo reivindicado en la actualidad por multitud de colectivos y movimientos y sigue ejerciendo un influjo fascinador en gente de todo el mundo. Por ejemplo, en mí.


Aunque reconozco que por temple jamás podría llegar a ser un hippie genuino, que no duraría ni medio fin de semana viviendo en una auténtica comuna hippie, lo cierto es siempre he sentido una fuerte atracción por el revoltijo de filosofías y valores que se cobijan bajo su sayo, especialmente en su vertiente antiautoritaria y de rechazo a la cultura mercantilista y productiva. Y esto es sin duda también lo que más me atrae del trabajo de Michael Wadleigh, Woodstock, tres días de paz y música (1970), el extenso documental que recoge en más de tres horas y media todo un muestrario pormenorizado de lo que fueron aquellos tres días históricos, tres días que seguramente constituyan uno de los puntos culminantes del movimiento. Sé que para recomendároslo me vale, y aun me sobra, con señalar la nómina de actuaciones que incluye el documental (Janis Joplin, Jimi Hendrix, The Who, Joe Cocker, Joan Baez, Crosby Stills and Nash, Richie Havens, Ten Years After, John Sebastian, Sly Stone, Sha-na-na, Carlos Santana), pero sinceramente lo que a mí me cautiva de verdad son todos esos elementos no estrictamente musicales que envolvieron al festival: la afluencia de una multitud masificada que desbordó por completo las previsiones y la capacidad logística y organizativa de los promotores; las formas espontaneas de convivencia que surgieron sobre el terreno; la relación, curiosamente de apoyo y colaboración, que se estableció con las fuerzas del orden y los lugareños; y por supuesto, el intenso clima de libertad y solidaridad que se apoderó de los asistentes. Ya digo, un documental fascinante. Y encima os lo dejo con subtítulos y todo. No sé que más se puede pedir (en tres partes):






¿Y el resto qué...?