jueves, 7 de abril de 2011

Mientras más las queremos (R)

Si me preguntan qué es el amor, al igual que San Agustín en otros menesteres, les responderé circunspecto que no tengo ni la más mínima idea. En cambio, si tienen la deferencia –y la educación- de no preguntarlo, entonces, a diferencia de aquel, les diré que sigo sin saberlo. Pero recompensaré la amabilidad contándoles una historia, por lo demás intrascendente, que acaso ilustre con mayor claridad que cualquier confusa explicación qué es para mí el amor.

Los hechos que voy a narrarles sucedieron a principio de los ochenta, cuando tras divorciarme de mi tercera mujer decidí volver a España. No llevaría un mes instalado en Madrid cuando fui invitado a pronunciar unas palabras en el acto de presentación del último libro del mexicano Jorge Duarte. El acontecimiento, que tendría lugar en los salones del Ritz, estaba previsto para el fin de semana siguiente. Yo no había leído por entonces ni una sola línea suya, por lo que la cordura y la prudencia deberían haberme exigido rechazar amablemente la invitación y olvidarme sin más del asunto. Sin embargo razones de orden superior no me dejaron más opción que aceptar: pagaban generosamente y a mí, tras mi reciente divorcio, no me sobraba precisamente el dinero. Al menos, para acallar las protestas de mi conciencia, procuré pasar los días previos pegado a los anaqueles de la Biblioteca Nacional, leyendo cuanto análisis o reseña sobre su obra pude encontrar. Ya en las vísperas del acto alcancé a escribí una elogiosa semblanza de cuatro folios en la que, con la autoridad que concede la ignorancia, hice exaltación de la crudeza con la que sus novelas reflejan la lucha desigual del hombre despojado de valores por la sociedad de consumo. Con todo, y contra los dictados de la sensatez y el buen gusto, recibí el aplauso entusiasta de los asistentes y la agradecida felicitación del propio Duarte.

Pero retrocedamos un poquito en el tiempo; mi historia, de no ser por las dudosas exigencias de la técnica narrativa, debería haberse iniciado cinco años antes, en Santiago de Chile, en un tiempo en el que ninguno de los dos tenía aun la más mínima notoriedad en el panorama editorial. Nos habíamos conocido en un acto similar organizado por la Universidad Católica; el viejo Urdiales, que en paz descanse, presentaba aquella noche la que a la postre sería su última novela y un amigo común, entusiasmado por el paralelismo que creía reconocer entre nuestras carreras literarias, insistió concienzudamente en presentarnos. Confieso que a pesar de las magnificas referencias de nuestro amigo me resistí tanto como pude: entonces andaba sumido en el dolor de mi segundo divorcio y Duarte, apenas un muchacho imberbe de maneras torpes y la piel blanca pegada a los huesos, no tenía precisamente el aspecto de alguien a quien aguarde un destino señalado. No me apetecía para nada conocer a otra promesa de las letras hispanas, otra más de las que con el tiempo -decían- nos harían olvidar a los nombres sagrados del Boom. Sin embargo algo en su mirada me hizo intuir que bajo aquellos ojos timidos ardía una especie de fuego orgulloso y triste que prometía un material excelente para algún futuro relato. Hablamos por casi una hora.

Con voz apagada y nerviosa Duarte fue haciendo una sentida exposición de todos los tópicos y lugares comunes con los que los jóvenes escritores suelen defenderse del peso de la indiferencia. Mientras tanto, aburrido, yo iba dando cuenta de las bebidas ofrecidas y cediendo poco a poco a los efectos del alcohol. Fue entonces, en medio de no sé qué lamento, cuando la vi por primera vez: era joven y muy hermosa; el pelo oscuro le caía con gracia sobre los ojos grandes y vidriosos. Duarte palideció y perdió inmediatamente la voz; guardó silencio durante un instante y después, ensimismado, pregunto “¿por qué mientras más las queremos más nos desprecian ellas?”. No supe o no quise contestarle. De inmediato abandonó cualquier interés por la conversación y pareció sumirse en la melancolía. Alguien me contó más tarde que se llamaba Laura y que por lo visto el mexicano andaba perdidamente enamorado mientras ella se dedicaba a jugar con sus esperanzas. Volví a fijarme en la muchacha. Era verdaderamente hermosa. No me costó comprender la fascinación que ejercía sobre él.

A esta insignificante anécdota se reducía todo mi conocimiento sobre Duarte cuando hice la presentación de su libro. Volvimos a charlar aquella noche, ya en el cóctail posterios. A pesar del escaso tiempo transcurrido y aun cuando la vida parecía haberle tratado bien -sus últimas novelas habían sido bien acogidas por la crítica y registraban ventas no desdeñables- lo hallé bastante envejecido. Su pelo escaseaba sobre su cráneo desigual y las pocas y mal repartidas matas eran ya plateadas. Duarte hizo esta vez repaso pormenorizado de sus proyectos futuros mientras yo, igualmente aburrido y de acuerdo a la costumbre, iba rehogando sus palabras con buen vino. A mí no me interesaban lo más mínimo sus planes inmediatos, así que envalentonado por el alcohol y acordándome de nuestro único encuentro, le pregunté malicioso por las razones por las cuales ellas nos desprecian con mayor ahínco cuando nosotros las queremos con más entusiasmo. No llegó a contestarme: en ese preciso momento, radiante y aun más hermosa y joven de lo que yo podía recordar, Laura hizo acto de presencia en la sala y besándolo y pidiéndome disculpas se lo llevó aparte. Me quedé fascinado observándolos. Al parecer llevaban año y medio casados. No volví a hablar con Duarte en el resto de la noche, hasta lo sucedido después en la habitación.

Aproveché para perderme por los enormes salones del Ritz, deambulando de un lado a otro sin rumbo definido y conversando ocasinalmente con todo tipo de invitados: editores que aprovechaban la ocasión para pedirme algunos cuentos, empresarios de los medios de comunicación que se deshacían en elogios hacia mi obra y me proponían colaboraciones en sus periódicos o esposas cincuentonas que se declaraban admiradoras incondicionales de mis novelas. Mientras, seguía dando cuenta de los caldos ofrecidos, tanto que, para cuando el acto alcanzó su apogeo, ya las proporciones de mi embriaguez aconsejaban la retirada cautelosa y discreta. Sin embargo éstas nunca han sido cualidades que adornen mi persona; fui a los servicios y dejé hueco para seguir bebiendo. Fue entonces cuando me encontré a solas con Laura.

No pude evitar examinarla de arriba abajo; lucía un traje de noche oscuro que se le cenía con generosidad sobre las caderas y los pechos y que la hacía muy deseable. Aproveché la ocasión para presentarme. Ella conocía bien mi obra e incluso se permitió la confianza de realizar varias observaciones, sin duda muy inteligentes, que yo no estaba en condiciones de apreciar. Hablamos desprejuiciadamente de literatura, de su marido, de ella, de mí, de sexo... Además de verdaderamente hermosa, era una mujer fascinante, de una inteligencia y maldad sin límites. Me sentía hipnotizado por el desparpajo con el que exhibía su perversidad. Mientras hablábamos yo seguía bebiendo; ella me acompañaba fácilmente. Sé que deseaba ardientemente besarla pero no puedo asegurar que fuese yo quien lo hiciera primero. Fuera como fuese, lo cierto es que no lo lamenté. No tardamos en acabar desnudos en una de las habitaciones del hotel.

Lo que sucedió después se me hace muy confuso, mezclado con el regusto amargo de los vómitos. Recuerdo a Jorge Duarte llorando y a Laura marchándose de la habitación enfurecida. Me recuerdo doblado ante un retrete, vomitando una pasta negra y pestilente. Fue el propio Duarte quien evitó que me cayera al suelo agarrándome por debajo de los brazos mientras lloraba resignadamente. Comprendí que aquello no era algo nuevo para él. Mientras la habitación bailaba vertiginosamente sobre nosotros le aconsejé que la dejara.

Ya he dicho que estos últimos acontecimientos los recuerdo muy confusamente, difuminados por la niebla que el alcohol dejó en mi memoria. Sería conveniente aceptarlos como una recreación aproximada de lo que debió de sucedió en aquella habitación del Ritz de Madrid. Sin embargo hay algo que no soy capaz de olvidar: la profunda tristeza con la que me dijo, mirándome a los ojos, que no somos más que lo que amamos.

No los volví a ver hasta cinco años después, en el D.F. Le habían concedido el Premio Nacional de la Crítica. Me alarmó comprobar lo avanzado de su deterioro físico. Sin embargo, por ella parecían no pasar los años.
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sábado, 2 de abril de 2011

El extraño mundo del noveno arte: El Capital, de Max y Mir (R.C.)

A pesar de constituir un arte frecuentemente denostado por la oficialidad cultural y de ser ninguneado históricamente por aquellos que dan o quitan certificados de legitimidad artística, signifique eso lo que sea que deba significar, el cómic ha contado desde siempre con una cualidad que no ha pasado desapercibida ni siquiera para quienes más lo desprecian. El maridaje en armonía de imagen y palabra, el equilibrio secuencial entre verbo e icono se ha revelado con el paso del tiempo como herramienta perfecta para el ejercicio de la pedagogía y vehículo preciso en el desarrollo de la exégesis. Lo sabía el ejército norteamericano, que ya en la década de los cincuenta contrató nada menos que al maestro Eisner, a través de su American Visual Corporation, para la realización de cómics explicativos. Y lo sabían Francesc Capdevilla y Francisco de Paula Mir Maluquer, o lo que es lo mismo, Max y Mir, cuando en 1976 proyectaron adaptar al medio el tomo I de El Capital de Karl Marx.

Nuestro primer Premio Nacional del Cómic (2007) y el actor, director guionista y ex miembro del trio humorístico Tricicle se aliaron para conseguir la nada desdeñable gesta de sintetizar en apenas 63 páginas de tamaño fanzine -pequeñitas pequeñitas- la extensa biblia del marxismo sin renunciar por ello a sus elementos claves y esenciales, desde la naturaleza de la mercancía, la formación del dinero, la esencia de la plusvalía y la superplusvalía pasando por la división del trabajo o el proceso de acumulación capitalista. Ameno y accesible, acaso excesivamente infantil en su grafismo debido a su caracter fanzinero, el trabajo de Max y Mir se erige en una adecuada antesala a la obra marxista, a la que indudablemente ni puede ni pretende sustituir, pero de la que sí que sirve de atractivo reclamo y banderín de enganche para un posterior acercamiento con mayor profundidad y detalle. Porque además la versión en viñetas de El Capital no sólo se amuralla en su labor divulgativa, sino que trata de ir más allá y aspira decididamente a ganarse para la causa la simpatía del lector, involucrándole en la dialéctica de clases, envolviéndolo de lleno en la áspera confrontación entre capitalistas y proletarios y tomando partido, faltaría más, por uno de los bandos en litigio. Razón ésta por la cual tal vez se resienta en algunos pasajes de un deje excesivamente panfletario que le resta en eficacia persuasiva. Un tono que en el fondo es herencia directa de la obra original, aunque ciertamente Marx se cuidaba mejor de camuflarlo tras el envoltorio pseudocientífico y filosófico de su análisis.

En definitiva, otro ejemplo más que pone en jaque la visión tradicional del cómic, aquella mirada miope que pretende reducirlo a la categoría de esparcimiento romo e inofensivo destinado a niños y a adultos aquejados de insuficiencia intelectual. Ya se sabe, los potitos, los potitos...

Ahí va el enlace para los que sientan curiosidad.


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viernes, 18 de marzo de 2011

Abraza la oscuridad, de Charles Bukowski (R.C.)

Umbral lo despachó sin contemplaciones juzgándolo apenas un Henry Miller sin talento; Bolaño le hizo justicia recomendándonos por activa y por pasiva que jamás leyéramos a Umbral. Y entre medias, entre una estupidez y otra, impasible en su ebriedad, Hank, el salvaje, el sátiro, el poseso, el poeta furibundo que se bebió la vida a tragos y en botella de cuello largo; que escupió a la cara de la sociedad de su tiempo y le dio por culo cuanto consienten en que le den por culo a esa ramera de vagina estrecha.

Vaya con esta entrada mi pequeño homenaje al alter ego de Chinasky, a ese sabio desquiciado que nos vomitó en novelas y poemas violentos como actos vandálicos toda la furia, el odio y la frustración del hombre derruido por la sordidez y la mediocridad del sueño americano. Y ya de paso, aprovechamos para tocarle las narices al snob de Umbral...

Abraza la oscuridad

La confusión es el dios
la locura es el dios
la paz permanente de la vida
es la paz permanente de la muerte.
La agonía puede matar
o puede sustentar la vida
pero la paz es siempre horrible
la paz es la peor cosa
caminando
hablando
sonriendo
pareciendo ser.
No olvides las aceras,
las putas,
la traición,
el gusano en la manzana,
los bares, las cárceles
los suicidios de los amantes.
Aquí en Estados Unidos
hemos asesinado a un presidente y a su hermano,
otro presidente ha tenido que dejar el cargo.
La gente que cree en la política
es como la gente que cree en dios:
sorben aire con pajitas
torcidas
no hay dios
no hay política
no hay paz
no hay amor
no hay control
no hay planes


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viernes, 11 de marzo de 2011

La piratería no existe, de Juan Gómez-Jurado

Poco más se puede añadir ante la vehemencia y la sensatez de la que hacen gala las palabras del escritor Juan Gómez-Jurado, autor de novelas de éxito como Contrato con dios, en este artículo en el que con valentía ejemplar saca a relucir las muchas miserias que se ocultan tras la aprobación de la "Ley Sinde". Ya se podía aplicar el cuento la susodicha señorita y empezar a trabajar realmente por la cultura de este país, en lugar de seguir haciéndole el juego a la industria cinematográfica norteamericana. En fin, os transcribo el artículo:

"Soy creador. Escribo novelas, y este –junto al periodismo- es mi único modo de vida. Mis dedos presionan medio millón de veces las teclas de este Mac, y como resultado se produce un archivo de texto que, una vez editado y corregido, se convierte en un libro que se traduce a decenas de idiomas. Mi familia y la hipoteca de mi casa dependen de mis derechos de autor. Según muchos medios de comunicación, y según muchos talibanes del todo gratis, eso me alinearía instantáneamente en las filas de los que defienden ese horror legislativo, falaz e inútil conocido como Ley Sinde, que se va a aprobar contra la voluntad de cientos de miles de ciudadanos.

Eso es mentira, y gorda.

Es una más de las que llevan apareciendo en los medios durante años, especialmente durante los últimos meses. Dicen que los españoles son piratas, que va en nuestra idiosincrasia, esa famosa picaresca tan tópica y desacertada como pintarnos a todos con el traje de luces y la paellera debajo del brazo.

Para empezar, es falso que España sea el país más pirata del mundo. De hecho en software, por ejemplo, ocupamos el puesto 79, según una encuesta de la BSA, y en cuanto al resto, los estudios de la International Intellectual Property Alliance achacan un nivel de “piratería” del 20%. ¿Cómo se conjuga eso con que haya que pagar el canon en el 100% de los casos?

Tampoco es real que la piratería esté matando el cine, cuya recaudación ha crecido a buen ritmo en los últimos diez años, al igual que el resto de contenidos. También es falso que yo tenga derecho a vivir de mi obra. Lo que tengo derecho es a intentarlo.

Sí, es cierto que las nuevas tecnologías hacen desaparecer el modelo de negocio basado en soportes físicos cerrados, lo cual es normal -también desaparecieron los fabricantes de carretas cuando Karl Benz inventó el automóvil-. No, no es cierto que las páginas de descargas tengan la culpa. ¿Acaso no es patente la incoherencia que existe por parte de la industria entre acusar a las páginas de descargas de “forrarse” y no intentar hacer lo mismo?

No defiendo las páginas de descargas, pues aunque sean legales no es justo que haya quien se aproveche del trabajo ajeno. Pero no son ellas la causa de todos los males, ni mucho menos quienes las usan ladrones y proxenetas, tal y como les llaman algunos -exiliados en Miami por causas fiscales-. Por cierto, para ellos el recordatorio de que para exigir al gobierno habría que empezar por pagar impuestos aquí como hacemos los demás.

El mayor problema que existe en el mercado en español es la ausencia de flexibilidad, de ganas de crecer y de adaptarse. En una palabra, y tal como Amador Fdez-Savater percibió en su cena con la ministra, sobreabundancia de miedo. Miedo a perder el status quo, la cadena alimenticia ante un cambio de paradigma. Y sin embargo tenemos ejemplos a nuestro alrededor de que si damos un paso adelante ocurrirá justo lo contrario.

Miremos a Estados Unidos, donde se han creado tres modelos de negocio impecables y de éxito abrumador. Kindle, iTunes y Netflix. El primero es una librería virtual que vende 775.000 títulos con precios en torno a los 7 euros para las novedades, mucho más baratos e incluso gratis para los libros de fondo de catálogo. Los libros se descargan en 30” con un solo clic en el propio dispositivo, que incluye 3G gratis. El segundo –único que opera en España- es, desde hace diez años, la referencia indiscutible en la música, habiendo vendido más de 10 mil millones de canciones. Y el tercero es un videoclub virtual con tarifa plana por 6 euros al mes. Para muestra de su éxito, baste decir que los mandos a distancia de los televisores que se venden en EEUU llevan desde 2011 un botón para acceder a Netflix de serie.

¿Qué tienen en común estos servicios? Lo más importante de todo es su sencillez. Una vez registrado en el servicio, no hay que hacer nada más. Los cobros se realizan por tarjeta de crédito, con total comodidad. Las descargas son instantáneas, y la calidad está garantizada. Las películas se ven en streaming, y están siempre disponibles. Los libros están editados por casas de primer nivel. La música no lleva protección anti copia, o DRM.

A esto hay asociado un factor precio, muy importante. Conscientes de que en la era digital la competencia es mucho más dura, los norteamericanos han buscado a la perfección el “sweet spot”, ese lugar donde interseccionan las ganas del consumidor de poseer algo rápido cuanto antes sin molestarse en buscarlo por Internet y obtenerlo con mala calidad, y la resistencia a soltar la pasta. En otras palabras, un precio justo. O sea, lo opuesto a lo que plataformas como Libranda –cuyo único objetivo, como señala Juan José Millás, parece ser no vender libros- están haciendo.

De nuevo, el miedo. DRM y precios altos. Que mis distribuidores no se enfaden. Que mi cuenta de resultados no se resienta. Que la gente haga lo que yo digo porque cierro los ojos muy fuerte y lo deseo mucho. Y si los consumidores tienen otras ideas… Que el gobierno proteja mis derechos inalienables, contra viento y marea.

En lugar de crear modelos de negocio funcionales, nos dedicamos a blindar el status quo con leyes absurdas, e insultar a nuestros mejores clientes. Llamarles piratas, sinvergüenzas y ladrones. ¿Quién creen ustedes que invierte 200 euros en un lector de ebooks, alguien que no lee? Al contrario, alguien que gasta tanto al año en libros que sabe que le acabará compensando la inversión. Y si no es capaz de encontrar contenidos interesantes de pago, los conseguirá por otras vías, con lo que de no conquistar a esta persona habremos perdido de un plumazo a un consumidor clave. Lo mismo sucede con los aficionados al cine y a la música, que llevan años haciéndolo así.

El mayor reto que tiene que superar la industria cultural en nuestro país es vencer el miedo y comprender que los piratas no existen. Tan sólo personas que quieren consumir cultura y que por desgracia hoy en día no encuentran alternativas razonables. Y a lo gratis sólo puede ganarle lo sencillo. Desde luego no leyes mordaza, retrógradas, que sirven tan sólo a los intereses de unos pocos.

Por último, una reflexión como creador. Nadie llega a crear nada que merezca la pena sin haberse empapado de los que soñaron antes que él. Alejandro Sanz, en ese barrio obrero de Moratalaz que nos vio nacer a Penélope Cruz, a él y a mí, tuvo que copiarse muchas casetes en su adolescencia, igual que yo me sentaba en un rincón en la FNAC de Callao los sábados por la mañana y leía por la cara decenas de novelas que me han ayudado a ser el escritor que soy. Vivimos el advenimiento de un cambio de modelo que está dando como resultado la era más luminosa de la humanidad, y ahora mismo hay centenares de adolescentes en nuestras calles que llevan dentro de si el potencial para ser los cantantes, los escritores y directores del mañana. Ellos también están descargando. No paréis nunca de hacerlo, ni de soñar. Y a quienes soñamos primero, os digo: dejad de tener miedo y abrazad el futuro de una vez por todas.

5 propuestas para el crecimiento digital

  1. Creadores, abrid los ojos. Aprendamos nuestros derechos y las opciones disponibles para monetizar nuestro esfuerzo, que no son siempre las tradicionales. Internet es, ante todo, nuestro mayor portal de exposición, y el mayor mercado del mundo. Y aquellos que navegan por él no son ladrones, sino personas como nosotros, tan dignas como nosotros aunque su trabajo brille menos que el nuestro.

  2. Ejecutivos de la industria, estudiad los modelos que funcionan. No infravaloréis a vuestro público. No deis cosas por supuestas. La España de pandereta ya no existe. Vuestra nueva audiencia es el ciudadano digital, y este no tiene el toro encima de la tele, entre otras cosas por que es extraplana, ya no cabe. Buscad economías de escala, mejor vender cien mil copias a un euro que mil copias a diez. Y por encima de todo, no compliquéis las cosas intentando que no copien. Lo harán igual, pero si es difícil lo que no harán será comprar.

  3. Consumidores, tened presente que copiar no es robar, pero también que hay alguien detrás de los productos que nos hacen felices. Hay un escritor detrás de los libros, y todo un elenco detrás de una película. Si es posible y hay una alternativa sencilla a un precio razonable, cómprala. Mientras lo permita tu economía, opta por lo original. Y por favor, no digas que una película o un libro son caros para luego bajar al bar y tomarte tres mojitos a 5 euros cada uno.

  4. Políticos, cread programas para ayudar a los autores a monetizar sus contenidos. Incentivad la creación de modelos de negocio novedosos. Luchad contra el IVA del 18% en las descargas, contra leyes como el precio único. Reformad la ley de la Propiedad Intelectual desde cero. Abolid el canon digital.

  5. Para todos, no insultemos. Intentemos ponernos en el lugar del otro, pues en la actual tesitura todos tienen parte de razón. Y sobre todo, escuchemos, debatamos y reflexionemos. Que no nos cuelen más mentiras y gordas."

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domingo, 6 de marzo de 2011

Boxeo: Larry Holmes VS Ken Norton

Ah, qué placer poder colocar aquí lo que quiera y de la manera que me dé la gana sin que nadie me ladre, sin reproches ni malos rollos. ¿Qué quiero boxeo? Pues boxeo que te crio. ¿Qué el combate que me apetece sólo está disponible en seis videos? Pues mira, en seis videos y aquí no ha pasado nada. ¿Qué no me apetece explicar nada sobre la peléa? Pues oye, una tumba que soy y todos tan contentos. Sí señor, así da gusto. Sólo dire que la pelea está incluida en mi listado de las diez mejores de la historia, que se trata de un combate épico sin desperdicio de inicio a fin y que nos va a venir que ni pintado para desintoxicarnos un poco de los altos niveles de ñoñería que estabamos alcanzado con las últimas entradas.

Nada, nada, como diría La Cosa de Los 4 fantásticos, es la hora de las hostias:












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jueves, 3 de marzo de 2011

La primera lección

No sabría decir si la película es buena, mediocre o una americanada más. Podría decir de ella que no me gustó nada en su momento y que sin embargo la segunda vez que la vi no me desagradó tanto como temía; que me atrae la tristeza y la confusión que destilan los personajes y la trama; que no me agradan sus coqueteos con la comedia y con un sentido del humor que no termina de cuajar, o que en especial me resulta decepcionante ese final de compromiso que pretende quedar bien con todos. Pero por encima de todo tengo claro que ni sus virtudes ni sus defectos son más dignos de alabanza o de enojo que de olvido. Y no obstante hete aquí que pese al mucho tiempo que ha transcurrido desde la primera vez que la ví, nunca he podido deshacerme de la profunda impresión que me causó esa sentencia lapidaria, ese mazazo en el centro neurálgico del ego que es la frase que pronuncia Michael Douglas y que debería figurar como la primera lección a aprender por cualquier aspirante a escritor que se precie: los libros no significan nada para casi nadie...


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miércoles, 2 de marzo de 2011

Hiperhidrosis (R)

Laura recoge con evidente hastío el libro –Reflexiones metafísicas en torno al fuera de juego- que acaba de materializarse sobre su cubierto y se lo entrega a Evaristo con gesto exigente. Evaristo se sonroja y no acierta a disculparse cuando dos libros más – Las aventuras sexuales de una viuda católica y Breve historia de la cerveza- aparecen de repente sobre el centro de flores que adorna la mesa del restaurant. Es la gota que colma la paciencia de Laura, que se marcha sola no sin antes dejarle claro que no quiere volver a verlo jamás. Desolado, Evaristo camina por la margen derecha del Guadiana, dispuesto a poner fin de una vez por todas a su sufrimiento; con decisión se adentra en las templadas aguas buscando el descanso del olvido. Pero según avanza hacia las profundidades en lugar de hundirse una extraña fuerza lo va sacando a flote. Evaristo forcejea sin darse cuenta que debido a la tensión del momento ha saturado por completo el río, provocando terribles inundaciones en ambas márgenes. Es lo que le faltaba al pobre de Evaristo, que cabizbajo se marcha a casa, dejando a lo largo del camino el rastro de libros que delata la dolencia que ha arruinado su vida por completo. Ya se lo advirtió su madre; leer tanto no podía ser bueno, pero Evaristo esperaba si acaso una miopía por castigo, no esta rara enfermedad que le lleva, cuando se pone nervioso, a abarrotarlo todo de libros.
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domingo, 27 de febrero de 2011

Las tareas del Superhéroe (R.C.)

Ésta debería ser una entrada diferente; debería tener otra signicación, otro objetivo y otro sentido distintos de los que va a tener. El texto tendría que conformarse apenas con hacer las veces de telonero, o de apunte introductorio, para el artículo que me envió hace días David. Un artículo en el que al paso de la publicación en España por parte de Blackie Books del libro Los superhéroes y la filosofía, un tal Sergio Eguía –ni papas de quién sea el pavo este- manifiesta su asombro ante el hecho de que la industria editorial norteamericana haya elegido a los superhéroes de toda la vida, a los Superman, Batman, Spiderman, X-Men y compañía para que se empleen a fondo en la labor de cicerones y nos introduzcan en los arcanos milenarios de la madre de todas las ciencias. Desgraciadamente a mí ni me admira ni me interesa en especial el asunto, que por lo demás me parece en el fondo lo mismo que ya se viene practicando desde hace algún tiempo con el cine en lugar del cómic como señuelo. Y tampoco la circunstancia de que al género tebeístico por excelencia le hayan encontrado un uso distinto al de entretener a la chavalería, que de suyo solía ser el suyo, se me antoja algo necesariamente remarcable; en lo esencial no me parece mérito de los cómics sino más bien característica inevitable de la filosofía, que puede -y aun debe- establecer nexos de unión con cualquier aspecto o fenómeno de la realidad, ya sea en el plano que sea o al nivel en que lo encuentre.

Sin embargo he de reconocer que de los contenido que trata el artículo, o dicho con mayor exactitud, de los que dice el artículo que trata el libro, o, con más precisión todavía, de los que trata el libro para que así lo pueda decir el artículo, hay uno que sí que me mueve a reflexión. Porque, dentro del amplio espectro de temas a los que puede incitar a debate el universo de las licras ajustadas y las mallas de colorines, siempre me ha intrigado sobremanera -y me sigue intrigando todavía- el de la puerilidad, la estupidez y el sinsentido de la empresa a la que se consagra el superhéroe tradicional, esa especie de frenesí aventurero repleto de brincos y pendencias que casi siempre se resuelven a hostias limpias y que parece más digna de un acróbata de circo o de un luchador de Wrestling que de un ser que quiere presentarse como la encarnación del poder absoluto. Y ciertamente no se puede negar que esa fuera la intención primera de los superhéroes clásicos: la de satisfacer las fantasías de poder de sus lectores adolescentes, a los que, por lo que se ve, no se les pasaba por la mente otra forma de alcanzarlo y ejercerlo más que a través del dominio de una fuerza y unas habilidades físicas superlativas, de todo punto inhumanas. Pero ocurre que a nada que se lean unas cuantas aventuras de superhéroes no resulta difícil percatarse de inmediato que el supuesto poderío de estos portentos físicos deviene y se diluye con frecuencia en la más absoluta esterilidad.

-"Un gran poder conlleva una gran responsabilidad"-

Para plantear la cuestión empecemos aceptando que por encima de cualquier otra consideración el superhombre clásico hace suya la divisa arácnida de "un gran poder conlleva una gran responsabilidad" y que sintiéndose poderoso se concibe a sí mismo en la obligación de poner sus cualidades extremas al servicio del bien común. El problema radica en que el superhéroe clásico transita por un espacio conceptual de tal ingenuidad que le es materialmente imposible intuir siquiera qué ha de ser eso del bien común o de qué manera podrían servirle eficientemente sus destrezas. El resultado, por otra parte bastante predecible, es que invariablemente termina cayendo en el simplismo de identificar el bien mediante su oposición al mal, e igualar el mal con sus manifestaciones más gruesas y más groseras, o sea con la delincuencia común o, en el mejor de los casos, con el crimen organizado. Una oposición que paradójicamente rinde como principal saldo no la desaparición del crimen, sino su refinamiento y elevación hasta las cotas que inaugura el supervillano. Y no por casualidad, ya que la aparición de la figura del supercriminal es sin duda fruto maduro de la existencia del superhéroe, al que le une una relación de antagonismo dialéctico con el que conforma, en síntesis, una unidad inextricable. Así lo refleja lúcidamente Frank Miller en su Dark Knight: retirado el héroe, también sus némesis necesarias desaparecen de la palestra; regresado a la acción, retorna con él toda la galería de monstruosidades y deformaciones que aparentemente se le oponen, y en cuyas filas tal vez hubiéramos de contar al propio Señor de la Noche.

-Batman y Robin luchan denodadamente por hacer de éste un mundo mejor-


Ahora bien, aceptada también la incapacidad del superhéroe clásico para manejar con coherencia sus poderes, el destino que le aguarda pasa inevitablemente por su reconversión en herramienta de la política exterior del gobierno de turno; en arma intimidatoria con la que decantar el equilibrio de fuerzas entre estados. Tal es el uso que nos muestra, por cierto antes que Watchmen, Rick Veitch en su trilogía del superhéroe, principalmente en El Uno y en El Maximortal, donde el ser con superpoderes adopta, literalmente, el papel de bomba atómica. En este sentido puede resultar especialmente esclarecedor detenernos un momento a considerar los diferentes matices que Moore otorga en Watchmen a la función del héroe, bosquejados a partir de las actitudes y comportamientos de las tres figuras principales de su obra, es decir, de El Comediante, El Doctor Manhattan y Ozymandias. Así podemos comprobar que El Comediante vendría a representar la encarnación de ese héroe clásico que, en pugna con su impotencia para entender y resistir las fuerzas que rigen el sino de la vida de los hombres, decide no oponerse a ellas y acepta, aun con desprecio, el papel que le ha sido encomendado. No por casualidad es El Comediante el primero de los aventureros de Watchmen que se percata de la inutilidad de la tarea clásica del héroe y así lo manifiesta de forma expresa en la reunión de justicieros de los 60; como tampoco es casual el hecho de que sea, junto a Manhattan, el único al que se le permite continuar en activo, por supuesto trabajando en cubierto para el gobierno, una vez aprobada el Acta de Keane. Blake es el primero en comprender a carta cabal su condición de atrezzo en un drama que le desborda por completo; el primero que entiende el alcance y la profundidad del chiste que el superhéroe está condenado a escenificar y el primero en abandonar toda esperanza de redención para el colectivo, tragando sumisamente, en el fondo porque tampoco le queda más alternativa, con el mandato de reírle las gracias al sistema.

-El Comediante le ríe las gracias al sistema-

Frente a la figura desencanta y cínica de El Comediante, Moore contrapone el voluntarismo audaz e inconformista de Ozymandias. En este sentido Veidt mantiene una deuda inconmensurable con El Comediante, que como si de un guía espiritual se tratara, le abre los ojos y le revela la absoluta inutilidad de los juegos circenses en los que hasta el momento se han venido empleando, señalándole además el derrotero por el que a partir de entonces habrá de discurrir su labor. Pero a diferencia de El Comendiante, Ozymandias, que se autodenomina "el hombre más listo del mundo", sí se siente capaz de entender y manejar las dinámicas que se ocultan tras esas fuerzas misteriosas que dan forma al mundo. Veidt comprende que el verdadero poder se dirime en el campo de lo político y de lo económico y que quien pretenda poseer la fuerza necesaria para cambiar la realidad deberá adquirirla ineludiblemente en esos terrenos. Consecuentemente colgará para siempre el antifaz y hará pública su identidad civil, incluso antes de que el Acta de Keane le imponga ese deber, para afanarse desde entonces en la consolidación de un imperio económico transnacional que le asegure una verdadera influencia sobre la realidad. De esta manera Moore define y da forma, a través de la empresa que acomete Veidt, a una de la vías de las que dispone el superhéroe para transcender la insustancialidad y la impotencia de su tarea clásica; la misma misión de contenido netamente político que le otorgará al personaje de V en V de Vendetta. Una labor que ya no puede permitirse la distinción ingenua entre medios y fines, donde la línea divisoria entre héroes y villanos queda definitivamente desdibujada, dependiendo si acaso y en exclusiva del prisma ideológico que se utilice en su valoración. No olvidemos que V es presentado como El Villano y que Veidt, en su misión de salvar al mundo de los horrores de una confrontación abierta entre superpotencias no vacila en poner sobre el tablero en el que se dirime el conflicto los ensangrentados despojos de más de tres millones de cadáveres.


Pero aun siendo este cometido político una labor más eficiente y menos ingenua que la anterior, sigue sin ser realmente la que correspondería en rigor a la figura del superhéroe. Porque la acción política es ciertamente territorio de lo humano, pero no de lo sobrehumano. Y esa es la postura que materializa –o desmaterializa, según le venga en ganas- el Doctor Manhattan. Siendo en puridad el único dotado de superpoderes, Manhattan asume en principio la misma actitud que define a El Comediante, es decir acepta sin lucha el papel que para él le tiene reservado el gobierno de los EE.UU. Sin embargo sus razones son distintas a las de Blake: si la sumisión de aquel nacía de la impotencia, la de éste brota de la inercia y el desapego. En la práctica Manhattan es un hombre que por mediación de un lance accidental ha devenido súbitamente en una especie de dios –como suele ocurrir frecuentemente con los superhéroes tradicionales-, un dios al que, sin tiempo para asimilarlo, le cuesta entender las implicaciones de su nueva condición. Más absorto en comprender cuál debe ser su nueva relación con una realidad a la que puede modificar a su antojo hasta niveles subatómicos, Manhattan consentirá indiferente ante su utilización como arma intimidatoria definitiva por parte del aparato militar yanki, situación que se condensa magistralmente en el tebeo con el lema “Dios existe y es norteamericano”. Sin embargo y según se va entretejiendo a su alrededor la trama con la que Veidt pretende neutralizarlo, éste va adquiriendo conciencia de su naturaleza divina y de las distancias siderales que le separan de los asuntos más mundanos de los hombres. Por momentos puede entrever cual debe ser su misión, la misión verdadera del superhéroe, que nunca será la de plegarse a las necesidades de la realidad humana, sino la de plegar esa misma realidad humana a sus caprichos y antojos, la de hacerla, deshacerla, cambiarla y descambiarla a su gusto y a su imagen y semejanza. A esa conclusión parece llegar Manhattan al final de Watchmen, decidido al fin a abandonar la Tierra y a ocupar su tiempo en la creación de formas propias de vida que le sirvan de entretenimiento. Y esa es también la tarea que le encomiendan a sus superhombres los británicos Moore y Gaiman en los libros tercero y cuarto de Miracleman, la misma que les reserva Rafael Marín en su novela –sin grafismos- Mundo de Dioses, acaso las obras que mejor reflejan el hacer del superhéroe una vez librado a su propio destino: la de instaurar la dictadura de los seres superiores. Porque aunque les ha costado entenderse a sí mismos, la tarea de los superhéroes sólo puede comprenderse como el reflejo en el espejo de nuestro tiempo de aquellos dioses que poblaron el Olimpo griego, el panteón romano o el Asgard escandinavo. Vamos, me parece a mí.

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viernes, 25 de febrero de 2011

¡Viva el repostaje!

Dicen que es el último grito en los salones más prestigiosos de la alta sociedad europea, que no eres nadie si no lo practicas al menos una vez por semana. Dicen también que hacerlo es elegante, distinguido y refinado, pero sobre todo eficiente, económico y respetuoso con la biodiversidad. Hablo, o hablan, faltaría más -lo pone en el título de la entrada- del reposteo, aka repostaje. Por si no lo conocéis, se trata de un protocolo de actuación bloggera desarrollado allá por la primavera de 1913 por los científicos de la Sociedad de los poétas vagos del estado de Illinois (The Vague Poets Society of State of Illinois) que consiste básicamente en recuperar entradas antiguas que por su especial interés, o por haber pasado a mejor vida sin pena ni gloria, o simplemente porque no hay ganas de escribir nada nuevo bajo el sol, merecerían realmente una segunda oportunidad, otra vida despues de la vida. Al fin y al cabo, como Lázaro, todos merecemos conocer más muerte que nuestra primera muerte, a ser posible cada una más cruel que la anterior. En mi caso, o en el caso de mi blog, como ejerzo, o como ejerce, el vicio de las vidas paralelas puedo, o puede, ensayar también la manía de las muertes cruzadas. O sea, que al igual que vengo haciendo desde hace tiempo en la otra dirección, desde hoy no sólo pienso fagocitar la entrañas de mi propio blog, sino que también lo haré con las visceras que he ido esparciendo en otros lugares.

Así que quedáis avisados: repostaje y repostaje cruzado. Es lo que toca.

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miércoles, 23 de febrero de 2011

Raynin night in Georgia, de Brook Benton

¿Cómo no emocionarnos oyendo esta canción? Nosotros, precisamente nosotros, que tantos y tan torridos veranos vivimos entre los algodonales de Atlanta, chapoteando en la calima de la mañana, los pies desnudos sobre riachuelos de aguas frescas que corren paralelos a la inmensidad inabarcable de Tara. Nosotros, precisamente nosotros, que disfrutamos de cada verano - torridos, polvorientos, luminosos- entre los viejos y nobles caballeros del sur, entre las señoritas atildadas de Augusta, creyendo, queriendo creer, que los largos días de verano serían eternos esta vez, que las lluvias que presagian el otoño se olvidarían de nosotros. ¿Cómo no emocionarnos oyendo esta canción, nosotros, precisamente nosotros?


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lunes, 21 de febrero de 2011

Dibujar la memoria, dibujar el deseo, por Manuel Vázquez Montalbán

Afortunadamente no todo en la historia del tebeo ha sido siempre rechazo y marginación. También han existido intelectuales y escritores de cierto renombre y prestigio que han apoyado abiertamente al medio, incluso en épocas menos propicias que la actual. Quizá el conocido ejemplo del italiano Umberco Eco, bajo cuya tutela publicó Daniele Barbieri su magnífico "Los lenguajes del cómic", sea el más paradigmático de todos. En España algunos de los nombres más recurrentes son sin duda los de Terenci Moix, autor de "Historia social del cómic", Luis Alberto de Cuenca, que siempre se ha declarado entusiasta lector de historietas, además en su linea más dura, la de los superhéroes, o el novelista, ensayista y poeta catalán Manuel Vázquez Montalban.

En el caso de Montalban, intelectual inquieto y comprometido donde los hubiera, hablamos de un autor que siempre se interesó por las posiblidades narrativas del cómic y que así lo reflejó en el prólogo de obras tan importantes para la historieta española como El artefacto perverso, de Felipe Hernández Cava y Federico del Barrio, o Rambla arriba, Ramba abajo del maestro Carlos Giménez. Es precisamente este último prólogo el que me gustaría compartir hoy con vosotros, un lúcido y certero repaso a las bondades de la obra del autor de Paracuellos.


Dibujar la memoria, dibujar el deseo, por Manuel Vázquez Montalbán

"Las gentes de mi edad hemos aprendido a leer varias veces, tantas como para comprender que siempre se está aprendiendo a leer, a poco que comprendas la inmensa pluralidad de sistemas de escritura y el código inicialmente secreto que plantean los auténticos creadores. Incluso dentro de una misma tipología de escritura puede no servir el alfabeto aprendido. Nos pasó a los que descubrimos la sintaxis de la viñeta gracias a Hipo, Monito y Fifí, Carpanta, El guerrero del antifaz, Juan Centella o Roberto Alcázar y Pedrín y muchos años después tuvimos acceso a otro cómic, bien fuera el de investigación formal, bien el cómic crítico, el que proponía una nueva manera de mirar una histora o el que utilizaba la historia para ofrecer una mirada crítica de la realidad. El nombre de Carlos Giménez ha estado para mí siempre asociado al de cómic total, en el que el autor se vale de una tecnología cimera para ofrecer un despliegue de sugerencias que afecta a todo lo humano, sea la ternura, sea la rabia ideológica. Esta facilidad aparente para expresarlo todo, sólo se consigue con un serio dominio lingüístico y una actitud no unidimensional ante el propio oficio, los demás, la Historia, la vida.
El propio Carlos Giménez nos ayudó a entender su "poética" en aquellos impagables volúmenes "Los profesionales", también editado por De la Torre, aunténtico retrato de la educación del autor sometido a evidencias profesionales, sentimentales y civiles en aquella España tan dura pero tan interesante y por hacer de los años sesenta. En aquellos volúmenes, Giménez fragmentaba la oferta de su aprendizaje a manera de secuencias separadas, correspondientes a situaciones cerradas. Para utilizar un símil literario, aquellos volúmenes eran algo así como un libro de cuentos, unificados por un tema en evolución. Ahora en Rambla arriba, Rambla abajo el autor se mete en el complejo territorio de la novela utilizando dos hilos conductores básicos: la vivencia del autor de cómic protagonista provocador del relato y Las Ramblas como cauce narrativo, por lo que tiene esta calle barcelonesa de elementos de narratividad: es una calle río, que nace en la Plaza Catalunya y muere en el mar, o si se quiere, al revés, y que cambia de significación tramo a tramo, e igulamente cambia si se sigue el recorrido ascendente o el descendente. Además, por ese cauce, en sí mismo narrativo, dotado de una biología de asfalto y fachadas, pasa un caudal variopinto de humanidad, materia riquísima para la retina del creador de la historia.
La lingüística del cómic ha llegao a tal grado de experimentación y logro que está en condiciones de expresarlo todo, incluso complejos procesos de pensamiento. El carácter realista del lenguaje de Carlos Giménez que tan espléndidas páginas nos ha ofrecido de cómic de aventuras convencional, se adapta a Ramba arriba, Rambla abajo como una piel ad hoc para expresar una historia a la vez urbana e histórica, por lo que tiene también de retrato de una sociedad en el arrranque de la auténtica transición del franquismo o lo que sea, que aún está por ver. Porque la transición empieza en un momento histórico impreciso, pero a situar en los años sesenta, en que superada la moral de supervivientes y el pánico de la guerra y la postguerra civil, una nueva conciencia social crítica se da cuenta de que toda la sociedad española vive una situación esquizofrénica entre dos verdades: la verdad oficial y la verdad que pide el cuerpo, incluyendo en el cuerpo el norte y el sur, el cerbro y el sexo. El relato de Giménez sirve para plasmar lo que de eterno tiene la narratividad de las Ramblas y a la vez el momento estricto del temple de recuperación de la razón democrática.
Y todo eso sin trascendentalizar inútilmente ni la forma ni el contenido. El dibujo sigue teniendo esa elegancia funcional y pluriexpresiva del Carlos Giménez de siempre y el acercamiento a los grandes y graves temas de fondo se hace sin la pedantería del pontificador panfletario: la ingenuidad aparente de los héroes de papel del cómic es el mejor soporte para la cantidad y calidad de verdad personal e histórica que conllevan estos dibujos. El logro es tal que el autor consigue en el lector un apasionado ejercicio de identificación y no sólo en el lector cómplice de una misma o parecida edad, sino en cualquier lector del presente o del futuro obligado a conmoverse ante la humanidad eterna de estos personajes implicados en el discurrir de una calle viva. Además, como contribución a la memoria total de una época, el relato está lleno de trazos ya hoy arqueológicos que en el futuro pueden ayudar a recomponerla: anuncios, talantes, vestuario, peinados, giros de expresión que gracias a la materia visual del cómic alcanza un grado de verosimilitud, de credibilidad dificil de conseguir, aunque no imposible, mediante el lenguaje literario.
Otros han glosado la evolución siempre ascendente del autor de Gringo, Delta 99, Dany Futuro, Paracuellos, Tequila Bang..., sólo o en colaboración con nombres ya legendarios en la historia del cómic español: Usero, Víctor Mora, Jesús Flores, Luis García... Doctores tiene esta iglesia, como todas las iglesias, y yo me limito a expresar la admiración que me han suscitado esta páginas ejemplares, admiración que ahora dejo en manos del lectro indiscriminado, a la espera de que le ofrezcan lo mismo que a mí: compañía en el constante viaje cotidiano entre la memoria y el deseo, la nostalguia y la esperanza, pr ese cauce a la vez ascendente y descentente... las ramblas, la vida... En fin."

Joder, esto si que es una reseña en condiciones. En fin, para los interesados, aquí tenéis la obra incluída dentro de lo que es la totalidad de la serie Los profesionales.



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sábado, 19 de febrero de 2011

Nóiserpxe ed datrebil

Pasa que de un tiempo a esta parte ando debatiéndome en mi fuero -¿o en mi foro?- interno con la duda de si realmente el voto en blanco lava más blanco o si mejor ni votamos, que total para como anda el patio y para que al final todo siga igual, mandando los que tienen que mandar, mejor ni nos molestamos. Pero mira tú por donde, el viernes pasado fuímos a Badajoz a escuchar a Cayo Lara, el coordinador general de Izquierda Unida, y pese a ir convencido de que nunca volvería a recuperar la fe en la clase política, resulta que sí, que la recupero. Resulta que mientras andaba yo enfrascado en dárle vueltas a mi tortilla, esa de o en blanco o la puta al río, llegan estos como surgidos de la nada, media docena de jovencitos con pinta de estar haciendo pellas en el instituto, y en menos de lo que se tarda en poner de hipócritas a todo un auditorio nos demuestran que hay alternativas, que otra forma de hacer política es posible. Y es cierto, el MSR (Movimiento Social Republicano), al igual que esa España a la que defiende con ardor, is diferent. Porque ellos no sólo muestran el coraje de reivindicar un derecho tan esencial como lo es el de la libertad de expresión, sino que además tienen la audacia y la valentía de exigirlo boca abajo y del revés. Sí señor, con dos riñones, en folio A-3 guarripelo y con dobleces -que quiero suponer viene a simbolizar la fragilidad y el desamparo en el que se halla hoy en día el derecho de todos a hacernos escuchar-, pero además, por si aun hubiera alguien capaz de leerlo, expuesto del revés. Sí, queridos lectores de Letri... digo... de La vida en viñetas, libertad de expresión y libertad para pedirla como les dé la real gana. Bueno, la republicana, más bien. O eso, o reclamaban lo contrario. Cualquiera sabe.


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viernes, 18 de febrero de 2011

Woodstock, tres días de paz y música

Nacieron al calor del mayor crecimiento económico producido en siglo pasado, quizá la primera generación de jóvenes que no se vió en la obligación de pasar directamente de los juegos de la infancia a las cargas y las responsabilidades que impone la vida adulta. Ellos llegaron en el momento justo para encontrar esa grieta por donde escapar a las ataduras de la pujante sociedad industrial y consumista surgida después de la Segunda Guerra Mundial; hallaron la pausa y el tempo necesarios para enfocar sus vidas en algo más que en ganarse el sustento diario. Frente a las generaciones anteriores, ellos tuvieron el privilegio de aspirar a ser creativos en lugar de productivos; pudieron abrir sus mentes en experimentos, casi siempre sin control, de drogas, sexo y música; tuvieron la fuerza y la valentía de enfrentarse y poner en jaque el sistema de valores heredados por sus padres. Y aunque desgraciadamente en el fondo fue poco más que un movimiento cosmético, otra moda estética más que nunca pudo alcanzar el estatus de verdadera revolución cultural, el legado hippie sigue siendo reivindicado en la actualidad por multitud de colectivos y movimientos y sigue ejerciendo un influjo fascinador en gente de todo el mundo. Por ejemplo, en mí.


Aunque reconozco que por temple jamás podría llegar a ser un hippie genuino, que no duraría ni medio fin de semana viviendo en una auténtica comuna hippie, lo cierto es siempre he sentido una fuerte atracción por el revoltijo de filosofías y valores que se cobijan bajo su sayo, especialmente en su vertiente antiautoritaria y de rechazo a la cultura mercantilista y productiva. Y esto es sin duda también lo que más me atrae del trabajo de Michael Wadleigh, Woodstock, tres días de paz y música (1970), el extenso documental que recoge en más de tres horas y media todo un muestrario pormenorizado de lo que fueron aquellos tres días históricos, tres días que seguramente constituyan uno de los puntos culminantes del movimiento. Sé que para recomendároslo me vale, y aun me sobra, con señalar la nómina de actuaciones que incluye el documental (Janis Joplin, Jimi Hendrix, The Who, Joe Cocker, Joan Baez, Crosby Stills and Nash, Richie Havens, Ten Years After, John Sebastian, Sly Stone, Sha-na-na, Carlos Santana), pero sinceramente lo que a mí me cautiva de verdad son todos esos elementos no estrictamente musicales que envolvieron al festival: la afluencia de una multitud masificada que desbordó por completo las previsiones y la capacidad logística y organizativa de los promotores; las formas espontaneas de convivencia que surgieron sobre el terreno; la relación, curiosamente de apoyo y colaboración, que se estableció con las fuerzas del orden y los lugareños; y por supuesto, el intenso clima de libertad y solidaridad que se apoderó de los asistentes. Ya digo, un documental fascinante. Y encima os lo dejo con subtítulos y todo. No sé que más se puede pedir (en tres partes):






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jueves, 17 de febrero de 2011

Yo también he vuelto


Al final han sido siete meses de infidelidades continuas, siete meses de tontear con unas y con otras, de acostarme con cualquiera. Pero a últimas el cariño manda y la nostalgia se impone. Cierto es que uno regresa al hogar verdadero un poco con el rabo entre las piernas, con el desencanto y la tristeza que acompaña a la aventura que se acaba antes de tiempo, al proyecto que termina antes de lo esperado y acaso también antes de lo deseado. Pero tampoco merece la pena echar la mirada atrás más tiempo del necesario; lo hecho hecho está y ahora sólo resta absorber la experiencia y sacarle provecho con vistas al futuro. Y mi futuro, y mi presente, se encuentran aquí, entre las líneas atribuladas de este espacio sin imposiciones ni censuras, sin reproches ni exigencias; de este lugar idóneo en el que dar rienda suelta sin miedos ni cortapisas a mis impulsos más primarios, por más faltos de sentido que puedan resultar a los demás o por más estupidos, perezosos o cuquis que se me puedan presentar.

Bienvenido.
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jueves, 10 de febrero de 2011

Cinco años tiene mi blog

Ya sé que cinco años no son nada, que diría cualquier tanguero, pero a mí me inunda el sentimiento de que ha pasado toda una vida, no sé si enredada entre viñetas precisamente, desde aquel otro diez de febrero en el que queriendo escribir un comentario acabé escribiendo un blog. Cinco añitos cumplidos ya, qué barbaridad. O tal vez tendría que decir que cinco añitos habría cumplido ya de no haber sucumbido en el verano pasado al desgaste que provoca el tiempo, al cansancio y el agotamiento de una fórmula, la de las reseñas comiqueras, que ya no daba más de sí.
Supongo que a ojos de cualquiera no sería incorrecto afirmar que ha sido un lustro consumido sin pena ni gloria, un blog más entre la infinita caterva de espacios anónimos que pululan por la red, pero para mí siempre fue y será mi hogar, mi rinconcito privado en el que refugiarme ante el desánimo; el lugar donde compartir entusiasmos y manías; el sitio, en definitiva, en el que soñar en voz alta, aunque tampoco demasiado alta, que no es cuestión de andar molestando a los demás. Para el recuerdo, la gente que decidió acompañarme un trecho en el camino, Hache, Eva, Boca, Red Wind o Penélope, por nombrar algunos; la ilusión de algún que otro comentario de Álvaro Pons o de Rafa Marín o la satisfacción y el orgullo, aunque pequeñito, por un puñado de reseñas, no demasiadas, un poco menos malas que las demás.

Nada, nada, que me dejo llevar por la melancolía. Simplemente agradeceros, como siempre, a quienes os habéis pasado, leído o comentado aquí, aunque fuera una sola vez, en estos cinco años. ¡¡¡Muchas gracias!!!

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