martes, 9 de mayo de 2006

El baile de máscaras

Cuando entro, deslumbrado por las luces estridentes y ensordecido por el exceso de decibelios, la desorientación y el desarraigo se me hacen tan intensos y me golpean tan brutalmente en la boca del estómago, que debo pensar en Elena y en las niñas para no dar media vuelta y salir corriendo. La hora -ya casi medianoche-, el intenso frío y la lluvia incesante aconsejan y casi exigen que haga desde aquí las llamadas y espere dentro la llegada de la grúa. Así que me acodo en la barra decidido a cargar con todas las miradas y ruego que no se alargue innecesariamente el tormento, pues sé que todos pueden notar que aquí soy un gallo en corral ajeno, que ni siquiera en mis años mozos frecuenté este tipo de locales. En este momento desearía intensamente ser otro. Un Passport, pienso, me hará bien para afrontar la espera.

Desgrano el tiempo mientras el calor del whisky que recorre mi cuerpo, la música y la sensación de extrañamiento que me produce el lugar comienzan a apoderarse de mi ánimo, y por un momento siento que mi identidad se diluye en esta hipnótica mezcla de estímulos para los sentidos: ya no soy el hombre felizmente casado desde hace quince años que tiene dos hijas preciosas, ni trabajo todos los días de nueve a cuatro, entre facturas y albaranes, en las oficinas de Prohogar. Nada sé tampoco del Nissan averiado frente a las puertas de este prostíbulo, porque siento que ahora puedo adoptar cualquier personalidad, transformarme en quien deseé. Decido que soy un ser solitario al que tras vagar muchos años extraviado en la aridez del amor no correspondido ha acabado abrasándole el fuego de un amor traicionado. Cierro los ojos y me siento dueño de mi desgracia, y me sueño necesitado de olvido, acosado por un pasado tortuoso del que únicamente logro liberarme refugiándome en brazos del amor mercenario.

Pido otro Passport y la imaginación termina de desbordárseme embravecida cuando veo bajar por la balaustrada del fondo a una hermosa rubia, de no más de veinte años y cuya mirada se me antoja, tal vez por capricho del whisky, la más triste que yo haya jamás conocido. Para mí esa chica se llama Vania y tiene un lunar justo bajo el ombligo que muchos de sus clientes encuentran bastante excitante y que sin embargo ella cree motivo de vergüenza. Finjo recordar que llegó a España tras abandonar a su familia y dejar su país, digamos Rusia, para seguir al hombre del que estaba perdidamente enamorada y el cual la vendió al primer postor que le ofreció la cantidad suficiente que le asegurase comer unos cuantos meses.
Hemos pasado muchas noches juntos, algunas sólo hablando. Sé que su sueño es ahorrar algo de dinero para poder volver con su familia. Cuando pasa a mi lado, quiero creer que me dedica una sonrisa cómplice en honor de tantas noches compartidas.

Mientras busco un camarero, la música cambia repentinamente y se hace más lenta y envolvente, más adecuada para las pretensiones de los clientes que pueblan ahora el local. Me sirve el tercer whisky un joven moreno de rasgos decididos pero cordiales al que bautizo Pablo y convierto en músico de vocación, trompetista para más señas. Lo imagino convenciendo a la dueña para que algunas noches le permita amenizar el local con sus excelentes dotes musicales. Este Pablo mío comenzó a trabajar aquí atraído por el ambiente, y aunque en un principio no se lo planteó más que como algo transitorio, lo cierto es que ahora sería para él una tragedia perder el puesto. El local es su vida y con Natalia, la del ciento dos, vive una romántica historia de amor secreto de la que sólo ellos saben, pues ambos son conscientes de que si se llegará a conocer su relación serían expulsados inmediatamente. Me confieso profesar sincero afecto por Pablo.

La agitación del local ha ido reduciéndose paulatinamente a medida que la mayoría de los clientes han optado por abandonar la sala de copas y subir en buena compañía a las habitaciones. Apuro el whisky y estoy a punto de pedir otro cuando me reconoce Merche y se me acerca, me pasa la mano por la nuca, me mesa el cabello y arrimándome sus labios al oído, me propone subir. Pago a Pablo y me despido de él con un guiño socarrón mientras marcho bien sujeto de las generosas caderas de Merche en busca de mayor intimidad.

La dejo esmerarse en el ejercicio de su oficio, tan diestra y rutinaria como un operario apretando tuercas. Mi vista y mi mente descansan en la contemplación del reflejo de mi rostro en el espejo ovalado que reina sobre la cómoda y reconozco, dominado por la lucidez, un rostro vacío que delata al abismo que lo corroe, que reclama la máscara que lo cargue de sentido y significación; ayer fue el sacerdote furtivo, hoy el buen padre de familia en apuros, mañana acaso sea el adolescente que busca deshacerse de su inocencia.

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