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Navarro desmonta uno a uno estos clichés que al día de hoy están alcanzando, gracias a los voceros del pensamiento único, la categoría de verdades reveladas e indiscutibles, demostrando que se basan más en el dogma ideológico que en la realidad empírica. Para ello nos sirve una extensa y convincente batería de datos que muestra como son precisamente los países escandinavos, países de clara tradición izquierdista, los más globalizados y competitivos de Europa, lo que no les ha impedido alcanzar un mayor desarrollo del Estado del bienestar y una mayor calidad de vida. De esta manera el libro, escrito en la época del aznarato, insta a cambiar el rumbo de la política económica y social española, encaminada a desmantelar el ya de por sí insuficiente Estado del bienestar. Por el contrario, Navarro defiende un aumento del gasto público que permita llevar a cabo políticas más activas de redistribución de la riqueza, haciendo crecer la economía a través del aumento de la demanda y disminuyendo el desempleo mediante la creación de servicios públicos de atención domiciliaria, el incremento del número de trabajadores sanitarios y la instauración del derecho universal a guardería gratuita para niños de cero a tres años, lo que se traduciría en un notable avance en la lucha por la integración de la mujer en el mercado laboral, una mejora sustancial de la calidad de vida y un decidido apoyo a la familia y al tan necesario incremento de la natalidad. Y en definitiva, y es la tesis principal del libro, serviría para paliar los graves déficits democráticos de nuestra sociedad.
Navarro sitúa el origen de estos déficits en la muy imperfecta transición del anterior regimen al actual, marcada por un desmesurado desequilibrio en la correlación de fuerzas entre derechas e izquierdas, fruto sin duda de cuarenta años de durísima represión por parte de una de las dictaduras más crueles del siglo XX en Europa. Esta transición, tutelada por las derechas, dio como consecuencia un sistema electoral claramente sesgado hacia los intereses conservadores –la famosa regla del dos hace que los votos de las provincias más despobladas, tradicionalmente conservadoras, valgan más que los de las provincias más populosas-, unos medios de comunicación en manos del capital financiero que se dedican a ofrecer una visión monolítica y partidista de la realidad, y una institución de la importancia de la del jefe del estado que, auspiciada por la unánime complacencia de los medios de comunicación, se halla completamente exenta de cualquier forma de escrutinio o control de su labor por parte del pueblo (las ridículas hazañas adjudicadas al rey, como la de poseer el record de Europa de caza, sin que nadie quiera mencionar en que condiciones caza, o la reciente votación popular que lo coloca a la cabeza de la lista de los españoles más importantes de nuestra historias, y algunas otras estupideces similares, recuerdan a las típicas divinizaciones de los máximos dirigentes de los regímenes comunistas y totalitarios). Por no mencionar el muy sesgado olvido de la memoria histórica, que dificulta hasta lo intolerable el reconocimiento de aquellos españoles de pro que sufrieron por luchar a favor de la democracia, mientras son condecorados y homenajeados figuras tan nefastas de nuestro pasado reciente como el inspector Melitón Manzanas.
En fin, lo dicho, que está bien que de vez en cuando se alcen voces que cuenten esas cosas que generalmente nadie quiere contar.
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