martes, 4 de julio de 2006

El niño que perdió el silencio

- Ay, este niño- se lamentaba su madre-, siempre tan distraído que el día menos pensado va a acabar perdiendo la cabeza.
Que lejos andaba su madre de intuir cuanto habría de depararnos el futuro, porque no fue la cabeza, sino el silencio lo que acabó perdiendo el niño. Y con su silencio, nuestro sueño, nuestra calma y hasta nuestro hogar.

- Ay, este niño- se lamentaba ahora su madre- todo el santo día clamando disparates sin ningún sentido. Que si no sé que de la filosofía, que si no sé cuanto de la literatura. Y así era hasta en las madrugadas, que las pasaba, entre ronquidos, tratando de convencer al sueño de quién sabe cuantas estupideces.

Y claro, a su pobre madre, que siempre tuvo el silencio por distintivo de las personas de buena condición, se le rompía el alma cuando lo oía discutir en la consulta del dentista, durante horas, la conveniencia de legalizar el uso terapéutico de la marihuana.

Y nosotros, en nuestra desesperación, quisimos buscar quien le devolviera el silencio. Y sin saber donde nos metíamos, lo llevamos a visitar a médicos y a psicólogos y a maestros y a filósofos; incluso a lingüistas y a novelistas y a poetas. Y bien que nos pesa haberlo hecho, porque en lugar de encontrar entre ellos el silencio, fue a encontrar todo una legión de seguidores.

- Ay, este niño –terminó por lamentar su madre-, que habla y habla y todo lo llena de palabras, nos ha llenado ahora también la casa de toda esta gente extraña.

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