martes, 28 de octubre de 2008

Agente 007 contra el cine de autor


Esta vez Bond había fracasado estrepitosamente. Algo se estaba cociendo, él lo sabía, ¿pero qué? No hubo robo de uranio, ni secuestro de embajadores, ni asesinato de agentes secretos. Nada, ninguna pista. Por si acaso durante la tarde se dejó ver por toda la ciudad: en el casino, en los bajos fondos, en el clásico de los equipos irreconciliables, en la biblioteca municipal -sección narrativa contemporánea- y hasta en la carnicería de la esquina. Pero nadie intentó matarle. Oscurecido, no le quedó más remedio que emplearse a fondo ordenando los armarios de casa, planchando los puños de las camisas, separando la ropa oscura de la clara, poniendo la lavadora, olvidándose echar suavizante, limpiando la grasa de los hornillos y sacando la basura, todo con la esperanza de que algo sucediese. Pero lo único que sucedió fue que un amago de bostezo asomó por su rostro. Y entonces, ¡Dios, cuánta maldad! lo comprendió: en la penumbra del patio de butacas, apenas iluminados por la luz pálida del proyector, yacían cientos de cuerpos sin vida. Los habían matado de aburrimiento.

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