martes, 11 de abril de 2006

El Vals del Gulag

Hacía tiempo -casi tanto como el que llevaba sin pasarme por aquí- que ningún comic me hacía disfrutar de su lectura con la intensidad con que lo ha hecho El Vals del Gulag. Y eso que lo he leído con la mosca tras la oreja, sin duda alertado por la decepción que me supuso Un poco de humo azul, la anterior colaboración entre Lapiere y Pellejero. Y es que aunque aquel era un relato hermoso y de tono poético, se me hizo demasiado evidente, como si estuvieran excesivamente marcados los momentos en los que el lector debe soltar la lágrima como para que, efectivamente, la pudiera soltar sin sentirme manipulado. Vamos, que no fui capaz de entrar en el juego que planteaban sus autores. Sin embargo, El Vals del Gulag, que tantos puntos en común tiene con Un poco de humo azul, sí que ha conseguido suspender mi incredulidad y burlar mis reservas. Y en buena medida lo ha hecho favorecido por su mayor concreción en la narrativa, pues recordemos que en Un poco de humo azul los hechos sucedían en un país innominado e imaginario bajo un régimen totalitario perdido en el tiempo, mientras que, en cambio, con El Vals del Gulag, Lapiere y Pellejero han optado por darle nombre a ese lugar y situarlo en la cronología de la Historia. Así ahora la acción se desarrolla en la stalinista Unión Sovietica de los Gulags y las purgas que tan bien retratara Solzhenitsyn. En ella Kila busca desesperadamente a su marido, encerrado por “admiración de la tecnología extranjera” –lo que en castellano sería algo así como “detenido porque nos sale de los cojones”- cuando otros presos de condenas similares son puestos en libertad sin que este de señalede vida. Ello le llevará a hacer las Rusias y conocer de primera mano las miserias del país que se pretendió “paraíso obrero” y reinado de “la fraternidad humana” y no se cuantos desvaríos más.

De esta guisa descubrirá -y nosotros con ella- ese misterioso Vals del Gulag que da título a la obra y que resulta la culminación de un sistema ideado para despojar de cualquier asomo de dignidad o humanidad a sus ciudadanos. Así los autores nos muestran con maestría las monstruosas consecuencias que deja sobre las personas esa infame maquinaria de ingeniería social que toma como única realidad al colectivo, despojando de sustancia al individuo, al que relega a la categoría de instrumento y no de fin. Un engranaje perverso que se engrasa con sangre y que destruye la vida de todos los que se le ponen por medio.

Y es que sí hace ocho días y apenas dos post, en la entrada que dedique a Alack Sinner, hablaba yo de las consecuencias de ese otro fenómeno, en principio completamente opuesto, que es el de la fragmentación de la sociedad en individuos ferozmente egoístas que únicamente se preocupan por su propio bienestar, lo cierto es que aún peor es la sociedad que no funda su orden tomando a este como base. Porque al final, si algo existe, si algo es más que una mera abstracción, es el propio individuo, el único capaz de sufrir un corte de digestión o de enamorarse o de olvidarse de tirar de la cadena del water después de orinar. Sólo con la felicidad del individuo se podrá alcanzar la felicidad social. Pero no podemos olvidar por ello que el individuo se define por su interacción con los demás, por la intensidad de sus vínculos, ya sean afectivos, laborales o de cualquier otro tipo, y que si estos se rompen, si se quiebran con un exceso de individualismo mal entendido, será este mismo quien lo pague al precio de su propia felicidad. Cosa que esta sucediendo en la sociedad capitalista, que tan alejada se supone de los patrones totalitarios del comunismo. Diferencia en verdad más aparente que real, pues ambos sistemas participan de una mentalidad materialista y utilitaria que toma al ser humano como simple herramienta y que como tal les es más útil alienado que dueño de si mismo. Solo que cada una de estas opciones proponen una manera diferente de conseguir dicha alienación.

En fin, que se me va la olla con el analisis político de parvulitos: lo dicho, que es un gran tebeo en el que cabe destacar la sensacional labor de nuestro Pellejero y su soberbia utilización del color, a lo Mazzuchelli en Batman año uno.

Puntuación: 9

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