domingo, 20 de mayo de 2007

Las falanges del Orden negro, de Bilal y Christin

Si hoy por hoy tuviera que rehacer mi lista de grandes decepciones tebeísticas (I Y II), es más que probable que ahora apareciera en ella alguna obra del tandem Bilal-Christin. Y es que con Las falanges del Orden negro me ha sucedido lo que ya me sucediera anteriormente con Partida de caza: a pesar –o tal vez por ello- de la belleza de los dibujos, elaborados con un nivel de detallismo cercano a lo fotográfico, a pesar de su hábil disposición, que revela una narración de ritmo claramente cinematográfico, a pesar del más que adecuado uso dramático del color, a pesar de todo ello, el álbum y la historia me dejan frío, me provocan una desoladora sensación de distanciamiento y lejanía que me dificultan enormemente la tarea de identificarme plenamente con los personajes y sus desventuras. Las falanges del Orden negro se resiente, de esta manera, de los que son los principales defectos del muy virtuoso pero imperfecto Bilal: su composición de viñeta, excesivamente estática, unida a la parálisis facial y la completa incapacidad expresiva de los personajes merman la fluidez y el dinamismo de la narración, que se ve lastrada por su anquilosamiento y rigidez. Problemas a los que no benefician en nada los textos ampulosos y recargados del narrador, que en este caso paralizan aun más si cabe el desarrollo de la historia. Una verdadera pena, sobre todo si tenemos en cuenta la solidez de un guión que por sí mismo es ya lo suficientemente interesante como para merecer un sitio destacado dentro del cómic europeo.

El álbum cuenta las peripecias de un patético comando de viejos brigadistas internacionales que en persecución de su némesis, el grupo derechista Las falanges del Orden negro, recorrerá media Europa para descubrir que su época, su lugar en la Historia, ya caducó, y que ahora no son más que una inútil excrecencia del pasado. Para mostrar este carácter estéril y falto de sentido de sus esfuerzos, sacrificios y luchas la narración se tiñe, a pesar de estar sembrada de muertes, de un tono más paródico que dramático. Pero la estupidez del gesto heroico de estos viejos izquierdista, su inutilidad, no viene dada tanto por el hecho de su desplazamiento de la corriente principal de la Historia, sino más bien por el carácter y la propia naturaleza del heroísmo, que es, al final, siempre un acto banal y superficial, el último recurso de quien habiendo perdido toda razón por la que vivir, sacrifica su vida –lo poco que le queda- en aras de una muerte imaginariamente estética. En este sentido cabría recordar aquel magistral diálogo del Grupo salvaje de Peckinpah, película profundamente emparentada en lo temático con Las falanges del Orden negro, que tiene lugar en el preciso momento en el que los viejos bandidos deciden acudir a lo que es sin duda una muerte garantizada:

- ¿Vamos?
- ¿Por qué no?

Esta es la esencia del heroísmo, la de un gesto estético que se realiza porque sí, por su belleza y no por una razón convincente que le otorgue un fundamento real en el que sustentarse. Es de él sobre lo que reflexionan y se ríen Bilal y Christin. Sirvan como cierre de esta teoría y de esta reseña las pateticas palabras que clausuran también la obra: "Yo, Jefferson B. Pritchard , que llevé a la muerte a mis amigos, por una razón que no acierto a recordar”.

Puntuación: 7

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