viernes, 6 de febrero de 2015

El gabinete chino, de Nancy Peña



Edad media y orientalismo de postal; alquimia y ciencia; pasión más allá de toda razón y magia, mucha mucha magia. Lo sé, suena indigesto. Pero no os fieis de las apariencias. 

El gabinete chino es obra modesta que de alguna manera siempre tiene en mente los límites que ella misma se impone; que no aspira a  persuadir de nada al lector, que apenas quiere  recrear un ambiente: evocar un tono, una sensación tal vez ya perdida para siempre. Ahora ya no, pero quizá en otro tiempo, cuando aún había rincones del planeta de los que apenas se tenían noticias, cuando muchos fenómenos no hallaban explicación, cuando todavía ciencia y magia podían confundirse y las más peregrinas hipótesis ser tomadas por ciertas, entonces todavía era posible acercarse a la realidad con  mirada encantada y dejarse fascinar por ella. Es esa sensación de duermevela, a medio camino entre la ensoñación y la vigilia, la que parece persiguir y encontrar Nancy Peña con su relato. 

Para gustar de El gabinete chino no hace falta analizar y dar sentido a cada hecho o a cada comportamiento del tebeo; más bien todo lo contrario: es necesario dejarse confundir por los sucesos; disfrutarlos en lugar de racionalizarlos; dejarse envolver por su ritmo y su aliento en vez de querer comprender a toda costa. ¿Qué buscan los personajes? ¿Por qué la atracción por el gabinete chino? ¿Quiénes son los moradores de la casa? ¿Cuáles sus historias pasadas? ¿Por qué regresa ella?... 

¿Acaso importa en lo más mínimo?

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