sábado, 7 de enero de 2017

Agujero negro (Black Hole), de Charles Burns



Reconozco que le tenía miedo a Burns después de haber leído  Burn again. Imperdonable error. Es cierto que  abundan las imágenes inquietantes, a veces repulsivas. Pero no hay arbitriaridades caprichosas en Black Hole. Al contrario, predomina la emoción, siempre justificada y siempre muy humana... tal vez demasiado humana. 

Estamos ante una parábola turbadora y plena de aciertos sobre el mundo de la adolescencia y las formas solapadas de marginación que subyacen en ella. Algunos de estos aciertos: el fiel retrato de los adolescentes, típicamente norteamericanos, sí, pero que sumados y restados algunos matices puntuales bien podrían representar a los adolescentes de cualquier rincón del planeta; lo azaroso del bacilo, de la mano del cual cualquiera puede acabar transformado de la noche a la mañana en un paria social, detalle que acentúa más si cabe la angustia que destilan sus páginas; la asimilación de la mirada ajena como propia: los afectados se sienten y actuan como monstruos sólo en tanto que saben que es así como son vistos por los demás, incluso cuando el bacilo apenas deja rasgos visibles en ellos; y por supuesto la inevitable degración moral de quienes interiorizan la tara que todo el mundo les señala... 

Y después está el dibujo de Burns... Trazos gruesos y grandes bloques de un negro muy denso, muy compacto, que a pesar de cierta apariencia de tosquedad le dotan de una belleza  rotunda, muy física. Y para rematar, la maestría con la que Burns sabe traducir a imagenes las emociones por las que atraviesan su personajes, dibujos que basculan entre lo onírico y lo pesadillezco, composiciones de página de corte expresionista que nos meten de lleno en las ansiedades y frustraciones que padecen...

Un grandísimo tebeo. Nada que ver, afortunadamente, con el  Burn again.

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