lunes, 27 de febrero de 2006

Viejos amigos

Llegué a la casa roja, en Montagnola, cerca de Lugano, en una desapacible noche invernal de viento frío y lluvias incesantes que no me permitían continuar con mi viaje. Me hallaba por aquel entonces enfebrecido y deseoso de asimilar las vivencias del Teatro Mágico, ávido por consagrarme a las enseñanzas del hermoso Pablo y de los inmortales Goethe y Mozart, impaciente por honrar el sacrificio de mi amada Armanda; llevaba conmigo las cien mil figuras del juego de la vida y estaba dispuesto a reiniciar su práctica, estaba dispuesto –esta vez sí- a aprender a reír.

Me recibió, apenas intuido entre las escasas luces de aquel cielo oscuro, un cartel cuya inscripción “Viajero prosigue tu camino, aquí no eres bienvenido” hizo revolverse y agitarse al lobo dentro de mi pecho, aullando y riendo ante la posibilidad de e
ncontrar un alma gemela. El escrupuloso cuidado del jardín demostraba tal vez el amor que su dueño debía sentir por la naturaleza; lo distante de su localización y el mismo cartel acaso probasen el poco agrado que le inspiraban los hombres y sus leyes. Se trataba de un anciano de venerables ojos azules que tras sus redondas gafas de miope pareció sorprenderse grandemente ante mi presencia. Sin embargo no tuvo inconveniente alguno en acogerme en su casa: más bien al contrario, se mostró extremadamente amable y atento ofreciéndome ropa seca y una agradable cena caliente. Tampoco rehusó la conversación.

Reconocí de inmediato en él a un espíritu refinado, amante y sensible de las bellezas del mundo, sin duda amigo de los inmortales pero no por ello menos consciente de sus crueldades y horrores. Una aterradora familiaridad me impulsaba a interrogarlo, a querer saber de él, acaso con la esperanza de que pudiera ayudarme a comprender mejor lo sucedido en el Teatro Mágico.

-Parece que gusta usted de vivir distanciado del mundo, lejos de la compañía de los hombres- me atreví a preguntarle.

-¿Cómo podemos, Harry, medir nuestra distancia con respecto al mundo? – me sobresaltó comprobar que conocía mi nombre. -¿No es esto acaso también parte del mundo? Tenemos la costumbre de trazar líneas y medirlas. Adoramos la línea recta porque es el camino más corto entre dos punto, pero olvidamos que es también la única, que se no impone, que nos coarta y mutila. Una sola línea entre dos puntos. ¿Cuántas líneas, cuántos radios podríamos trazar sin embargo en un circulo? Infinitos. Infinitos caminos, infinitas experiencias, infinitas vidas, todas partiendo de un mismo punto central para extenderse a través de circulo. De nuestro yo más íntimo al mundo. No podemos rehuirlo, Harry, estamos en él y él está en nosotros.

Me admire de la cordura y la sensatez de sus palabras que venían a confirmar la impresión que de él me había formado: no estaba ante un hombre vulgar, incluso pensé en que tal vez me encontrase ante el autor del “Tratact del lobo estepario”. Fue precisamente el lobo quien me exigió pedirle cuentas por la inscripción del cartel de la entrada.

-"Cuando uno es viejo y su trabajo está acabado tiene derecho, en la quietud, a trabar amistad con la muerte. No necesita a los hombres. Los conoce; ya los ha visto bastante. Lo que necesita es tranquilidad. No está bien buscar a este hombre, abordarlo, molestarlo con charla. Lo correcto es pasar por la puerta de su casa como si nadie viviera aquí.”
Es del sabio chino Meng Hsich y cuelga en el recibidor de la casa. Mis días tocan ya a su fin, Harry, es hora de retornar al seno misericordioso de la Madre Naturaleza. Pero no debes pensar por ello que durante el transcurso de mi vida he rechazado la compañía de los hombres. Sólo entre ellos se puede aprender a vivir, sólo ellos te enseñaran las mil caras del Espíritu. Se que estos son tiempos difíciles para las almas sensibles y que no es siempre agradable el trago que se destila de su compañía, pero debes comprender que sin el intimo descubrimiento de lo desagradable, sin la viva experiencia del dolor e incluso sin la estrecha amistad de lo que es mediocre y aburguesado, nunca podrás alcanzar el conocimiento profundo y verdadero de tu propio ser. Intégralo todo dentro de ti, Harry, armonízalo, hazlo una sola melodía y ámala hasta la desesperación como si de ello dependiera tu redención.

Le escuchaba extasiado recibiendo cada palabra como si de un precioso regalo se tratará. Pero, ¿quién era este ser que tan bien me conocía, como sólo hasta ahora lo había hecho Armanda? ¿Qué significaba esta nueva experiencia, tan distinta a la del Teatro Mágico, pero sin duda no menos reveladora? Pareció darse cuenta de los dilemas que inquietaban mi alma.

-Este encuentro, Harry, prueba que has asimilado bien las enseñanzas del Teatro Mágico. Es posible que te halles al fin muy próximo a alcanzar el descanso que tu corazón anhela. Pero no olvides nunca, como hoy he recordado yo, que los viejos fantasmas no nos abandonan jamás. Tarde o temprano volverán a visitarte: cuando lo hagan, acéptalos y trátalos como a viejos amigos.

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