sábado, 18 de febrero de 2006

Alan Moore

Por vez primera en este blog voy a dar una noticia de actualidad: se ha estrenado en la Berlinale la adaptación cinematográfica de V de Vendetta. Y además lo ha hecho con buenas críticas. O al menos las que yo he podido encontrar hasta el momento lo son: la de Carlos Boyero para El Mundo del pasado día 14 y la pequeña mención en el programa de la 2, Días de Cine, donde la incluían entre las películas más destacadas de las que se han podido ver en el festival.


Bien, he cumplido con las demandas de la más rabiosa actualidad, así que ya me puedo volver a mi eterea nube metafísica desde la que ignorar el mundo. Sin embargo voy a aprovechar mi pequeña escapadita por la tierra para divagar un poco sobre lo que supuso para mí el descubriento de la obra de Moore. Supongo que a estas alturas ya os habreis dado cuenta de que es uno de mis autores favoritos.

Pero para ello debemos antes montarnos en el Delorian de Marty McFly (vale, vale, ya sé que McFly solo lo conducía y que el Delorian era de Doc... joder que puntillosos) y regresar a mi infancia. Bien, ya hemos llegado. Ahí me podeís contemplar leyendo comics. No obstante no os voy a decir que leía a Moore ya en mi tierna infancia. No, yo leía, como todo hijo de vecino, Mortadelo y Filemón, Asterix o Superlópez. Moore vino más tarde. Lo único que pretendía en esta parada era situar la época en la que me aficioné a la lectura de tebeos.


Hecho esta. Avancemos pues un poco más en el tiempo. Ahora corre la decada de los 90s y ya soy el típico adolescente de hormonas revolucionadas que lee cómic de superheroes: Spiderman, Los vengadores, Los cuatro fantasticos... Vamos, lo que se llama en la jerga técnica un Marvel-zombi. Un Marvel-zombi bastante descerebrado, pero que tuvo -como corresponde a esta epoca de descubrimientos- ahora sí, su primer contacto con la obra de Moore. Recuerdo que fue un compañero de instituto quien me pasó sus diez números de Watchmen (le faltaban el ocho y el diez). La impresión fue fulminante: me pareció el tebeo más coñazo hubiera tenido la oportunidad de leer en mi aun corta vida: lioso, ininteligible y con unos dibujos feos, menudos y muy estáticos. Vaya, una mierda, para abreviar. Esa fue mi primera impresión sobre Watchmen y Moore. No puedo decir que empezaramos bien nuestra relación.

Pero volvamos al coche una vez más, y vayamonos un par de años más adelante. Sigo siendo el mismo adolescente descerebrado, aunque ahora a punto de concluir el instituto y de largarme a la Universidad. Mi amigo, el que me prestó Watchmen, sigue insistiendo en que ese tebeo es una maravilla. La verdad es que yo siempre he sido fácil de convencer, así acabé por darle una nueva oportunidad... y esta vez sí me gusto el comic. Parece que por aquella época mis conexiones neuronales empezaban a estabilizarse y ahora ya sí era capaz de entenderlo, aunque fuera solo en lo más superficial, es decir, en su trama. No me parecio ninguna maravilla, pero al menos lo encontre entretenido. Va mejorando la cosa.

Sigamos viaje. Ya estamos en el 2000. Soy universitario y haciendo honor a mi nuevo status ya no leo cómic. De un tiempo a esta parte los he abandonado por completo y ya sólo empleo mi tiempo en libros. Es más, ya solo quiero leer clasicos y premios Nobel. Ah, pero ahí sigue mi amigo, erre que erre con su Watchmen a cuesta, insistiendo en su caracter excepcional. Y yo, que continuo con mis dificultades para decir que no, una vez más, y ya es la tercera, le doy otra oportunidad.

Pero por aquel entonces yo andaba entusiasmado con la estructura narrativa de las novelas de Faulkner o Vargas Llosa y me consideraba ya en un nivel tan superior al del simple lector de tebeos que cuando inicié su relectura lo hice cargado de prejuicios y decidido a dejar claro de una vez por todas que aquello no valía la pena. Así durante los primeros capitulos pretendí criticarlo y ridiculizarlo todo. Y sin embargo no pude. Lo que comencé leyendo con la más absoluta de las desganas empezaba a parecerme fascinante. Me quedé maravillado de su tremenda complejidad narrativa, de lo absorvente de la trama, de lo bien perfilados que estaban sus personajes, de lo contenido de la historia, de su hondura intelectual. Fue un shock tremendo para mí; no solo fuí incapaz de ridiculizarlo, sino que además me pareció una de las obras más interesantes que yo hubiera tenido ocasión de leer.

Las consecuencias fueron instantaneas: volvi a leer comics, convencido de que debían existir más obras como esta. Y me hice devoto de Moore, tanto que una de mis primeras obsesiones, tras mi vuelta a la lectura de los comics, fue la de conseguir todo sus obras. Así se fueron sucediendo las lecturas de V de Vendetta, From Hell o La broma asesina.


Sin embargo para mi Alan Moore significó algo más que el redescubrimiento del cómic como medio de expresión válido: con él comprendí que en el arte no existe material de origen con el que no se pueda trabajar: todas las ideas son aprovechables si se tiene el suficiente talento como para mostrarlas en su más profundas implicaciones. Es lo que consiguio el inglés con los superheroes, donde al contrario de los relatos de Kafka, que ensañaban como en las situaciones cotidinas se puede hallar también el abusurdo de la existencia en toda su crudeza, Moore nos mostró que trás las situaciones más ridiculas y surrealistas, como lo pueda ser la realidad del superheroe, sigue vigente el drama de la condición humana en todo su esplendor, con todo cuanto de patético y poético tiene. Porque los superheroes de Moore son, antes que nada, seres humanos cuyas vidas han acabado, por circunstancias que no terminan de controlar plenamente, dedicando a una ocupación tan patéticamente vergonzosa como los es la de luchar contra el crimen vestidos de carnaval. Unas circunstancias azarosas que sin embargo igualmente les podrían haber llevado a ser gasolineros o a vender paraguas en el mercadillo de los viernes.
De esta forma Moore retrata personajes que a pesar de su ridicula situación no dejan de pelear por mantener su dignidad, aun cuando la sepan perdida de antemano. Tanto es así que incluso el Dr. Manhattan, la antítesis perfecta de lo humano, termina mostrandose en manos del genial guionista tan conmovedoramente humano como cualquiera de nosotros. Y aquí se podrían mencionar también personajes tan inolvidables como Swampy, como el padre de manos sueltas del episodio titulado El día del padre que Moore hiciera para la serie de El vigilante o como al mismisimo Joker de La broma asesina, monstruos de diferente pelajes que sin embargo acaban siempre revelandose en su dimensión más humana.

Pues nada, que me parece un autor a la altura de los más grandes escritores del siglo XX, y todo ello sin mencionar obras tan magníficas como Un pequeño asesinato, From Hell o la propia V de vendetta que ha servido de pie para esta entrada .





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